A mediados de la semana pasada, un sorprendido periodista venezolano preguntaba a este redactor cómo era posible que en Nicaragua, después de una dictadura de más de cuatro décadas y continuas crisis políticas, el presidente Daniel Ortega “asaltara” la democracia y usara el control que ejerce en el Poder Judicial para ordenar un cuestionado fallo de la Sala Constitucional que le garantiza la posibilidad de reelección en las elecciones generales previstas para 2011.
—Pensaba que después de lo vivido por ustedes en décadas recientes, ya habían creado instituciones o mecanismos para resistir este tipo de asaltos a la democracia— escribió.
El periodista venezolano explicaba en su correo electrónico que el presidente Hugo Chávez avanza con su “revolución” porque “tomó por sorpresa a la democracia venezolana”, pero que una vez que el mandatario deje el gobierno —sea cuando sea— espera que ningún otro político pasado de listo pueda sorprender a los venezolanos con “artimañas para perpetuarse en el poder”.
El cuestionamiento del periodista venezolano no sólo se hizo difícil de responder, sino que da vergüenza. Son las preguntas que muchos nicaragüenses se hacen: ¿Cómo volvió a pasar lo mismo? ¿Por qué Nicaragua no ha logrado crear instituciones fuertes que sirvan de escudo a las aspiraciones de los políticos que quieren perpetuarse en el poder? ¿Por qué volver atrás, hacia las mismas páginas pasadas una y otra vez?
Para los analistas la tragedia de Nicaragua es la de un país que no ha logró despegar, fuertemente ligado a una forma patriarcal de gobierno heredada del periodo colonial. Lo explica Leslie Bethell en su Historia de América Latina:
“El atraso heredado del período colonial español, la crisis cíclica del mercado internacional del café y las luchas políticas de la oligarquía por el control del gobierno frenaron el crecimiento económico, el progreso social y la consolidación de la estabilidad institucional”.
En 1936 el presidente Juan Bautista Sacasa, elegido en elecciones supervigiladas por los marines estadounidenses, abandonó Nicaragua en un buque mexicano. Se embarcó en Corinto rumbo al exilio luciendo la banda presidencial en el pecho. Sacasa había recibido un golpe de Estado de su sobrino político, Anastasio Somoza García, quien sublevó a las tropas de la Guardia Nacional y capitaneó una revuelta que puso al presidente de patitas en la calle, o en el puerto, rumbo al exilio.
El Congreso nombró a un presidente interino, Carlos Brenes Jarquín, que se mantuvo en el poder hasta que Somoza, ya con el control total de la Guardia que entonces contaba con tres mil hombres, ganó las elecciones de diciembre y tomó el poder el 1 de enero de 1937.
Somoza, manteniendo una pantomima institucional, renunció en noviembre de 1936 como director de la Guardia Nacional en “respeto” a los límites establecidos en la Constitución para participar en las elecciones, las que ganó con 107,201 votos frente a los 169 votos de su rival, Leonardo Argüello. Una vez electo, Somoza volvió a asumir el mando de la Guardia Nacional.
El escritor Sergio Ramírez cuenta en su premiada novela Margarita, está linda la mar que lo primero que hizo Somoza al ocupar el palacio presidencial de Tiscapa fue colgar en su despacho un retrato del dictador italiano Benito Mussolini, a quien Somoza admiraba y daba cuenta de su ideal de grandeza.
El analista político Emilio Álvarez Montalván explica en su obra Cultura política nicaragüense, que dos de los rasgos culturales de los políticos del país son el caciquismo y el caudillismo, el primero ligado a las costumbres de nuestros aborígenes, que ungían como líder a una persona quien ostentaba plenos poderes. El caudillismo, dice Álvarez Montalván, es el resultado de la concentración de poder en una sola persona, alrededor de quien se crea un “círculo impenetrable de incondicionales”. El eslogan del caudillo, escribe el analista, es: “Quien manda, manda y no se equivoca; y si se equivoca, vuelve a mandar”.
