MARTES 23 DE DICIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23311 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




La fiesta y la fuerza de la familia

Sin duda que la Navidad es –además de festividad religiosa primordial del cristianismo– la celebración por excelencia de la familia, una institución que muchos estiman sagrada y otros la consideran como un fenómeno histórico, transitorio y sustituible, pero todos tienen que ver con ella de una u otra manera.

Aristóteles, quien nació en el 384 y murió en el 322 antes de Cristo, descubrió y planteó que la persona humana es individual por naturaleza pero social por necesidad. Y desde entonces se dice, con toda razón, que la primera forma de existencia y organización social es la familia, justamente calificada como célula de la sociedad. Y precisamente por eso es que en todas las épocas tanto las personas como la sociedad y el Estado han procurado siempre fortalecer la unidad y el bienestar de la familia, y lo siguen haciendo lo mismo en los países ricos que en las naciones pobres y en vías de desarrollo.

Sin embargo, por la misma razón de que la familia es el núcleo de la sociedad, también es el objeto de los ataques de quienes por cualquier motivo se sienten obligados a luchar contra las instituciones y valores tradicionales de la persona humana, como es la familia, y a destruirlos.

Hasta el recién pasado siglo veinte, el ataque más poderoso y devastador que sufrió la institución familiar fue el del comunismo, tanto en su forma ideológica en todas partes del mundo como de manera institucional en los países donde se impuso –adoptando diversas modalidades– esa peculiar y siniestra forma de organización social y de Estado.

“La familia actual, la familia burguesa, se funda en el capital, en el lucro privado. Sólo la burguesía tiene una familia, en el pleno sentido de la palabra; y esta familia encuentra su complemento en la carencia forzosa de relaciones familiares de los proletarios y en la pública prostitución”, aseguró Carlos Marx, fundador del comunismo “científico” o real. Y agregó: “En realidad, el matrimonio burgués es ya la comunidad de las esposas. A lo sumo, podría reprocharse a los comunistas pretender sustituir este hipócrita y recatado régimen colectivo de hoy por una colectivización oficial, franca y abierta, de la mujer”.

Esas falsedades fueron acatadas por los seguidores de Marx, en términos generales, como una especie de “magister dixit”; y en los países donde se establecieron regímenes comunistas, pro-comunistas y revolucionarios, las tuvieron como pauta ideológica para agredir brutalmente, de manera oficial y legal, a las instituciones familiar y matrimonial.

Pero la familia pudo sobrevivir a esos ataques, así como a todos los embates de que ha sido víctima a lo largo de la historia; y los ha vencido porque sus raíces están hundidas de manera profunda e inextirpable en el corazón de la especie humana. En realidad, la fortaleza de la familia se basa en el sentimiento más poderoso de los seres humanos, que es el amor, el factor que motiva las coincidencias, la tolerancia, la comprensión y el perdón. Eso es lo que permite a marido y mujer comunicarse, aceptar sus diferencias y perdonarse cuando es necesario hacerlo; al padre y/o a la madre les da sabiduría para aconsejar y reprender al hijo, pero también para escucharlo y comprenderlo; y es lo que facilita compartir el mantenimiento del hogar, o soportarlo sólo cuando el cónyuge desaparece por cualquier razón, o se encuentra desempleado o discapacitado.

Por supuesto que, igual que la sociedad, la familia también cambia con el tiempo y la influencia de nuevas costumbres. Por ejemplo, en los últimos tiempos han sido cambios positivos el reconocimiento social y estatal a la unión conyugal de hecho y estable, la eliminación de la separación discriminatoria entre hijos legítimos y naturales, y la protección a las familias monoparentales, o sea aquellas a cuya cabeza no está la pareja conyugal sino únicamente la madre o el padre.

Pero así como surgen nuevas modalidades de reconocimiento y fortalecimiento de la familia, y se establece el respeto a las opciones sexuales personales, también aparecen y asechan otras formas de ataque contra la institución familiar, que no por menos brutales o más sutiles son menos peligrosas, y que hay que saber enfrentarlas y derrotarlas.
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