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JUEVES 23 DE MAYO DEL 2002 / EDICION No. 22737 / ACTUALIZADA 02:30 am
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El juicio de los medios

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Arturo Wallace-Salinas
awallace@lsealumni.com

Los casos de corrupción que se ventilan en los juzgados locales constituyen una importante prueba para el Poder Judicial, pero también un exigente examen para nuestros medios de comunicación. Como corresponde a un momento casi histórico, en el cual no abundan los precedentes, los medios se han visto obligados a incursionar por rutas inexploradas, generando en el camino confusiones en torno a su papel y salpicando de dudas algunas de sus actuaciones. Así, a pesar de la opinión favorable de la que gozan en su conjunto, la prensa también ha sido objeto de críticas provenientes de diferentes sectores.

Está claro que muchos de esos señalamientos no son sino reacciones de incomodidad casi naturales en quienes ya se habían acostumbrado a no tener que rendir cuentas o a no ser juzgados nunca con la misma vara. Pero junto a esas reacciones hay críticas perfectamente válidas que no esconden oscuras intenciones. En vista del papel cada vez más central jugado por los medios de comunicación, las dudas sobre la calidad de la cobertura periodística y las preguntas acerca de sus implicaciones para los procesos judiciales no pueden ser simplemente descartados como meros intentos por deslegitimar su trabajo. Deberían ser, por el contrario, el punto de partida de un debate que les ayude a ser cada día mejores.

En el caso concreto de los checazos, camionetazos y demás, cualquier consideración sobre el papel de los medios debe reconocer que éstos no sólo han hecho estos procesos posibles, sino transparentes. De una forma u otra los medios nos han dado a todos la oportunidad de involucrarnos, facilitando así el pleno ejercicio de nuestra ciudadanía. Han obligado al Poder Judicial a ir prescindiendo de las fáciles certezas que antes encontraba en sus afiliaciones políticas. Nos han permitido incluso conocer mejor el funcionamiento del sistema judicial (aunque la calidad de ese conocimiento no se corresponda con lo que cabría esperar después de horas y horas de transmisiones en vivo y cientos y cientos de pulgadas columnares).

Sin embargo, el juicio de los medios no estaría completo si no se consideran otros dos aspectos. En primer lugar hay que reconocer que los propios medios no han logrado escapar a la incomodidad que genera el aparente “nuevo orden de cosas”. La objetividad e imparcialidad de la cobertura periodística se ve a menudo minada por los intereses y lealtades contradictorias a las que éstos deben responder. Pero si en este apartado cabe hacer algunas distinciones puntuales (entre el pasado y el presente, entre LA PRENSA y La Noticia, entre los periódicos y la televisión), hay señalamientos aplicables al sistema mediático en su conjunto.

Un problema mayúsculo reside en la aparente falta de disposición de los medios para abandonar su rol protagónico en favor de esas instituciones que tan desesperadamente necesitamos fortalecer. Se trata tal vez de una actitud basada en una desconfianza más que justificada: después de todo, los casos que nos ocupan probablemente nunca hubieran llegado a juicio de no ser por el esfuerzo decidido de algunos periodistas. Pero la vocación protagónica de los medios también los lleva a erigirse en fiscales, jueces y jurados. Los lleva a imponer a las otras instituciones involucradas sus tiempos, sus ritmos y su lógica sin reparar en los costos de esta práctica. Somete a la justicia a una presión desmedida y espera que la misma se adapte a un guión elaborado en torno a grandes dicotomías y figuras simplistas como bandoleros y cómplices, prófugos y víctimas (y si estos papeles se asignan por afinidad política o de clase, mejor todavía). Pone el acento en lo visible, lo vendible, y lo espectacular por encima de lo verdaderamente importante. Confunde los límites entre lo público y lo privado. Hace que los criterios probatorios se vuelven casi secundarios frente a la simpatía o antipatía que generan los personajes.

Por ello, más allá de las consideraciones en torno a la profesionalidad con la que actúa o deja de actuar nuestra prensa, debemos aceptar que la contribución de los medios al fortalecimiento de nuestra institucionalidad es forzosamente ambigua y por lo tanto debe ser sujeto de debate. Si bien es evidente que existe una relación directa entre prensa libre y democracia, la misma regla de tres debe hacernos comprender que también existe una estrecha relación entre la calidad de nuestra prensa y la calidad de nuestra democracia. Y aunque la costumbre parece sugerir lo contrario, tal vez no haya mejor momento para discutir en voz alta el trabajo de los medios que ahora, cuando gozan de la más alta credibilidad y no caben dudas acerca de su importancia. Demasiadas veces hemos hipotecado los nicaragüenses nuestra capacidad crítica, temerosos del “mal mayor” que nos acechaba desde la acera de enfrente, y terminamos reaccionando demasiado tarde. ¿O cómo creen ustedes que la corrupción que hoy se está combatiendo logró alcanzar semejante dimensión?

El autor es catedrático y responsable de investigación de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Centroamericana, UCA.  
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