Pues Somoza García en 1936 era cacique y caudillo. Y mandaba, sin importar si se equivocaba. Consolidó con su mandato la Guardia Nacional y formó una marina de guerra y la fuerza aérea. Y, según cuenta Leslie Bethell, controló los impuestos, dominó los servicios postales, telegráficos y de radio. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en la que el caudillo apoyó a los aliados contra la Alemania de Adolfo Hitler, la familia Somoza contaba con 51 ranchos ganaderos, 46 plantaciones de café, dos plantaciones de caña de azúcar, una compañía aérea, una mina de oro, una industria láctea, fábricas productoras de textiles, cemento y fósforos. Y una Asamblea Constituyente que le extendió el periodo hasta 1947.
En su celebrado libro El síndrome del figureo el analista político León Núñez escribe que en Nicaragua “quien tiene un puesto tiende a conservarlo; tiende a perpetuarse en él; en el poder”. Pues ésa era la ambición de nuestro insaciable cacique y caudillo, a pesar de que la élite tradicional nicaragüense ya apretaba un ojo cuando decían Somoza.
Un día de 1944 el cacique y caudillo decidió que quería mantenerse más tiempo en el poder, amenazando los intereses de una parte de la oligarquía nicaragüense. Sus ambiciones dividieron al Partido Liberal e hizo que algunos de sus miembros se retiraran de sus filas y fundaran un nuevo partido, el Liberal Independiente. Éste, junto al Partido Conservador, organizó una huelga para derribar a Somoza. La acción no tuvo eco en los sindicatos y fue mal vista por los estadounidenses, aunque según Leslie Bethell, para entonces a Washington no le gustaba la idea de un Somoza con más tiempo en el poder.
Somoza hizo una alianza con el que fuera su adversario político, Leonardo Argüello, quien ganó las elecciones de 1947 a través de un descarado fraude electoral. Pero Argüello demostró demasiada independencia del caudillo e intentó socavar el poder de Somoza en la Guardia Nacional, por lo que éste, usando una fórmula conocida y perfeccionada, le dio un golpe de Estado a un mes de que el presidente asumiera el mandato. El Congreso eligió a Víctor Román y Reyes, tío de Somoza, como Presidente. Estados Unidos no reconoció al régimen de facto hasta 1948. Después de todo, Somoza garantizaba sus intereses.
Una década antes, Franklin D. Roosevelt había dicho aquella famosa frase que reconocía de una manera particular el apoyo de la potencia a las ambiciones del caudillo: “He is a son of a bitch, but he’s ours” (“Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”).
Una tarde lluviosa y raramente fría de mediados de la semana pasada, un reconocido político e intelectual nicaragüense me recibió en su hermosa casa de las afueras de Managua para hablar de la tragedia de la reelección.
Sentado en un sofá de un amplio salón blanco, con grandes ventanas que dan a un infinito de colinas verdes, el veterano político, que prefirió que su nombre no apareciera en este reportaje, dijo que sus esperanzas de cambio están en la juventud. Recordó los tiempos del primer Somoza, cuando él, junto a los jóvenes de su generación, participaban en protestas contra el cacique y caudillo, organizaban reuniones clandestinas y firmaban manifiestos. El error de aquella generación, reconoció el político, es que querían derrocar al caudillo con las armas, sin tener preparación ni idea de cómo lidiar con ellas.
El que sí sabía cómo hacerlo era Somoza. A punta de cañón cerró las universidades, que representaban para él la peste de la oposición. A punta de cañón ordenaba encarcelar a todo aquel sospechoso de estar contra el régimen. Y a punta de cañón reventaba cualquier manifestación en su contra. Somoza, además, tenía la habilidad de dividir a sus adversarios, por lo que éstos pasaban más tiempo en sus pugnas que en sus posiciones contra el régimen.
