La ManaguaVieja fue la ciudad de los aleros
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 | “Pienso, luego existo”, decía el filósofo René Descartes, pero debemos agregar algo más: “Existo, porque recuerdo”, pues de nada vale pensar si no fijamos los pensamientos en la memoria. Por esa razón “Recordar es vivir”, y en eso son campeones los capitalinos que sobrevivieron a la hecatombe del 72 |
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Casi al final de la Avenida Bolivar quedaban el Edificio Palazio, la Escuela Nacional de Bellas Artes, la compañía de aviación de la familia Somoza “La Nica”; El Parque Central, el Palacio del Ayuntamiento, el Parque Frixione; y el Teatro Nacional Rúben Darío, construido ya para 1972. |
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Mario Fulvio Espinosa/Especial para LA PRENSA
Son tantos los recuerdos que quedan en la mente de los que vivimos en la Vieja Managua, que resulta muy difícil establecer cuáles son los más gratos y cuáles los más ingratos, no obstante, al interrogar a los managuas pre terremoto sobre este asunto, parece que la tendencia es olvidar las vivencias amargas y reiterar los momentos de gozo.
Quizás éste es un síntoma de buena salud mental, pues si es cierto que añoramos la ciudad que nunca más veremos, también lo es que pasó la etapa de las lamentaciones, y que al evocar momentos felices nos identificamos con el optimismo de una nueva esperanza.
En breves minientrevistas, y al preguntar a los autóctonos managuas cuál era el recuerdo más imborrable que tenían de aquella ciudad, la gran mayoría señaló lugares, calles, parques y establecimientos. Y eso ocurrió aun cuando fueron advertidos de que esa mejor vivencia podía encontrarse en una experiencia, en una situación sentimental, en un personaje inolvidable, en la misma colectividad y, además, en lugares, instituciones y establecimientos diversos.
Para el periodista Carlos García Castillo los recuerdos más gratos giran alrededor del núcleo cívico de la vieja Managua donde estaban: el Club Social, los tres parques —especialmente el Central— la Catedral, y los palacios del Ayuntamiento y Nacional.
“Ese conjunto urbano reúne los mejores recuerdos de mi adolescencia y de mi juventud, puesto que era el lugar de operaciones de un grupo de muchachos inquietos del que yo formaba parte, jóvenes con ansias de vivir intensamente, de compartir, de gozar la música, el baile, el estudio, los galanteos, el trabajo y la política.
“Recuerdo que nos vestíamos de traje entero, que era una nota elegante en esa época.
“Vivíamos en el barrio de La Cervecería, yo cerca de la cantina de Nacho Quinto, el papá de crianza del doctor Martín Flush, y todos los sábados y domingos nos trasladábamos al sector de los parques para asistir a las fiestas del Club Managua y a las del Internacional, a veces colados, a veces invitados.
“La tranquilidad de los parques, la frescura de los árboles, las tortugas del estanque, la belleza del Parque Darío, las pláticas juveniles y la alegría de las tertulias hicieron de ese sector un lugar inolvidable para nosotros. Yo tenía menos de veinte años”, puntualiza García Castillo.
Otro auténtico capitalino, el doctor Danilo Aguirre Solís, ubica sus mejores recuerdos en dos sitios: el Malecón de Managua y la Estación del desaparecido Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua.
“El Malecón estaba dotado, por un lado, de diversiones infantiles y juveniles, juegos que ahora ni siquiera existen en los parques de Managua como: el volador, barras simétricas y argollas. Ya superada la adolescencia se disponía ahí de salones donde de cerveza en cerveza podías contemplar los bellos atardeceres del lago, los novios sentados en las bancas del malecón o bien remando en las barquitas de alquiler.
“Para el Danilo Aguirre infantil y preadolescente ahí se encuentran los recuerdos más hermosos de esa Managua, pero ya en otra etapa superior debo mencionar la Estación del Ferrocarril. Por ejemplo, aquel “Tren de las Cinco de la Mañana” conglomeraba una serie de actividades, tanto en el edificio de concreto eterno como en los alrededores: las carreras de los valijeros, cargadores, los coches, los pasajeros, los oficinistas, las ventas de vigorón, golosinas y refrescos, los carretoneros, taxis, camionetas de carga, lustradores y mirones.
“Era emocionante escuchar la campana de la Estación anunciando “la preventiva” y “la partida” de los trenes, y esa febrilidad también me dejó huellas imborrables de esa Managua que yo llamaría “La Managua de los Aleros”, pues una de las nostalgias más marcadas que tenemos los que vivimos en aquella época es que nos quedamos sin aquellos aleros protectores del sol y de la lluvia, aleros acogedores, proclives al frescor de los atardeceres, a las tertulias y a las reuniones familiares en las aceras.
