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JUEVES 23 DE MAYO DEL 2002 / EDICION No. 22737 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Delito repugnante e infame

A juzgar por las pruebas que se han presentado en el juicio que se instruye en la ciudad de León contra algunos individuos acusados de practicar diversas aberraciones sexuales contra niños, su culpabilidad parece ser indudable. Además, tal como informó LA PRENSA el martes de esta semana, el principal acusado ya había sido inculpado dos veces por los mismos delitos, pero fue sobreseído por falta de pruebas y porque se le consideró enfermo mental.

No nos corresponde juzgar y condenar —o absolver— a esos presuntos autores de delitos sexuales, uno de los cuales es señalado de practicar la pederastia, que por cierto no está tipificada como delito en nuestra legislación penal. Es la justicia la que debe decidir sobre la suerte de los acusado, pero de cualquier manera no es posible dejar de indignarse ante estos casos de niños que han sido víctimas de perversiones sexuales.

En realidad, la pederastia —es decir, el abuso sexual de hombre contra niño— es sólo una de las múltiples perversiones sexuales que han afectado a la humanidad en todas partes y a lo largo de toda la historia. Pero es la aberración más ruin y execrable de todas, porque las víctimas son niños que están más indefensos que cualesquiera otras personas. Precisamente por eso, y además porque la pederastia causa graves daños físicos, emocionales y morales a las víctimas, a sus familiares y a toda la sociedad, es que siempre se ha castigado a los pederastas de manera muy enérgica, y en algunas épocas inclusive con crueldad.

En efecto, ya desde la época de la antigua Roma la pederastia fue considerada como uno de los peores crímenes y se castigaba con la pena de muerte. Además, los romanos quemaban el cadáver del pederasta y esparcían al aire sus cenizas, para que no quedara absolutamente nada de él. Posteriormente, durante la baja Edad Media a los pederastas los castraban y luego los colgaban de las piernas, con la cabeza hacia abajo, hasta que murieran desangrados. Más adelante, al humanizarse gradualmente la justicia, a los culpables de pederastia se les condenaba a muerte sin ser previamente atormentados, aunque en algunos lugares se les ejecutaba quemándolos vivos en la hoguera pública.

Como señalamos antes, en nuestra legislación no está tipificado el delito de pederastia, pero varias disposiciones del Código Penal sobre violaciones y abusos sexuales son aplicables a los pederastas, como el artículo 195, que establece penas hasta de 20 años, e inclusive la pena máxima (30 años), si se acumulan varios delitos, o si alguna víctima de los delincuentes degenerados murió como consecuencia de la violación o el abuso sexual.

Por otra parte, en el proceso por delitos sexuales que se está instruyendo en un juzgado de León, ha llamado mucho la atención el alto nivel intelectual y cultural del presunto pederasta. Pero la verdad es que los pederastas aparecen en todas las clases sociales y grupos culturales, y precisamente por eso se considera que los más peligrosos son quienes poseen un elevado nivel de educación, y los que, por diversas razones, inspiran confianza a los niños, como por ejemplo un empleado doméstico, un amigo familiar cercano, un sacerdote o pastor religioso o un maestro.

Según el especialista panameño Xavier Sáez-Llorens, no hay un perfil exacto del pederasta ni es posible reconocerlo a simple vista, pero todos los que practican esa perversión sexual comparten ciertas características, como ser, por lo general, hombres de entre 30 y 50 años, profesionales, personas que desempeñan trabajos o actividades que les garantizan la cercanía con niños, sujetos de nivel social medio o alto, con fuertes convicciones religiosas, con historia pasada de actitudes negativas hacia el sexo o experiencias de abuso sexual, de personalidad inmadura y solitaria, baja autoestima, tendencia al alcoholismo, sin antecedentes penales, con elevada probabilidad de reincidencia, y que generalmente no reconocen los hechos ni asumen su responsabilidad.

Como sea, los individuos que cometen las diversas formas de violaciones y perversiones sexuales, pero sobre todo los pederastas y todos los que abusan de los menores de edad, tienen que ser castigados con dureza por la justicia, independientemente del rango que tengan y el papel que desempeñen en la sociedad.  
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