Mientras los jóvenes protestaban y recibían palo, los viejos políticos pactaban. En 1950 Somoza selló un acuerdo con otro caudillo, este conservador: Emiliano Chamorro. El pacto de los generales permitió a los conservadores convertirse en zancudos de la política, al acordar que mantendrían un tercio de los curules en el Congreso y una buena participación en el Gobierno y el poder judicial. Un pacto similar se selló entre “civiles” 48 años después, en 1998, y tuvo resultados similares. Pero ese es otro capítulo de la historia.
El pacto de Somoza y Chamorro también hacía descansar a las oligarquías, pues permitía una libertad de comercio que, según Leslie Bethell, significaba que la familia Somoza “compartiría los beneficios del crecimiento económico con las tradicionales clases gobernantes” del país. Así, el cacique y caudillo silenciaba a las élites que comenzaban a sentirse incómodas con su ya larga presencia en el gobierno.
La familia Somoza no sólo era un ejemplo de progreso económico, sino político: los hijos ocupaban importantes cargos en la Guardia Nacional y el Gobierno. Luis, el mayor, era algo así como el encargado de la diplomacia somocista, luego entró al Congreso y más tarde fue designado por su padre, como el sucesor de la dinastía. Claro, si algo le llegaba a pasar al caudillo. “Tachito”, como le decían de cariño al menor, estudió en West Point y regresó a Nicaragua directo a la Guardia Nacional.
Somoza no quería, ni pretendía dejar el poder, por lo que, con las clases poderosas y políticas en la bolsa, el caudillo fue electo en 1956 en una convención liberal celebrada en León —convención en Nicaragua siempre ha sido un puñado de gente señalando con el dedo al candidato, explicó el político retirado aquella tarde lluviosa que lo entrevisté.
Esa misma noche en León, para celebrar la designación de Somoza, el Partido Liberal organizó una fiesta popular en la Casa del Obrero, en la que Somoza bailó cumbia con muchachitas de la élite leonesa, rió y bebió hasta que un joven que se coló en la fiesta le disparó al dictador cinco balas de su revólver Smith and Wesson calibre 38. Por un fallo en los planes del complot, el joven no pudo salir del recinto y murió acribillado por los guardianes del caudillo.
Rigoberto López Pérez sellaba con su propia sangre los intentos de un creciente sector de la población que no quería ver más a Somoza gobernando el destino de un pequeño país que, a pesar del auge económico logrado por el cultivo del algodón, seguía sumido en la oscuridad, el autoritarismo y la corrupción. La tragedia de la reelección cobró la vida de Somoza, pero también la de un joven poeta que se convirtió en héroe en su afán de cambio. El cambio que Nicaragua parece no dispuesta a aceptar.
El atentado contra Somoza padre hizo recrudecer al régimen. Sus hijos iniciaron una cacería brutal contra todo aquel que en algún momento expresó antipatía contra la dictadura. Luis, el mayor, se autoproclamó presidente y Anastasio tomó el mando de la Guardia Nacional. En 1957 hubo convocatoria a elecciones que, después de un gran fraude electoral, ganó Luis.
Ya puesto en el trono, el mayor de los herederos de Somoza lanzó la peor represión del régimen: todo lo que sonaba a disidencia tenía que ser borrado. Pedro Joaquín Chamorro, director mártir de LA PRENSA y feroz opositor del régimen, fue encarcelado en varias ocasiones a lo largo del mandato del dictador, que duró seis años. Sin embargo, Lesli Bethell explica que durante el gobierno de Luis Somoza, se produjeron importantes reformas económicas, aunque superficiales. A mediados de su mandato, dice Bethell, hubo una “relativa” libertad de prensa y en 1959 se restauró la prohibición constitucional de la reelección.
A punto de terminar su mandato Luis Somoza escogió a René Schick como candidato del Partido Liberal para las elecciones de 1963. René Schick ganó sin mayores contrincantes, al retirar su candidatura el conservador Fernando Agüero, seguro de que habría fraude electoral, como lo hubo.
Schick irritó al jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza, porque enjuició por asesinato a un oficial de ese órgano y porque permitió el exilio de Carlos Fonseca Amador, opositor al régimen a quien Somoza quería tras las rejas.
