Quien tiene razón es Humberto Ortega, herma-no de Daniel, fundador del Ejército y principal estratega de la revolución de 1979. Convertido en crítico de su hermano, Humberto declaró en una entrevista que sólo hay una forma de proteger las libertades amenazadas por su hermano. Oigámoslo:
“Aquí hay algo que jamás debemos perder: la libertad. Y si nosotros no hacemos uso de ella, y no presionamos por los medios de manera constructiva y no presionamos en las calles, y no sacamos nuestros puños, la perdemos”.
“Si aquí los ciudadanos no mostramos el músculo y las garras a como lo mostraron la juventud y el FSLN contra Somoza, no vamos a ninguna parte… debe haber presión ciudadana, para que el poder recapacite y ponerle un límite”.
Son verdades sobre las que es preciso meditar. Hoy muchos insisten, y con razón, que es vital unificar las fuerzas opositoras. Pero es importante no perder de vista que dicha unidad será inútil, a como lo serán muchas presiones y maniobras políticas, si el pueblo opositor no retoma las calles. La unidad sin músculo podrá ser burlada con un nuevo fraude. Y no serán las presiones internacionales, ni el miedo a las sanciones, las que detendrán a la pareja Ortega-Murillo, sino el pueblo en las calles. Daniel lo sabe muy bien. Si a algo le tiene terror es a eso. La prontitud y virulencia con que sus grupos de choque atacan pequeños brotes de oposición, es muestra de su miedo y su fragilidad. Porque, como también comentó su hermano, el día que miles de ciudadanos pierdan el miedo a las turbas y tomen los espacios públicos, no habrá Ejército ni Policía que los detenga.
Por eso mismo, el reto más grande de la oposición es mostrar en las calles la determinación del pueblo de defender sus derechos. Podría incluso afirmarse que hacerlo es tan o más importante que la unificación de los partidos políticos. Porque la eficacia de éstos dependerá que se respeten las reglas del juego democrático. Ante un pueblo sin fuerza organizada, y sin coraje, Daniel volverá a robar las elecciones. Y no sólo eso, sino que marchará inexorablemente hacia la destrucción de las libertades restantes.
El siglo XX enseñó la eficacia de las movilizaciones cívicas. El pueblo en las calles derrotó a Marcos en las Filipinas, al Sha en Irán, a Milosevic en Serbia, al fraude electoral en Ucrania, a la discriminación racial en los Estados Unidos, a los comunistas en Polonia. Es igualmente cierto que éstas, y muchas otras batallas exigieron muchos sacrificios. Gandhi, quien derrotó al imperio británico sin disparar un tiro, afirmaba que la lucha cívica requiere de hombres y mujeres más valientes. Porque no es fácil enfrentar, desarmado, a poderes violentos e inescrupulosos.
La lucha por recuperar las calles en Nicaragua no será fácil, pero hay varios factores que la favorecen: La oposición es mayoría y las turbas orteguistas son más débiles de lo que parecen. La mayoría de sus integrantes son portátiles y asalariados. En todo caso, no son muy numerosos. Cuando el Gobierno movilizó sus fuerzas de choque el 19 de noviembre pasado, para aplastar la protesta liberal en Managua, la oposición desfiló libremente en León, pues la ciudad se quedó sin turbas. En su frustración, el frente asaltó después varias radioemisoras. Cuando la oposición desfiló en Nandaime, este 11 de enero, los orteguistas tuvieron que pedir auxilio a turbas de ciudades vecinas. Sin embargo, con todo y ellas, el pueblo marchó desafiante por más de 13 cuadras, e hizo correr a sus agresores. El Gobierno no tiene la capacidad de enfrentar simultáneamente protestas ciudadanas coordinadas ni de contener un mar de treinta mil personas. Además, paga un costo político muy alto cada vez que agrede al pueblo pacífico. Tampoco podemos olvidar que Nicaragua cuenta con una tradición de lucha y resistencia ante rivales poderosos. Andrés Castro, con su pedrada en San Jacinto, Rafaela Herrera, con su cañonazo a los ingleses, Emmanuel Mongalo, con su tea frente a los filibusteros, Pedro Joaquín Chamorro, con su pluma ante Somoza, los indios de Monimbó, con su insurrección de 1978.
Hay momentos en que la Patria demanda el patriotismo de sus hijos y exige arriesgarse para salvar el futuro del país. La inacción y la pasividad condenarían Nicaragua a un nuevo ciclo trágico de dictadura y guerra. La acción valiente en las calles abrirá, por el contrario, un camino de esperanza y participación ciudadana, capaz de cambiar la historia y devolvernos la fe en nuestras propias fuerzas.