Ya se guardaron los bates y no se escuchan los aplausos. Ya los fanáticos del estadio de béisbol de Ámsterdam, en Holanda, vamos saliendo cabizbajos y nos topamos con varios jugadores de la selección de Nicaragua que van a abordar el autobús para ir al hotel.
Sin embargo, apenas se detienen a ver a los pocos nicaragüenses que aún eufóricos, luego de pasar dos horas alentando al equipo, ondean la bandera y gritan ¡Nicaragua!, ¡Nicaragua!, ¡Nicaragua!
El seleccionado acaba de perder ante Holanda.
Fue un juego doloroso. Yo no sé si fue más doloroso para nosotros el verlos perder aquí o para ellos el perder ante nosotros, una barra de unos veinte nicas venidos de diferentes partes de este país para celebrar que lo mejor de nuestro deporte nos representaba en la Copa Mundial de Béisbol, pero la derrota fue una pesadilla repetida antes con Venezuela, Cuba y Corea del Sur.
Durante el juego con Venezuela, realizado en Rotterdam, me pareció estar, no ante la selección nacional de béisbol, sino ante un equipo de jugadores de mi barrio. Esas cuatro carreras del primer episodio me dejaron aturdido y viendo para todos lados buscando la respuesta a la insistente pregunta que me hacía: ¿Esta es la selección de Nicaragua?
Al final del partido, tuve la sensación que el frío fue el culpable de la derrota. Eso debió ser. Contra Cuba y Corea del Sur, creí que la lluvia o el desvelo habían hecho mella en los jugadores y por eso se vieron tantos errores.
Sin embargo, para el partido contra Holanda, se pronosticaba un día agradable de unos raros veinticuatro grados para esta época y creí que ahí estaba la oportunidad de ganar, aunque la pesadilla se repitió desde el primer episodio.
Cada jonrón fue una punzada en el corazón; cada imparable, un dolor en las cosquillas; cada mala jugada, un gesto de imposibilidad.
Y entonces, me convencí que no fue el frío, la lluvia o el cambio de hora que afectó a la selección nacional de béisbol. Venían sin preparación, sin ánimo y sin alma a un certamen internacional en el que ganaron solo a equipos de países como Croacia, Inglaterra y España donde este deporte está en pañales y a un team japonés, compuesto en su mayoría por universitarios. Frente a jugadores de verdad, se quedó en ridículo y se mostró que el nivel de nuestra pelota, yace ahogado en el fango de la vergüenza.
Daba lástima verlos jugar como novatos. Daba pena verlos perder como si en Nicaragua jamás se hubiera jugado béisbol. Daba rabia verlos cometer tantas faltas, como si apenas estuvieran aprendiendo a tomar un guante y a fildear un batazo con evidente falta de pericia. Daba asombro ver al equipo sin técnica, sin defensa, sin ataque y sin organización. Daba espanto verlos tragarse un fracaso tras otro sin el menor gesto de desagrado.
Después de salir del partido de Holanda, un nicaragüense mascando un último trozo de ánimo en su boca, me dijo:
—Vas a ver que ante Puerto Rico vamos a ganar.
Yo solo observé a los jugadores de la selección de béisbol de Nicaragua, pero ninguno de ellos levantó la mirada.