Considero que toda reelección presidencial indefinida es perjudicial, aun cuando el reelecto es un excelente líder, que trabaja por su pueblo; peor aún en los casos en que el que quiere reelegirse no tiene nada que presentar a favor de su gestión.
La reelección presidencial indefinida es perjudicial cuando el presidente es bueno y eficiente porque a la larga debilita la institucionalidad, primero de su partido y luego de su Estado, pues como es el mandatario “eterno”, los funcionarios, para sobrevivir, tienen que estar del lado bueno del “líder”, de lo contrario corren el riesgo de perder su fuente de ingresos y eso fomenta el servilismo y el clientelismo.
Pero cuando se trata de presidencias mediocres, la pregunta no es si se debe reelegir , sino ¿por qué?
¿Por qué un pueblo en su sano juicio y de su espontánea voluntad va a dar su voto por alguien que ha polarizado la sociedad, gasta gran parte de su tiempo en palabrerío demagógico, es de poca o nula actividad productiva, que se refleja en la incapacidad para mejorar la situación de la población y más bien hace retroceder el poco desarrollo de la sociedad y aumentar el desempleo?
¿Por qué un pueblo va a reelegir a alguien que, aunque dice defender a los pobres, cuando los envía al desempleo ni siquiera les reconoce sus derechos; cuando enfrenta un problema como la sequía actual es incapaz de articular un plan de acción para contrarrestarla, y que considera que los pobres tienen como única posibilidad la subsistencia, que se refleja en las políticas de regalar hojas de zinc o algunas vacas y cerdos? Y esas dádivas son reservadas para sus incondicionales.
Claramente, la mayoría del pueblo no votaría libremente por alguien así. No le sirve.
Es por eso que en el caso del compañero comandante pueblo presidente Daniel, quien tiene el historial arriba descrito, hay que preguntarse ¿para qué quiere reelegirse? Quiere reelegirse porque está fascinado por el poder. El poder político es su única razón de ser y de vida. Bueno, ahora el poder económico también. Pero eso en una democracia no es suficiente para ganarse el voto del pueblo.
La democracia entonces es un estorbo. Un Poder Electoral eficiente es un estorbo, elecciones libres son un estorbo, instituciones independientes son un estorbo y por lo tanto hay que eliminarlas, desacreditarlas o diezmarlas. Y es lo que ha hecho, con éxito, en los últimos tres años.
Ante estas circunstancias que le dan una posibilidad real al presidente Daniel Ortega para logre su objetivo reeleccionista, el nicaragüense que quiere hacer su vida en este país, disfrutarlo y ver crecer a sus hijos en él tiene el deber de oponerse.
Sin embargo, las preguntas que nos agobian son: ¿cómo oponernos? Y de lograr galvanizar una oposición que aglutine a esa mayoría (por lo menos un 65 por ciento de los nicaragüenses), ¿para qué nos vamos a oponer? O sea, ¿qué debe venir después de que esa oposición logre ganarle elecciones?
Parecen preguntas insulsas, pero la verdad es que son de una gran vigencia y encontrar la respuesta a las mismas es clave para dar los pasos hacia la construcción de una sociedad cuya mayor ambición sea el bienestar de cada uno de sus ciudadanos, no sólo de un grupo.
Así que de la manera que hemos respondido que Ortega se quiere reelegir únicamente porque idolatra el poder, así debemos respondernos nosotros de qué manera debemos formar una sociedad que funcione para todos.
Si no tenemos esa respuesta la historia se repite, nos podríamos deshacer una vez más de una dictadura, pero sólo para caer en otra.