Mosaico
El viaje de don Manuel en la Carreta Nagua
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Ni la misma carreta nagua se le escapó a don Manuel Gutiérrez, pues tuvo el privilegio de “subirse en ella”.m |
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Orlando Valenzuela orlando.valenzuela@laprensa.com.ni
En estos tiempos ya casi nadie cree en espantos ni cuentos de aparecidos, pero don Manuel Gutiérrez Pilarte, de 78 años, afirma que en San Rafael del Sur aún existen algunos espantos, pero que él no les tiene miedo desde el día que se montó en la diabólica carreta nagua allá por el año 1950.
Bueno a la cususa y al guaro lijón en sus tiempos de juventud, don Manuel no se cansa de repetir la historia que le tocó vivir una noche de luna nueva, cuando estaba trabajando de “billarero” en uno de los dos centros de diversión que en ese entonces existían en el pueblo.
“Eran como las doce de la noche y todavía estaban en la mesa jugando cuatro muchachos, dos contra dos. En eso se oyó que por la calle venía rechinando algo, aquellos hombres salieron corriendo para sus casas y yo me quedé en el billar, esperando que pasara lo que hacía ese ruido y vi que era una carreta”, afirma el anciano.
“Al pasar la carreta frente a la puerta del billar —continúa— yo me monté en la parte de atrás y cuando vi quién la iba guiando sólo mire que era un esqueleto, lleno de huesos, pero no sé por qué no me dio miedo y seguí sentado en la parte trasera, hasta que me di cuenta que la tal carreta iba para el lado del cementerio, entonces me bajé y me fui a mi casa, en medio de la oscuridad, porque en esos días la gente se alumbraba con candil y sólo unas cuantas casas tenían luz eléctrica”, dice con elocuencia don Manuel.
A partir de ese suceso, dice don Manuel que ya no le tuvo miedo a nada y la fama corrió por el pueblo hasta que un día un amigo suyo que dudaba de su valentía lo retó diciéndole, que si se atrevía a ir sólo a las doce de la noche al cementerio y dejar una señal, le daba cien córdobas.
Esos cien peso son míos —pensó— y esa misma noche se fue solito al cementerio y dejó un puñado de tierra encima de la sepultura de un muerto, con lo que convenció al amigo que le tuvo que pagar lo convenido no sin antes felicitarlo: “¡Ajá hombré, vos sí que me la das a creer que sos valiente!”.
Don Manuel sabe muchas historias de su natal San Rafael del Sur, pero ahora se encuentra enfermo —al igual que su esposa, doña María Concepción Peralta— después de haber trabajado por muchos años en la Cementera como molinero, hornero, empacador. Aún así, no pierde el sentido del humor.
La ballena de 2 millones de años
Este fósil es quizás el más antiguo testimonio de un ser vivo encontrado en Nicaragua. Fue descubierto de forma casual en los terrenos de la Cementera Nacional en julio de 1981 cuando se excavaba la mina de cal denominada K-11 y se supone que pertenece a los restos óseos de una ballena.
El hallazgo se hizo entre formaciones geológicas de El Salto (Policénica, de 2 a 7 millones de años) y La Sierra (Cuaternaria, que es la más reciente y corta de las eras geológicas que comenzó hace menos de tres millones de años).
Durante muchos años estos fósiles estuvieron expuestos en el Museo Nacional de Nicaragua, pero ahora se encuentran en el Museo-Biblioteca de la ciudad de San Rafael del Sur, lugar donde fue encontrado.
Sobre estos restos existen varias hipótesis que van desde la explicación bíblica hasta la científica. La primera relaciona la aparición de estos milenarios huesos al gran diluvio universal que menciona la Biblia, según la cual este cetáceo fue traído por las gigantescas olas del mar que cubrieron la faz de la tierra por cuarenta días y cuarenta noches.
La versión científica indica que hace millones de años todo lo que ahora es el territorio del istmo de Centroamérica estaba hundido en el fondo del mar y con el tiempo fue surgiendo hasta unir América del Norte con América del Sur y formar un sólo Continente.
En ese proceso que duró millones de años, muchos animales marinos quedaron atrapados en valles y cuencas naturales, los que al secarse el agua por el proceso natural de evaporación, provocaron la muerte de muchas especies acuáticas, las que luego fueron sepultadas por aludes de tierra y cal, mineral que abunda en esta zona y que permitió conservar casi intacto el esqueleto de este mamífero del mar. 
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