Con una retrospectiva de su historia, el Ballet Folclórico Nicaragüense celebrará en la Sala Mayor del Teatro Nacional Rubén Darío sus cuatro décadas de fundación.
En el repertorio, según indicó su director Ronald Abud, se incluirán algunos bailes bastante “humildes”.
“Estoy tratando de poner números viejitos y números que nunca podemos dejar de poner como los bailes de Santo Domingo; quité algunas coreografías que no eran mías para poder mostrar un poquito de lo que hemos hecho en los últimos 20 años”, expresó.
Pero más que una celebración, este aniversario significa un reto para mantener la calidad, sobre todo ante lo que él define como una competencia “desleal” o las críticas que aseguran que los ballets desvirtúan el folclor.
¿Por qué Ronald Abud se preocupó por la cultura y decidió fundar un ballet?
En un principio me intrigó desde el punto de vista romántico y emocional de joven inquieto, nunca lo perfilé como un medio de vida. Yo sentía que iba a ser un momento de juventud pasajero al que le iba a dedicar un tiempo. Pero después me absorbió tanto que incluso tuve que dejar la universidad.
¿Y qué estaba estudiando?
Primero estudié Español, después Derecho y estudié Contabilidad Pública, pero no terminé ninguna.
¿Cree que hubiera sido un buen profesional en esas carreras?
Yo pienso que Dios tiene para cada quien un rol en la vida. Inclusive estudié en el seminario; pero Dios me dijo: vas a ser un mal cura, mejor andá y sé un buen artista.
¿Qué tan difícil le ha resultado vivir del arte?
Es difícil porque competís con un montón de gente que su primer objetivo no es el arte, sino vivir de él; te encontrás con un montón de “grupitos” que creen que el folclor es una industria y ese irrespeto no deja de mermarte.
Su ballet cuenta con un gran prestigio, incluso a nivel internacional. ¿Cuál es el reto que eso supone?
Mantener la calidad, porque es más duro mantenerse que llegar. Después te encontrás con aficionados que te roban los arreglos orquestales originales. Hay grupos que usan mi música y a veces tenés que dejar de bailar unas cosas porque todo el mundo anda el disco. Entonces tengo que reinventarme, porque hasta la ropa me copian.
Muchos critican que las compañías de ballet han desvirtuado el folclor.
Pienso que es cierto, pero yo más bien diría que se transforma. Ninguna danza folclórica que llega a un escenario es netamente folclórica, porque obedece a normas internacionales del espectáculo, a diseño de luces, a calidad sonora y la recreación de los trajes por cuestiones estéticas.
Pero no es sólo en los trajes. Por ejemplo mucho se comentó cuando aparecieron mujeres en El Güegüense, cuando se suponía que sólo debían ir varones.
En El Güegüense existen mujeres; está la Suche Malinche, la Dama Pachaca y la Dama Aventada. No se incluían porque yo no las había puesto y ahora la están poniendo los colegas porque yo la puse. Hay algunos colegas que lo bailan igual que yo, pensando que así ha sido siempre.
¿Está diciendo que hay grupos que se copian las danzas?
Soy tímido en decirlo, pero hay una diferencia entre los grupos profesionales como la Haydée Palacios, Blanca Guardado y Macehuatl, que somos creadores que nos respetamos, no nos copiamos. Hay temas que yo no abordo como Los Ahuizotes, que es un clásico de doña Haydée; la Blanca Guardado hizo un trabajo de Chontales, entonces para qué hacerlo. Yo procuro abordar temas inéditos.
¿Y qué opina de los grupos folclóricos que están naciendo?
Son el resultado de nuestra labor. Son el resultado del despertar de la conciencia; pero esos grupos tienen que tener una orientación pedagógica, metodológica, para que no hagan locuras. Creo que tienen que preocuparse por mejorar.
Muchos dicen que en todos sus espectáculos están las mismas danzas. ¿Cuál es la diferencia entre una puesta en escena y la otra?
Hay mayor elaboración de los pasos, mayor calidad interpretativa, mayor destreza muscular, renovación del vestuario, cambio en la secuencia de la puesta es escena... Por eso es que la gente siempre ve vigente el ballet, pero hay piezas que son obligatoria ponerlas, porque son clásicas.
¿Cuáles son sus piezas favoritas, ésas que cree que le dan su sello particular?
Creo que son dos: El Toro Huaco y La Purísima que es la más representativa.
¿Y cómo lo ha tratado el público a lo largo de los años?
Creo que el ballet ha educado y acostumbrado a su calidad al público. Siempre tenemos teatro lleno; seguimos siendo el espectáculo más taquillero y eso es un mérito que nadie me va a quitar.