Hay límites materiales y períodos cíclicos que hacen muy poco probable un proceso de crecimiento sin fluctuaciones y sin bajas. Pero lo que preocupa es que en los últimos tiempos las tendencias y las perspectivas nacionales han cambiado en forma bastante significativa. Hay un peligroso estancamiento económico y no se vislumbran los elementos dinámicos que impulsen un reactivamiento.
La confianza se ha venido perdiendo y ésta no se restablece sino a base de actos positivos y de rectificaciones. La inversión privada se ha paralizado, hay fuerte desempleo y preocupación con la posibilidad de ganarse el sustento. Hay temor, recelo e inseguridad. El principio del conflicto de intereses que debería impedir que funcionarios públicos participen como tales en actos o resoluciones que los beneficien como personas, no se ha venido respetando. No se puede ser juez y parte. La competencia indebida a la empresa privada se ha extendido a todos los campos, agregando mayor poder económico al poder político; se han desperdiciado recursos escasos y se ha abusado en el manejo de fondos públicos en cifras nunca antes imaginadas. Se han multiplicado los privilegios.
La deuda pública externa ha alcanzado niveles que nos han puesto ya en la situación de tener que destinar parte substancial del Presupuesto Nacional al pago de amortización e intereses, con sacrificio, por muchos años, de las posibilidades de progreso. Desafortunadamente, parecería que no hemos llegado aún al límite y que se están planificando proyectos ambiciosos por encima de nuestra capacidad previsible de pago, que podrían significar una carga demasiado pesada para las generaciones venideras.
Aunque existen factores externos que han deteriorado los términos de nuestro intercambio comercial y es verdad que las alzas en el precio del petróleo han disminuido nuestro poder de compra y creado fuertes desequilibrios, tenemos que ir un poco más profundo y confesar que el origen está en nosotros mismos y que no podemos esperar una mejoría verdadera mientras no se arreglen las disidencias políticas y no se corrijan las causas que han ocasionado la desconfianza. Parecería que la razón básica de esta situación de incertidumbre y descontento es la continuidad de un mismo régimen personalista por un período demasiado prolongado. Estamos padeciendo de una insatisfacción acumulada.
Siempre que existe un fenómeno político de este tipo tienden a formarse grupos que medran del poder y a negar sus derechos al resto de la sociedad. Se inflexibilizan las estructuras porque los errores y las posturas equivocadas no pueden ser corregidas con los controles y balances que proporciona el sistema democrático. Se estimula el concepto de insustituibilidad y se crean poderosos intereses que llevan a sofocar por la fuerza, demandas normales y reclamas razonables. Y allí comienza la polarización de fuerzas y el círculo vicioso de la violencia.
Yo creo que ningún gobierno puede desoír indefinidamente los pedimentos legítimos del pueblo y que en estas coyunturas se deben tomar, con sentido de urgencia, sin condiciones y sin esperar que sean producto de una negociación partidarista, las medidas propicias para el restablecimiento de la tranquilidad.
Pero la verdadera estabilidad sólo podrá ser el resultado de un cambio político fundamental que evite la lucha aniquiladora. Las mayorías nicaragüenses tienen derecho a reclamar la alternabilidad en el mando de la Nación y una transmisión real de poder que permita que hombres nuevos e íntegros inicien un proceso de democratización y se dediquen, afanosamente y sin obstáculos, a la gran tarea de la reconciliación nacional.
La negación de estas aspiraciones podría sumirnos en una confrontación fratricida y destructiva de nuestro mundo económico y social.