Después que mandó a sus magistrados en la Corte Suprema de Justicia a atropellar la Constitución, para anular el artículo 147 que prohíbe la reelección continua y por más de dos períodos presidenciales, Daniel Ortega ha pretendido burlarse de la oposición y del pueblo nicaragüense, preguntando en tono desafiante cuál es el miedo de enfrentarlo en la próxima elección presidencial .
Dice Ortega que si fuera cierto lo que asegura la oposición, que él representa una minoría de la población y que es repudiado por la mayoría de los nicaragüenses, según las encuestas, la oposición no debería tenerle miedo pues lo podría derrotar fácilmente en los siguientes comicios presidenciales.
Pero esto no es un asunto de miedo ni de machismo, sino de respeto a los preceptos constitucionales y a los valores de la democracia y la libertad. El problema político de Nicaragua no radica en que Ortega y sus seguidores sean todo lo valiente que dicen ser, y que los opositores y todos los demás nicaragüenses sean los cobardes de la película. Ésta es una manera primitiva, fascista, totalitaria, de ver los problemas de la política y de la sociedad.
El miedo, como se sabe, es un mecanismo instintivo de defensa de los animales y las personas. Todos los seres normales sienten miedo ante una situación de peligro. El miedo es una reacción natural para protegerse de las agresiones de cualquier clase. Es lógico que las personas demócratas de Nicaragua —que por lo general son seres humanos normales, cívicos y pacíficos— sientan temor a los atropellos del régimen de Daniel Ortega, a los ataques criminales, brutales y despiadados de sus turbas contra quienes se atreven a ejercer su derecho de manifestación pública.
También es lógico que los integrantes de las turbas de Daniel Ortega no tengan miedo de mostrar su cobardía, al agredir brutalmente a personas indefensas como lo hicieron el jueves de la semana pasada contra Leonor Martínez, de la Coordinadora de Jóvenes Nicaragüenses, pues ellos son impunes, están protegidos por la complicidad de la Policía Nacional orteguista, lo mismo que de los fiscales, jueces y magistrados que pertenecen al FSLN.
Lo que no es normal es que Daniel Ortega tenga miedo, siendo tanto su poder político, judicial, policial y militar, aparte del respaldo callejero de sus turbas. En realidad, es obvio que Ortega vive dominado por el miedo, desconfiando hasta de su sombra, viendo conspiraciones por todos lados, cuidándose incluso de sus más cercanos camaradas de partido.
Pero el miedo, como mecanismo natural defensivo que es, tiene también un potencial positivo en la gente que sufre la opresión económica y social y la represión política. En 1989 y 1990, cuando la dictadura de Daniel Ortega era mucho más poderosa y represiva que ahora, la mayor parte de los nicaragüenses tenía bastante más temor que ahora. Sin embargo la gente venció el miedo, se llenó de valor cívico y se fue a las calles, primero, y a las urnas electorales, después, para derrotar contundentemente a la sangrienta dictadura militar de aquel entonces. Tanto era el miedo que tenía la población al despiadado poder de Ortega y del Frente Sandinista, que en los días siguientes a la elección del 25 de febrero de 1990, la gente que votó por la UNO y doña Violeta se encerró en sus casas, por temor a que las fieras mal heridas por la derrota electoral causaran un baño de sangre en el país. Pero la necesidad de poner fin a la dictadura fue más fuerte que el miedo
Si ahora hubiese alguna posibilidad de que las próximas elecciones fuesen libres y limpias, y vigiladas por observadores independientes nacionales y extranjeros, la oposición en particular y la población en general no tendrían temor a la postulación de Ortega para una nueva reelección presidencial, si así fuese permitido por la Constitución Política de Nicaragua. Y si Daniel Ortega tuviera el valor que en sus discursos alardea tener, debería demostrarlo garantizando la celebración de elecciones libres, limpias y debidamente observadas nacional e internacionalmente.
Lo que pasa es que Daniel Ortega sí le tiene miedo a la población, siente fobia a la democracia y le causa pánico la posibilidad de una nueva derrota en las urnas electorales. Por eso hizo el fraude del año pasado, atropelló la Constitución para anular la prohibición de su reelección y prepara otro gran montaje fraudulento para las elecciones del 2011.
Pero si los nicaragüenses demócratas ya vencieron antes el miedo a las turbas y a la represión institucional de la dictadura de Ortega, ¿por qué no van a poder vencerlo de nuevo y volver a derrotarla ahora, de manera mucho más contundente que en 1990?