Antes de terminar su mandato, Schick murió misteriosamente y el Partido Liberal eligió entonces a Anastasio Somoza Debayle como candidato a las elecciones generales de febrero de 1967. La candidatura de otro Somoza irritó a los partidos de oposición, que conformaron la Unión Nacional Opositora, que presentó la candidatura de Fernando Agüero.
En enero de 1967 la tragedia de la reelección volvería a flotar por el cielo de Nicaragua. Exactamente por el de Managua. Entusiasmados por una fuerza de unidad frente al régimen, miles de nicaragüenses asistieron a una manifestación convocada por la UNO. Eran unas 60 mil personas. Todas gritando frases contra la dictadura. Los Somoza se irritaron y decidieron mostrar con más brutalidad que nunca su fuerza. Hubo orden de sacar los cañones, que se dirigieron hacia los manifestantes. Llovió fuego. Una estampida humana corría por su vida. Otros —decenas, tal vez centenares porque nunca se supo la cifra— quedaron muertos en el pavimento. Somoza ganó las elecciones y gobernó sin oposición política organizada.
En 1971 el otrora opositor Agüero pactó, a instancias de Estados Unidos, con Somoza, formando un gobierno fantoche de tres personas: Agüero y dos designados por Somoza, quien seguía ostentando el verdadero poder y mantenía a su mando la poderosa Guardia Nacional.
Ese triunvirato gobernaría hasta 1974, cuando Somoza decidió aspirar a otro mandato como presidente. Su decisión alertó a la desordenada oposición, que comenzó a formar un bloque contra el régimen. El grupo opositor más amplio era la Unión Democrática de Liberación (UDEL), formada por liberales y conservadores descontentos y liderada por Pedro Joaquín Chamorro.
Emilio Álvarez Montalván escribe que la violencia política ha sido una característica de la cultura política nicaragüense, más claramente la “eliminación física del adversario”. En 1934 Somoza García mandó a matar a Augusto C. Sandino, su gran contrincante, para apartarlo de una vez por todas del juego político. Pasaron 44 años para que un asesinato político de gran magnitud hiciera tambalear al régimen. En enero de 1978 fue asesinado Pedro Joaquín Chamorro. En el asesinato estuvo implicado “Tachito”, el heredero de Somoza García.
El asesinato de Chamorro unió a las fuerzas de oposición. Se formó un bloque contra el somocismo que no se había visto nunca en los 40 años del régimen. Comenzó así el inicio del fin de una dictadura. Y de una larga guerra que terminó en julio de 1979, con el triunfo de los guerrilleros del Frente Sandinista entrando a Managua, y la muerte, según algunas fuentes, de más de 50 mil nicaragüenses. Para muchos la tragedia de la reelección llegaba a su fin, tras el costo en vidas que había significado.
Esa afirmación la pondría en entredicho uno de aquellos guerrilleros que entraron triunfantes a Managua en julio de 1979: Daniel Ortega, de regreso ahora en la presidencia, ordenó al poder judicial bajo su control, declarar inaplicable el artículo 147 de la Constitución, que prohíbe la reelección continua.
Para Dora María Téllez, la ex guerrillera que luchó contra la tiranía de los Somoza, la decisión de la Corte, si bien refleja las ambiciones de los políticos nicaragüenses, no debería significar el inicio de una nueva dinastía.
Tal vez Téllez tenga la respuesta a aquel periodista venezolano que se preguntaba la semana pasada qué pasó en Nicaragua para que Ortega “asaltara” la democracia. La ex guerrillera dice que en el país se ha formado una sociedad más consciente de las consecuencias de permitir que el presidente de turno se salte las reglas del juego democrático y convierta la silla presidencial en trono.
Si bien los nicaragüenses no hemos logrado construir instituciones fuertes, ni consolidado la independencia de poderes, Téllez explica que en estos últimos 19 años se han conformado organizaciones civiles bien organizadas, dispuestas a hacer respetar la democracia. Por eso, augura, no ve a un Daniel Ortega en el poder más allá de 2011.