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Managua, 27/05/2012 10:36 PM
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Poder político y económico
Fabio Gadea Mantilla
El autor es director general de radio Corporación.
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Querida Nicaragua: Al parecer, igual que en los versos de Rubén, “las ambiciones pérfidas no tienen diques”. Cuando el hombre llega al poder quiere más poder y para conseguirlo requiere también poder económico, agrandar los círculos de cortesanos que giran a su alrededor, tal como dice Papini en sus escritos sobre las dictaduras.

El poder económico engendra poder político. Nadie hubiera creído que todos estos guerrilleros que tomaron un rifle en los años setenta y que pregonaron a mil voces sus ansias revolucionarias, su repudio a las oprobiosas dictaduras, a todo género de enriquecimiento ilícito, se convertirían en políticos empresarios, comerciantes, banqueros, y que iban a conformar todo un sistema dentro del cual el dinero juega el más importante papel. La revolución ya no importa. Ahora importa el dinero, pues con él se compran voluntades, se reparten migajas a los pobres, se sigue proclamando la revolución aunque ya no exista y se ganan muchos adeptos. Poderoso caballero es don dinero.

El caso de nuestro país es palpable. Los hermanos Ortega eran muchachos pobres con aspiraciones naturales. No les gustaba, como a ninguno de nosotros, el régimen tiránico de los somozas. No les gustaba que Somoza fuese el omnipresente en todos los negocios del país, que fuera el dueño de la línea aérea nacional, de la flota mercantil nacional, de la fábrica de hilados y tejidos, de la agencia de autos Mercedes Benz, de la Televisión de Nicaragua, de varias emisoras de radio, de centenares de fincas cafetaleras, arroceras, tabacaleras, ganaderas, de solares y casas por todas partes.

A nadie le gustaba eso y por esa razón, unos desde una trinchera y otros desde otra, luchamos para que cambiara ese sistema. Se luchó desde los medios de comunicación, impresos y electrónicos.

Un joven matagalpino, Carlos Fonseca Amador, decidió luchar en la montaña y en la ciudad para derrocar al régimen. Tuvo muchos seguidores. El murió en un combate, pero quedaron sus compañeros en los que él había sembrado la semilla de la lucha por un cambio digno, sin dictaduras voraces.

No sé qué diría Carlos Fonseca Amador si viera cómo viven hoy don Daniel Ortega, don Humberto y demás compañeros suyos que se han enriquecido hasta llegar a verdaderos potentados.

No conocí a don Carlos Fonseca Amador, pero según me cuentan quienes lo conocieron, era un hombre de grandes convicciones revolucionarias, un ideólogo no un mercachifle, que buscaba cómo tener una vida suntuosa como la de los dictadores a quienes buscaba derrocar.

Aquellos muchachos de los años setenta, que luchaban bajo la inspiración de Fonseca Amador, no son ni la sombra de lo que fueron. Hoy son potentados. Hoy cabalgan sobre el Alba de Hugo Chávez y tienen mil negocios. Albanisa, Albapetronic, Albacaruna, y cualquier cantidad de Albas.

Nada más que esas Albas luminosas sólo alumbran para ellos. El Alba, Alternativa Bolivariana para las Américas los está bañando en dinero. Y dicen que el Alba es la solución para estos pueblos. Pero no es verdad. Nuestro pueblo no ve todavía el alba de oro de Rubén y tampoco el alba bolivariana de Chávez. Nuestro pueblo ve nada más el ocaso, un ocaso cada vez más oscuro, más ennegrecido por las circunstancias. