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Noticias >> Domingo
Niños miskitos juegan en su casa inocente de la angustia que vivieron los vecinos de Waspam tras el paso del huracán Félix. (LA PRENSA/EFE/Oscar Sotelo)
La hambruna amenaza la Nicaragua indígena
Waspam, el lugar más pobre de Nicaragua, es uno de los ocho municipios devastados por el huracán Félix en 2007
Luis Felipe Palacios/EFE
domingo@laprensa.com.ni
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En septiembre de 2007, el huracán Félix arrasó la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) que, situada 632 kilómetros al nordeste de Managua y con 9,182 kilómetros cuadrados de extensión, es la más pobre de Nicaragua.

Las estadísticas indican que de los más de 60.000 habitantes que se calcula tiene Waspam, aproximadamente el 80 por ciento son personas que viven en la pobreza extrema, lo que supone subsistir con menos de 1,08 dólares al día, y más del 15 por ciento son pobres, es decir, que viven con una media de 2,08 dólares diarios.

Esto deja apenas un margen máximo del 5 por ciento de personas que pudieran ser consideradas “no pobres” en esta región.

El ciclón, que llegó a las costas del Caribe nicaragüense con una intensidad de categoría cinco, la máxima de la escala Saffir-Simpson, con vientos de 260 kilómetros por hora, dejó a su paso por Nicaragua 253 muertos y cerca de 200 mil damnificados, así como un rastro de hambruna y enfermedades que se mantiene muy presente.

“El huracán Félix devastó todos nuestros cultivos. La gente de estas comunidades quedaron bastante tristes, porque no sabían qué sembrar, cómo sacar sus semillas. La gente quedó mal”, recuerda Sixto Zúñiga, coordinador de una comunidad miskita de Waspam.

El ciclón causó daños no sólo en la agricultura, también en las infraestructuras, en las modestas viviendas de los habitantes de la región y en la pesca y el medioambiente, incluida la reserva de la biosfera de Bosawas, la mayor extensión forestal de Centroamérica y la tercera mayor del mundo, cuyo territorio comparten la RAAN y el vecino departamento de Jinotega y que es considerada uno de los “pulmones” del planeta.

Los fuertes vientos de “Félix causaron enormes destrozos en toda la RAAN, una amplia zona pantanosa y poco poblada para su extensión, similar en tamaño a El Salvador y que hasta hoy continúa aún en riesgo.

El impacto del fenómeno meteorológico, uno de los ciclones más letales en la historia del Caribe, aún se siente en Nicaragua, casi dos años después de su demoledor paso por el país.

El huracán arrasó la mayoría de las frágiles casas del lugar y acabó con los sembrados, según recordaron a EFE Reportajes los indígenas miskitos durante una expedición de cuatro días por las comunidades de Waspam, las más recónditas y las más pobres del país, encabezada por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

“’Félix arrasó con todos los cultivos y los árboles frutales en Waspam. No había nada”, recuerda el miskito Ismael Dixon, historiador local.

El difícil viaje a las comunidades de Waspam, un lugar pantanoso ubicado sobre las riberas del Río Coco, fronterizo con Honduras, lleva cerca de 24 horas, combinando avión, automóvil de doble tracción y cayuco -una canoa rudimentaria y pequeña en la que apenas cabe el cuerpo de una persona-, partiendo desde Managua y pasando por Puerto Cabezas, la capital del Caribe norte de Nicaragua, atravesando ríos.

En las remotas comunidades de Río Coco Abajo, accesible sólo por caminos pantanosos, adonde no se adentra ningún tipo de transporte público y a la que ni siquiera llegan los servicios de luz eléctrica, agua o de teléfono, el 90 por ciento de los habitantes son indígenas miskitos, según Ismael Dixon.

En esas comunidades, entre las que se encuentran Billwaskarma, Saklin, Tuskro Sirpe, Kiwas, Anris, Kampa y Boom, es común ver andar a los niños desnudos, descalzos y con las barrigas abultadas por el hambre y los parásitos, y a las mujeres, sin lujos ni vanidad, cuidando y cargando a sus hijos, al igual que cargan los pocos alimentos que consiguen para el consumo de la familia.

Las rudimentarias casas levantadas en el lugar están construidas a base de madera, sin puertas ni persianas, con techos de paja y sobre pilotes para evitar las constantes inundaciones que se registran en esta zona rural de clima húmedo tropical.

Los habitantes de esta zona, que basan su actividad económica en la agricultura, la explotación de la madera y la pesca, utilizan sus cosechas para su propio consumo y para la primitiva economía de intercambio con otras comunidades vecinas.

Aquí no hay tiendas, ni comercio, ni otra fuente de abastecimiento de alimentos que no sea la propia tierra.

Tampoco hay empresas ni industrias donde los indígenas caribeños puedan emplear sus fuerzas.

El peligro de una hambruna es latente en estas comunidades de Waspam desde antes de que el huracán Félix arrasara la zona.

El poderoso ciclón puso aún “más de rodillas” a los vecinos de este lugar, afirman los nativos con su español rudimentario, pero reconocen, que sin la ayuda que recibieron tras el paso del ciclón, aún a cuentagotas, los estragos en esta zona hubieran sido aún más catastróficos.

Uno de los proyectos puestos en marcha con las ayudas recibidas, ejecutado por la FAO con organismos locales, que supuso una inversión de 2,3 millones de dólares donados por Dinamarca, Finlandia, Noruega, Suiza y Suecia, tuvo como fin la rehabilitación de las capacidades productivas y la prevención de incendios forestales en la RAAN.

“Los daños en el medio ambiente y en las viviendas de los pobladores fueron inmensos, así como las afectaciones en los sistemas de vida de estos grupos poblaciones que ya se encontraban en una situación de pobreza endémica”, indica el ingeniero Marcos Sotelo Sandino, coordinador de la FAO para ese programa.

Bendito Frijol. El huracán Félix afectó a la economía, el patrimonio, la historia, las costumbres y al futuro de estas comunidades indígenas, y paralizó los esfuerzos que, hasta ese momento, estas personas habían hecho para superar la pobreza.

La FAO, en su búsqueda por evitar la hambruna que se avecinaba en la RAAN y promover la seguridad alimentaria en Nicaragua, apostó por entregar semillas de fríjol a las comunidades indígenas afectadas por el huracán “Félix.

En total distribuyeron 15,657 quintales de semillas de fríjol a 20,512 familias que habitan en 555 comunidades de la RAAN, a los que también brindaron asistencia técnica.

La cosecha del fríjol, el principal producto alimenticio de los indígenas caribeños, fue una “bendición” para esas comunidades donde habitan como promedio siete personas por familia, según los propios nativos de Waspam.

Los nativos comercializaron el fríjol a un promedio de 36 dólares el quintal; cambiaron parte de la producción por aceite, arroz, azúcar, café, jabón, harina, vestidos, zapatos y hasta bicicletas, un medio de transporte que resulta necesario en esta zona del país.

También dejaron para su consumo y para la siembra de la próxima cosecha y la hambruna, de momento, lograron paliarla, aunque todavía no es suficiente.

“El fríjol fue una bendición bárbara. Una bendición grandísima a la comunidad”, asegura Baldisso Toledo Tuckler, coordinador de una comunidad miskita.

“El fríjol es nuestra cocaína”, dice, por su lado, Marianita Brown, una agraciada miskita, responsable de la escuela en su comunidad.

Las comunidades indígenas afectadas por el huracán, más que asistencia, demandaron entonces a la comunidad internacional semillas y herramientas para sembrar y combatir el hambre que constantemente azota a esta apartada zona rural nicaragüense, altamente vulnerable a los desastres naturales.

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