Una sociedad que no tenga normas o leyes que organicen y diriman las controversias entre sus miembros, no sólo no es viable como organización sino que también es inviable como grupo social.
Las instituciones modernas nacen como una necesidad de los grupos sociales de darse normas, acatadas por todos, para alcanzar su desarrollo. El problema comienza a complicarse cuando queremos definir qué tipo de institución es la más conveniente para normar o gobernar un pueblo.
El centro de la institucionalidad es el poder, o sea la relación jerárquica entre los individuos que ordenan y los que obedecen. Todos los miembros de una sociedad tienen una cuota de poder que pueden ejercer de diferente manera, generalmente esa cuota de poder se liga con el poder económico o de hecho, o sea: tiene poder quien tiene el dinero o las armas.
Ese tipo de institucionalidad margina a una serie de individuos y propicia siempre el estallido en convulsas protestas, ya que la participación social es una necesidad básica de los individuos. Naturalmente que ese tipo de poder, el dinero o las armas, conspira contra una institucionalidad moderna que propugna por la igualdad de oportunidades y de participación.
La forma de impulsar la igualdad de derechos, no sólo es tener un marco legal, justo y adecuado a la realidad social, sino también un intento de homogenización social, a través de la educación. La educación tanto formal, como la que transmite informalmente valores éticos, que valen en sí y no en quien los ejerce, por ejemplo, un robo es malo en sí y no depende de por qué o a quién se roba. No se puede admitir que robar a los ricos o al Estado no es malo ni sancionable, en cambio hacerlo a un pobre, sí es malo. Lo mismo es aplicable a todo nuestro comportamiento cívico ciudadano.
El sujetarse a normas significa un orden y un tiempo para recibir sus beneficios, es como repartir cosas en un grupo, si todos queremos ser los primeros y no hacer fila para recibir el beneficio cuando nos corresponda, el resultado es caos, alboroto o injusticia.
La necesidad de tener un beneficio inmediato hace que rompamos las normas que rigen una institución y cuando del poder se trata, la postergación es muy difícil.
Sólo la educación nos puede enseñar que es más beneficioso esperar nuestro turno que arrebatarle el derecho a otro. La educación no sólo impide el abuso por convencimiento propio, sino que también otorga fuerza y argumento a las personas para que se opongan al abuso de otros.
Pero, ¿qué pasa en nuestro país?
No es necesario insistir en la falta de institucionalidad, originadas por el ejercicio no democrático del poder. Las normas y procedimientos para elegir a los miembros de las instituciones están claros y precisos, pero la forma de elegir y las razones para elegirlos están muy lejos de ser acciones que no estén vinculadas por un uso espurio del poder y por una necesidad de obtener beneficios materiales inmediatos.
Los cargos en nuestras instituciones no se llenan por la calidad moral, ética o técnico-científico, sino por su disposición a obedecer al caudillo de turno. Mientras no cambiemos la forma de escoger a nuestros representantes, para que respondan a sus electores y no a los dueños de los partidos, el fenómeno de la corrupción institucional persistirá.
Si éste es el problema y la solución se inicia con la educación, ¿por dónde deberíamos comenzar para tener frutos no muy lejanos?
Las instituciones son la radiografía de los valores democráticos de una sociedad. La democratización de las instituciones debe ser reflejo de la educación de los políticos, forjados en el interior de los partidos políticos y fruto de la ética política que debe primar en esas organizaciones.
La principal escuela de democracia, de ética, de tolerancia y respeto debe situarse donde la búsqueda y lucha por el poder es el objetivo primario, por tanto es en el seno de los partidos políticos donde deben enfocarse nuestros esfuerzos educativos, para superar los serios problemas de institucionalidad.
Nuestros partidos deben ser los escaparates de nuestra conducta ética, ya que precisamente allí es donde se vive y se maneja esa droga peligrosa y natural del cerebro, que es el deseo, el uso y el abuso del poder.
Este objetivo debe ser una tarea de todos.