Producir, o fenecer
Jorge Salaverry jorgesal@cablenet.com.ni
En una reunión que hubo en el Conpes hace un par de semanas, los ahí presentes tuvimos oportunidad de intercambiar opiniones sobre el desarrollo económico y social de Nicaragua con un grupo de altos funcionarios del Banco Mundial. Me llamó poderosamente la atención que el economista jefe para Centroamérica y el Caribe de esa institución financiera, William Perry, iniciara su intervención diciendo que “no puede haber reducción de la pobreza si no hay crecimiento económico”. Más que evidente, ¿no? Y si lo es, ¿por qué tuvo que mencionarlo?
Perry intervino después de que muchos de los presentes habían expresado sus comentarios y opiniones sobre el problema de la pobreza en Nicaragua, y pienso que después de escucharlos consideró necesario recalcar lo evidente a fin centrarnos en lo esencial del asunto y evitar que nos perdiéramos en un laberinto de detalles y discusiones estériles. Me gustó que así lo hiciera, porque estoy convencido de que no son pocos los que creen que el problema de la pobreza en nuestro país puede resolverse con la “ayuda externa” en forma de donaciones o de programas y proyectos de instituciones financieras y de agencias de cooperación internacionales. Y la verdad es que no es así.
Para que en Nicaragua pueda darse un crecimiento económico robusto y sostenido —sin el cual, recordemos, no puede haber reducción de pobreza ni desarrollo social— es necesario que haya negocios y empresas que produzcan bienes y servicios que el mundo esté dispuesto a comprar. Y por favor fíjese bien, distinguido lector, que no dije que es necesario que el país produzca, porque la verdad es que no es “el país” el que toma las decisiones para producir esos bienes y servicios, sino personas naturales, nacionales y extranjeras.
¿Y qué tenemos que hacer para que esas personas quieran producir en Nicaragua? Recordemos que la producción no es más que una consecuencia; de muchos factores, ciertamente, pero una consecuencia después de todo, que pasa por una etapa previa e insoslayable, que es la decisión de invertir. Si no hay inversión privada, no hay producción. Pero invertir significa arriesgar capital en la búsqueda de una utilidad, y en una economía de mercado, capitalista, o de libre competencia, sólo pueden obtener utilidades en el mediano y largo plazo aquéllos que producen y/o venden bienes y servicios que satisfacen las necesidades y los deseos de la gente. Eso es lo que se llama capitalismo: invertir capital para producir bienes y servicios que satisfagan las necesidades y los deseos de otros, y, como consecuencia de lo anterior, aumentar el capital del inversionista o capitalista.
Y si invertir implica que el capitalista o el inversionista tiene que correr algún grado de riesgo, es responsabilidad del gobierno hacer todo lo posible y necesario para reducir a un mínimo ese riesgo. Eso implica muchas cosas, pero, fundamentalmente, significa: garantizar la propiedad privada, establecer reglas del juego claras, parejas y estables, y hacer que exista y opere un sistema judicial imparcial y efectivo. Recordemos que el capital es arisco y que tiene alas electrónicas. Es capaz de volar por todo el mundo a la velocidad de la luz en busca de oportunidades de inversión, y sólo se posa ahí donde los riesgos son menores. Esa es, nos guste o no nos guste, la realidad del mundo globalizado.
Necesitamos —en dos platos— optar consciente y deliberadamente por el sistema de economía de mercado o capitalista. Eso nos lleva, irremisiblemente, a tratar de entender las reglas del juego del mundo globalizado y ajustarnos a ellas. Tratar de cambiarlas es una pérdida inútil de energía y de tiempo. Identifiquemos las barreras y las trabas que existen para la inversión nacional y extranjera, y removámoslas lo más pronto posible. No hay tiempo que perder. Investiguemos qué es lo que el mundo quiere comprar y esforcémonos por producir aquí lo que podamos de eso.
En algunos artículos anteriores he dicho que tenemos por delante una ventana de oportunidad. Ahí está. Tiene una duración aproximada de cinco años. Aprovechémosla. Afortunadamente tenemos un gobierno presidido por alguien que entiende de producción y de cómo funciona el mundo globalizado. Tenemos una gente maravillosa con deseos de aprender y de trabajar. Tenemos algunos excelentes recursos naturales. Pero estemos claros de una cosa: sólo el sistema de economía de mercado —imperfecto, pero insuperable— es el único que puede combinar todo lo anterior para que pueda haber crecimiento económico en beneficio de todos. No hay alternativa.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.

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