Se discute en medios políticos acerca de cómo se debe calificar o denominar al Gobierno de Daniel Ortega, quien actúa siempre como líder de su partido y presidente sólo de sus seguidores, no como gobernante de todos los nicaragüenses.
Está completamente claro, que por su talante, su estilo de gobierno y su actitud agresiva contra los nicaragüenses que no piensan como él, Ortega no es un gobernante democrático, no obstante que su mandato derive de una elección popular de acuerdo con las reglas establecidas en la Constitución por el pacto que hizo con Arnoldo Alemán. Pero, entonces, ¿cómo se debe calificar al Gobierno de Daniel Ortega? ¿Es una dictadura? ¿Es una tiranía? ¿Es una satrapía? ¿Es un régimen totalitario o autoritario?
Esta discusión podría parecer vana y peligrosa, como se enseña en la fábula sobre Los dos conejos, del escritor español del siglo 18, Tomás de Iriarte. Ésta se refiere a dos conejos que discuten acaloradamente si los perros que se les acercan a toda carrera son galgos o podencos, y mientras discuten, los feroces animales llegan hasta donde ellos se encuentran, los atacan, los destrozan y los devoran.
Tal vez eso mismo le podría ocurrir a los demócratas nicaragüenses, si se dedican sólo a discutir que si el gobierno de Ortega es dictatorial, tiránico o cualquier otra cosa, mientras éste arrasa las instituciones republicanas y democráticas, atropella las libertades de los ciudadanos, viola los derechos humanos, avanza en su proyecto de volver a instaurar en Nicaragua una dictadura represiva y corrupta, pero ahora oligárquica, familiar y nepótica.
En realidad, lo más importante es denunciar, rechazar y combatir al régimen de Daniel Ortega, sea lo que fuere, galgo o podenco. Sin embargo, también es indispensable tener claro cuál es la verdadera naturaleza del régimen orteguista. En política siempre hay que definir al adversario con la mayor precisión posible, a fin de poder elaborar la estrategia apropiada para alcanzar los objetivos que se persiguen. Y en lo que se refiere a la información y el enfoque de opinión, esa precisión es indispensable para lograr la mayor claridad del mensaje, mientras que la imprecisión lo distorsiona y confunde a la población.
Lo cierto es que el régimen de Daniel Ortega no es como la dictadura somocista, pero mucho se le parece. No es igual a la dictadura sandinista de los años ochenta, pero tiene parte de ella. El régimen de Ortega es una mezcolanza de dictadura vieja y nueva, de tiranía y de autocracia, de satrapía y de fascismo, de autoritarismo y de totalitarismo. Tiene de todo lo malo a la vez, pero fundamentalmente es una dictadura, en cierne o en desarrollo, pero dictadura al fin.
La dictadura, dice el enciclopedista Guillermo Cabanellas, es el “gobierno, unipersonal casi siempre, que invocando el patriotismo o el interés público, para encubrir el personal, ejerce inconstitucionalmente el Poder, acumulando funciones ejecutivas y legislativas, y sojuzgando a los tribunales. Se caracteriza por la falta de límites en el ejercicio de las facultades y la ausencia de responsabilidad por el intento de tornar vitalicia la dictadura”. ¿Y acaso no es eso, en lo esencial, el régimen de Daniel Ortega?
Como ha escrito Fernando Berckemeyer, jurista peruano y columnista de los diarios El Comercio, de Lima, y El Nuevo Herald, de Miami, “existen, desde luego, las dictaduras con leyes y constituciones. De hecho, hoy en día es difícil encontrar dictaduras sin leyes y constituciones... Lo que diferencia al estado de derecho de las dictaduras, pues —agrega Berckemeyer— no es la presencia de leyes. Lo que separa a los estados de derecho de las dictaduras, es que en los primeros tanto ciudadanos como gobernantes están sometidos a las leyes, mientras que en los segundos, las leyes son los instrumentos mediante los cuales los gobernantes someten a los ciudadanos. En un estado de derecho, en otras palabras, la voluntad del gobernante vale cuando está dada en el marco de la ley, mientras que en las dictaduras sucede exactamente lo contrario. Mario Vargas Llosa lo escribió muy bien: las dictaduras, blancas o rojas, son todas negras”.
Ciertamente, el régimen que está ultrajando a los ciudadanos, que atropella a los partidos y organizaciones sociales democráticas de Nicaragua, que quiere abolir la libertad y la democracia e imponerse en el poder para siempre, para lo cual no le importa hacer lo peor ni pagar cualquier precio, sea galgo o podenco ante todo es simple y brutalmente una dictadura. Y depende de los mismos demócratas nicaragüenses, que esta nueva dictadura se consolide y se quede en el poder por mucho tiempo o que se vaya muy pronto y para siempre al basurero de la historia.