La Alcaldía de Managua —que el FSLN perdió en las elecciones de noviembre del año pasado, pero se la adjudicó ilegítimamente mediante el fraude perpetrado por “su” Consejo Supremo Electoral— prohibió el estacionamiento de los vehículos de empleados y visitantes de Radio Corporación en Ciudad Jardín de Managua. Según la arbitraria disposición de la Alcaldía usurpada, los vehículos que se estacionen al lado y enfrente del edificio que ocupa esta popular radioemisora democrática de Nicaragua, serán arrastrados por una grúa cuyo costo junto con una multa serán pagados por las mismas víctimas.
A ese grado de mezquindad llega el orteguismo, en sus intimidaciones contra la emisora que se identifica justamente como “la radio que habla el lenguaje de su pueblo”, la cual tiene un historial heroico de lucha contra las dictaduras, tanto de derecha como de izquierda, y en defensa de la libertad de expresión y de todas las libertades y derechos de los nicaragüenses.
Esta medida absurda y mezquina de la Alcaldía usurpada de Managua, en contra de Radio Corporación, podría ser considerada como un hecho aislado, como un exceso de “autoridad” de algún funcionario que por el cargo que desempeña cree tener derecho de hacer lo que le venga en gana. También se podría creer que el abuso se debe a un capricho autoritario de algún vecino empleado público, miembro fanático del FSLN o de los CPC, que por eso mismo tiene su alma enferma de odio hacia Radio Corporación por su incansable denuncia de la corrupción y de toda clase de abusos gubernamentales, y por su lucha incondicional a favor de la justicia y la libertad para todos los nicaragüenses.
Pero esa medida arbitraria de la Alcaldía de Managua que ha sido usurpada por el FSLN, no debe mirarse como un hecho aislado. En realidad se trata de un acto de totalitarismo de primer grado, o sea una arbitrariedad que pertenece al primer escalón de la pirámide de abusos, represiones y crímenes que en conjunto caracterizan al totalitarismo.
Sin duda que el régimen orteguista de orientación totalitaria no se quedará allí, en esa mezquina intimidación contra Radio Corporación. Por el contrario, lo que se debe esperar es que aumenten y sean cada vez más duras las agresiones contra esta radioemisora democrática, del mismo modo que también se van a incrementar en cantidad e intensidad los ataques y las presiones contra los medios escritos independientes, LA PRENSA y El Nuevo Diario, a menos que la oposición democrática logre frenar el ímpetu totalitario del régimen orteguista.
El totalitarismo es un monstruo con pedigrí. Es decir, se conoce muy bien su historial, se sabe cómo comienza, de qué manera se desarrolla y hasta qué extremos llega o puede llegar, si la parte sana de la sociedad no es capaz de contenerlo y erradicarlo. Desde las experiencias de la Unión Soviética estalinista, la Alemania nazi, la Italia fascista e incluso la Nicaragua sandinista de los años ochenta, entre otras, se conoce que en el comienzo, en la etapa de su implantación, el totalitarismo sólo presiona a quienes ve como posibles obstáculos en el camino que conduce a la hegemonía del Estado y del poder total, como dijeron los intelectuales orteguistas en una asamblea que realizaron recientemente en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN Managua). Pero después, cuando ya está implantado, el totalitarismo aplasta indiscriminadamente a todos, particularmente a los opositores y a los disidentes, pero también a cuantos quieren vivir en libertad y gobernarse en democracia. En el apogeo de su poder, el totalitarismo golpea a diestra y siniestra, a ciegas, por el simple gusto de hacer daño a los demás, y entonces ya es demasiado tarde para defenderse.
Por eso son siempre actuales y apremiantes aquellas sabias palabras del religioso luterano alemán Martin Niemöller, quien fuera víctima y sobreviviente a la vez del totalitarismo nacional socialista. En un sermón que pronunció, durante la Semana Santa de 1946, en la ciudad alemana de Kaiserslautern, y que él mismo tituló ¿Qué hubiera dicho Jesucristo?, Niemöller recordó y advirtió que: “Primero llegaron por los comunistas, y no hablé porque no era comunista; después vinieron por los judíos, y no hablé porque no era judío; después vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era uno de ellos; después vinieron por los católicos, y no hablé porque yo era protestante; finalmente vinieron por mí, y para entonces no había quedado nadie que hablara en mi defensa”.
¿Se volverá a repetir esa trágica historia del totalitarismo en Nicaragua? Nosotros, de todo corazón queremos y esperamos que no.