Antes de cruzar el Mar Egeo para ir a las costas del Asia Menor, a fin de hacer la guerra contra la entonces floreciente ciudad de Troya, todos los reyes y príncipes griegos que se unieron bajo el mando militar de Agamenón, el poderoso rey de Argos y Micenas, concentraron sus naves en Áulide, donde se debía discutir y trazar la estrategia, así como acopiar los aportes que cada uno de los soberanos tenían que hacer para el viaje y la campaña que los oráculos pronosticaban sería larga y fatigosa.
Algunos de los reyes y príncipes griegos aportaron armas, otros equipos bélicos de respaldo, caballos y mulas, dinero o joyas… y así cada uno de ellos fue aportando lo que mejor podía y más disponía para el sostenimiento de aquella guerra que habría de ser la más famosa y épica de toda la historia, griega y de la humanidad.
Entre los reyes y príncipes que juntaron sus ejércitos y sus naves en Áulide, antes de ir a la Guerra de Troya, se encontraba Anio, rey de Delos. Esta era la más pequeña de las islas Cícladas, pero también la más famosa y respetada porque allí habían nacido Apolo y Artemisa, los muy populares dioses que eran hijos del gran Zeus, rey de todos los dioses. Además, Anio no era un rey común y corriente, sino un hijo del mismo Apolo, quien le concedió el don de la profecía y por eso podía saber que la Guerra de Troya iba a durar mucho tiempo.
El aporte de Anio a la expedición militar contra Troya, además de su participación personal y la de su ejército, fue una cuantiosa donación de trigo, vino y aceite de olivo. Esos bienes eran los que Anio más podía disponer, puesto que sus tres hijas: Espermo (simiente, semilla, grano), Eno (vino) y Elais (olivo) habían sido bendecidas con el don de hacer producir las cantidades que quisieran de aquellos productos que eran indispensables para la alimentación la especie humana. Aquel don maravilloso que poseían las hijas de Anio y por el cual eran conocidas como las Viñateras, lo habían obtenido de Dionisios (Baco en la mitología romana), como agradecimiento porque Anio había consagrado la isla de Delos al culto dionisíaco, junto con el de Apolo.
Pero sabiendo del don que tenían las Viñateras y temiendo que la guerra se pudiera prolongar por demasiado tiempo y pensando que la donación de Anio podría durar apenas para las necesidades del viaje hacia las costas del Asia Menor, Agamenón decidió que era mejor que las tres doncellas los acompañaran en la expedición contra Troya. De manera que ordenó que fueran a traer a las hijas de Anio, mientras la flota griega esperaba en Áulide que hiciera buen tiempo para poder cruzar el ancho Egeo.
Anio no estuvo de acuerdo con la disposición de Agamenón, y mucho menos que quisieran aceptarla sus hijas, jóvenes, bellas y delicadas como eran. De manera que los hombres de Agamenón que fueron a Delos a buscar a las muchachas, tuvieron que secuestrarlas y llevarlas por la fuerza. Pero cuando iban en la nave con rumbo a Áulide, las Viñateras clamaron por auxilio a Apolo y Dionisios, quienes acudieron presurosamente en su ayuda y las convirtieron en tres blancas y hermosas palomas que pudieron liberarse de sus captores y emprender vuelo de regreso a su hogar.
Y cuenta la leyenda que desde entonces las palomas fueron los animales emblemáticos y simbólicos de la isla de Delos, donde hasta hoy sus habitantes las tratan con especial cariño.