“El terremoto nos dejó comunicándonos entre ruedas, y Managua se convirtió en una ciudad para automotores. Perdimos el centro cohesionador de la ciudad, que estaba rodeada de aleros que denotaban el carácter acogedor, solidario, servicial y fraterno de la gente.
PERSONAJES DE SANTO DOMINGO
El conocido hombre de radio, Humberto López Meza, teje su mejor recuerdo alrededor de su hogar, de su barrio —Santo Domingo—, y de un personaje inolvidable para él: la profesora Mariíta Ochomogo, a la que describe como “una señora delgada, blanquita, carita fina y ojos expresivos”.
“La casa donde me crié quedaba en la Novena Avenida Sureste, número 103. Era una casa hermosa, edificada en un terreno como de treinta por cincuenta metros, con un enorme palo de mamón y un pozo. Esa era la casa de mis abuelos, don Amadeo Meza y doña Andrea Lira, pero ahí vivía toda la familia Meza.
“Pegada a esta casa estaba la escuela de la profesora Mariíta Ochomogo, que era estricta con sus alumnos, pero también enseñaba mucho. Las tablas teníamos que aprenderlas ‘al pelo’, y poniéndonos en círculo nos las preguntaba ‘salteado’. Al principio no me gustaba mucho, pero después me agradaba ir, y ahora reconozco con gratitud lo mucho que me enseñó.
“Otro personaje inolvidable fue mi vecino de enfrente, don Francisco Carballo, el organizador de las ‘Judeas’ del Barrio. En la casa de don Chico ensayaban su teatro los judíos, y eso era impresionante para niños como los de ese tiempo. También don Francisco había dado a elaborar chinamos y toros rabones que llevaba a la plaza de El Caimito durante las fiestas de Santo Domingo.
“Otro invento del señor Carballo fue la ‘Cabecita Parlante’, que era un chavalo que se metía en un cajón, sacando solamente la cabeza por un hoyo. El señor Carballo le hacía toda clase de preguntas, y ‘la Cabecita’ respondía a todas, por supuesto que ambos eran ‘compadres hablados’, pero hacían abrir la boca a la muchachada del barrio”.
“Pensar en Managua” —dice el ingeniero Bayardo Cuadra— “es acordarme de mi entorno, de mi barrio, de mis primeras letras, de mi colegio, de mis diversiones y entretenimientos, de mis inquietudes culturales diminutas.
“Es hablar de La Noticia, del Parque de San Sebastián, de la Catedral, de mi primera comunión, acordarme de la Biblioteca Pulgarcito”.
EL RAMIRES GOYENA
Un prestigiado centro de educación, el Instituto Ramírez Goyena, es el recuerdo más apreciado que de la Vieja Managua guarda la licenciada Odilí Robles, funcionaria del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos.
“Ahí viví tantas emociones de carácter personal y colectivo, ahí forje mi espíritu, ahí me gradué en el año 70, cuando la represión de Somoza ya se dirigía contra el Instituto, porque ese colegio se nutría de jóvenes valientes, decididos, con proyección social y de libertad”, dice Odilí.
Con especial cariño nuestra entrevistada recuerda a los hermanos Fuentes Montoya (Ricardo y Edgardo), “a uno le decían ‘Puchito’ y al otro ‘Puchón’, ambos tenían una gran calidad humana, pero también recuerdo a otros mentores notables, entre ellos los profesores Julio Vargas Pérez, Justino Pérez, Carrillo, y otros.
“El Goyena marcó la vida de la generación de mi época, tanto, que muchos estudiantes fueron líderes estudiantiles y luego dirigentes de la Revolución. En ese tiempo yo soñaba con un mundo mejor, pero cada sueño de aquellos tiempos parece hoy convertirse en pesadilla”, expresó.
CASOS PARA EL PSICOLOGO
Al aumentar en edad cronológica, los viejos managuas sienten la necesidad urgente de narrar sus memorias y hacer constar que vivieron en una ciudad bella, hospitalaria, solidaria, alegre y comunitaria.
La ciudad inexistente surge demasiado a menudo como tema de conversación entre las personas mayores de 50 años. Aunque todavía es posible encontrar a muchos sobrevivientes del terremoto de 1931 que cuentan esas vivencias.
El fenómeno psicosocial de los “recordadores irredentos” no ocurre en los ciudadanos de otras urbes nicaragüenses que han estado a salvo de terremotos y cambios radicales en sus ciudades.
AQUEL MUNDIAL
“Te diría que como acontecimiento extraordinario —un poco sesgado tal vez por mi trabajo—, la actividad beisbolera del 72, ¡cómo prendió entre la ciudadanía de Nicaragua! Yo que viví la del 48 cuando la Décima Serie Mundial, que fue apoteósica, puedo decir que el Mundial del 72 superó todas las expectativas, aquel suceso desató una febrilidad desconocida que culminó con la victoria sobre Cuba”, aseguró el periodista Danilo Aguirre. 
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