En Nicaragua se ha derramado mucha sangre de hermanos nicaragüenses desde que el país nació a la vida política independiente, hace ya 188 años. Y casi siempre ha sido porque algunos gobernantes se han empeñado en mantenerse en la Presidencia más allá del período para el cual fueron escogidos o designados, es decir, porque se han reelegido o tratado de reelegirse por cualquier medio.
En los años subsiguientes a la Independencia Nacional, el país se hundió en un largo período de violentas luchas caudillistas por el poder, que llevaron a una de las facciones en contienda a contratar mercenarios extranjeros, los que aprovecharon la oportunidad para imponer como “Presidente” de Nicaragua al comandante filibustero William Walker. Sólo cuando los dos partidos históricos, liberal y conservador, hicieron a un lado sus intereses y ambiciones particulares y se unieron en una sola fuerza política y militar, fue posible derrotar y expulsar a los filibusteros extranjeros y establecer un gobierno verdaderamente nacional.
Durante más de treinta años después de la Guerra Nacional el país vivió en paz y concordia, hasta que al presidente interino Roberto Sacasa —quien había asumido la Presidencia en 1889 para completar el mandato de cuatro años del fallecido presidente Evaristo Carazo— se le ocurrió que debía seguir ejerciendo el poder presidencial y se hizo reelegir en 1891. Volvieron entonces las luchas armadas partidistas y ocurrió la revolución liberal de 1893. Como Presidente fue elegido José Santos Zelaya, pero éste, mediante reformas constitucionales y sucesivas reelecciones permaneció en el poder hasta diciembre de 1909, cuando fue derrocado por las revueltas armadas criollas y la intervención de Estados Unidos.
Años después, el general Anastasio Somoza García tomó el poder como consecuencia de un golpe militar de Estado que le propinó al presidente Juan Bautista Sacasa, quien era su correligionario liberal y además su tío político. Somoza se convirtió en el campeón de las reformas constitucionales y de la reelección para mantenerse en el poder, hasta que fue asesinado el 21 de septiembre de 1956. Precisamente el día de hoy se cumple el 53 aniversario del atentado mortal perpetrado por Rigoberto López Pérez contra el general Anastasio Somoza García, el 21 de septiembre de 1956, en el Club de Obreros de la ciudad de León, durante una fiesta de celebración de la que sería la última campaña para la reelección de aquel dictador. Independientemente de cómo se juzgue la acción de Rigoberto López Pérez —como un asesinato o un acto de justicia ejecutado por la propia mano—, lo cierto es que el hecho fue motivado por el afán reeleccionista del dictador Somoza García, quien impidió toda posibilidad de cambiar al gobierno por la vía electoral y los medios democráticos y pacíficos.
Pero la familia Somoza y el Partido Liberal no aprendieron aquella lección funesta y el general Anastasio Somoza Debay siguió por el mismo camino de los pactos, las reformas constitucionales y los fraudes electorales para asegurar su reelección presidencial. Hasta que por fin la dictadura dinástica somocista fue derrocada de manera violenta y sangrienta, en julio de 1979.
Ahora, 30 años después del derrocamiento de la dictadura somocista; a 53 años del asesinato del dictador Somoza García que fue causado precisamente por su empecinamiento reeleccionista; cien años después del derrocamiento del dictador liberal José Santos Zelaya que permaneció casi 17 años en el poder a base de la reelección; y a 118 años de que el presidente conservador Roberto Sacasa comenzó la tradición, o mejor dicho, la maldición reeleccionista en Nicaragua, el país enfrenta nuevamente la misma situación porque al parecer la experiencia histórica no ha servido para nada. Es decir, la nación está soportando a un presidente caudillista, Daniel Ortega, quien a pesar de que actualmente ejerce la Presidencia por segunda ocasión, está empeñado en reformar la Constitución para volver a reelegirse y permanecer de manera vitalicia en el poder.
Y cabe suponer —pero además temer—, que así como el país vuelve otra vez a sufrir la maldición reeleccionista también puede ser castigado nuevamente con el desenlace trágico que en Nicaragua ha sido la inevitable consecuencia de toda reelección. Ojalá que no sea así , que las fuerzas opositoras democráticas logren impedir la reelección de Ortega, que aprendan las trágicas lecciones de la historia, y que así como en 1857 los partidos históricos se unieron para derrotar al filibustero extranjero, se unan ahora para vencer políticamente al filibustero nacional.