Ahora los operadores políticos del orteguismo dicen que la reelección de su jefe, el compañero comandante pueblo presidente Daniel, va o va. Parece que ya la pensaron mejor y están claros de que nadie más les sirve (porque en nadie más confían, ni el Presidente ni sus más cercanos colaboradores).
Ya ni la opción de la primera dama Rosario Murillo es viable.
Entonces van por la reelección, ya sea conquistando con halagos o con presiones los ocho votos que les faltan en la Asamblea Nacional; o con leguleyadas en la Corte Suprema de Justicia. ¡Qué obsesión!
Pero quisiera salirme del ámbito local y tratar el tema de la reelección en general, en los sistemas presidencialistas, para que no digan que lo que pasa es que a mí me cae mal el compañero comandante pueblo presidente Daniel.
Sobre esta obsesión de la reelección he escrito varias veces y siempre la he criticado.
La última vez fue el cinco de julio del año pasado, cuando consideré que el Presidente de Colombia, Álvaro Uribe, no debía buscar una segunda reelección o tercer mandato. No debía caer en esa tentación, dije, porque tendría que ser una persona extraordinaria para no terminar como un Carlos Menem de Argentina o un Alberto Fujimori de Perú. Desgraciadamente parece que a Uribe le ganó esa sensación de sentirse insustituible y va por otra reelección, para lo que tendrá que reformar la Constitución de su país para ajustarla a sus necesidades.
Y ése es el problema, la reelección en los sistemas presidencialistas, cuando es indefinida (sea alterna o continua), en sí misma encierra la autodestrucción de quienes la promueven.
La razón es muy simple. La democracia occidental tiene como base los partidos políticos, y éstos la participación de los ciudadanos, que al final son quienes deben conducir sus destinos como sociedad a través de los programas de gobierno.
Cuando la reelección es indefinida, todo pasa a depender de una sola persona, el partido pierde importancia más allá de ser un vehículo que mantiene en el poder al “líder” y deja de ser una maquinaria de promoción de la participación política y la creación de ciudadanía. Pasan a producir clientelismo y servilismo.
Pero lo peor es que “el líder” no permite el relevo y, querámoslo o no, todo líder tiene su fecha de caducidad. ¿Y después qué? El vacío es inevitable y el partido desaparece junto con el líder.
Y esto parece ser un problema de naturaleza humana, no del subdesarrollo, pues hasta Estados Unidos lo vivió.
En Estados Unidos, hasta los años treinta del siglo pasado, nadie había puesto límite a la reelección. Llegó Franklin Delano Roosevelt y logró reelegirse tres veces. Indudablemente le tomó el gusto a la cosa y en cierto momento hasta quiso aumentar la Corte Suprema de nueve a 15 jueces, con el claro interés de dominarla. Igualito que aquí.
Claro, para entonces Estados Unidos era una sólida democracia que llevaba ya 160 años aproximadamente. El manoseo de la Corte fue abortado y Roosevelt murió durante su cuarto período presidencial.
Pero los estadounidenses quedaron claros de las tentaciones de la reelección indefinida y desde entonces, aunque ninguna ley lo dice, acordaron regresar a lo que había prevalecido desde George Washington: dos períodos consecutivos como máximo y luego a su casa. Hacer otra cosa es jugar con fuego, aún en las democracias maduras.