En el justo medio mora la virtud
Humberto Belli Pereira resident@avemaria.edu.ni
Antes del Concilio Vaticano Segundo la tendencia del establecimiento eclesial era abstenerse de participar en temas considerados temporales. Fue con el llamado del Concilio, a iluminar las realidades temporales desde la perspectiva de la fe, que los clérigos comenzaron a incursionar en forma cada vez más directa en temas relacionados con la política y asuntos conexos.
Muchos alabaron la nueva militancia como señal de una Iglesia que salía del sopor de las sacristías para solidarizarse con los dolores y luchas de los más débiles. El asunto se complicó, sin embargo, cuando algunos religiosos que criticaban los sistemas imperantes, comenzaron a proponer sistemas o políticas alternativas. Un caso de éstos fue la “Teología de la Liberación”, la cual, partiendo de una reflexión ante el fenómeno de la opresión y la injusticia social, terminó concluyendo que la respuesta era el socialismo.
Los nicaragüenses vivimos de cerca este episodio. Los llamados “cristianos revolucionarios” comenzaron a demandar la adhesión a la revolución desde la perspectiva de la fe. Esta especie de imperialismo político-religioso, o neoclericalismo, fue confrontada por Juan Pablo II en su visita a Puebla en 1979, y fue valientemente resistida por los obispos nicaragüenses. Hoy ya prácticamente nadie discute los méritos de una teología que parece relegada a los libros de historia. Pero la experiencia ha servido para ilustrar algunos de los peligros y complejidades que suelen acompañar las intervenciones clericales en asuntos seculares.
Precisamente, uno de los temas difíciles que ha enfrentado la Iglesia Católica en el mundo moderno posconciliar ha sido el de poder iluminar las realidades terrenales a la luz de la fe, pero sin caer en la tentación de prescribir recetas o soluciones que pertenecen al ámbito de lo opinable, o sin infringir la autonomía relativa de dichas realidades.
Quizás un breve vistazo al concepto de lo que es opinable pueda ser de utilidad. Bajo él pueden incluirse todos aquellos temas sobre los cuales dos o más católicos pueden tener ideas distintas, o incluso contradictorias, sin que sus posiciones atenten o menoscaben, en lo más mínimo, su plena fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia. Por ejemplo: un católico nicaragüense y un católico costarricense pueden discrepar sobre el derecho a navegar sobre el río San Juan, sin que sus respectivas adhesiones al catolicismo entren siquiera en juego. Desde esta perspectiva, el conflicto limítrofe sobre dicho río es un asunto opinable. Esto no significa, entiéndase bien, que ambos opiniones sean equivalentes o igualmente válidas. Quizás una sea razonable y la otra no. Pero en todo caso, ésta es una controversia que deben resolver los laicos, o los tribunales civiles o internacionales, sin que competa a las autoridades eclesiales pronunciarse al respecto. La Iglesia no es, ni está llamada a ser, experta o maestra en asuntos de derecho territorial. Por el contrario, un católico nica y un católico tico no pueden discrepar sobre la ilegitimidad del aborto, sin poner en juego su correspondiente fidelidad al magisterio de la Iglesia. Aquí ya no caben opiniones contradictorias, todas compatibles con la enseñanza de la Iglesia, por cuanto son asuntos de su competencia y donde la más alta autoridad magisterial se ha pronunciado para sentar doctrina.
Lo anterior no implica que la Iglesia jerárquica deba circunscribirse al abordaje de temas exclusivamente religiosos o estrictamente morales. El magisterio tiene enseñanzas sobre asuntos políticos, sociales, y humanos. Pero éstas suelen expresarse en forma de normas u orientaciones generales, con cierto grado de abstracción, que los laicos han de aplicar a sus realidades particulares en forma de juicios propios y concretos, la mayor de las veces pertenecientes a la categoría de lo opinable. La Iglesia norma, por ejemplo, los criterios de una guerra justa. Pero sería aventurarse en otro terreno que Ella bendijera o condenara la guerra de Estados Unidos en Afganistán. Esa aplicación de principios generales a casos particulares, es precisamente la provincia en donde los laicos están llamados a ser sal y fermento. Ellos, insertos en las realidades temporales, han de buscar que las realidades seculares reflejen los principios del reino. Pero aquí caben las modalidades, las escogencia de medios diferentes, y las discrepancias.
El fallo en discernir lo que es opinable ha causado muchos daños a la Iglesia en su historia. Uno de los peligros es que cuando los clérigos se pronuncian en asuntos controversiales en los que no son expertos, corren el riesgo de equivocarse y menoscabar de paso su autoridad y prestigio. Son las famosas “metidas de pata,” que comenta el vulgo. Es cierto que en la Iglesia jerárquica hay mucha gente preparada. Pero los mejores especialistas en economía, derecho y asuntos tributarios, así como los mejores politólogos, están fuera de ella. Y muchos de esos expertos se equivocan.
Por otra parte, el pronunciarse en asuntos a la vez opinables y controversiales, resiente a sectores de los fieles que perciben en dicha práctica el uso ilegítimo de la autoridad eclesial a favor de temas que no le son de su incumbencia. Tomemos el ejemplo del ex presidente Alemán. Su honradez, igual que la de cada uno de nosotros, es un tema, por el momento, opinable; es decir, sobre ella caben posiciones distintas. Sería impropio, entonces, que viniese un eclesiástico a absolverlo o condenarlo de forma pública, no sólo porque es riesgoso y no le corresponde hacerlo, sino porque entonces, a lo que es su opinión particular, el prelado le añade, abusivamente, el peso de un prestigio y una investidura que la Iglesia ha reservado para lo sagrado, para lo moral, y para las orientaciones éticas generales.
Finalmente, la propensión a opinar en muchos asuntos desdibuja las fronteras de lo que es propio de la Iglesia y excita en los políticos, en los medios, y el público, el hambre por más pronunciamientos, pero no con el fin de recibir orientación moral, sino para llevar agua a sus respectivas agendas. La expectativa popular, y el bagaje de vanidad y protagonismo que llevamos todos los hijos de Adán, crean entonces las condiciones para que algunos prelados sucumban a la presencia del micrófono y la cámara y opinen, creyendo quizás que profetizan. El hablar, como el callar, exige sabiduría y humildad. No se trata de confinar las voces eclesiales a los gruesos muros de las iglesias. Se trata, sencillamente, de buscar el siempre elusivo “justo medio” del que hablaba Aristóteles, en el cual mora la virtud.
El autor es presidente de la Universidad Ave María College y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA. 
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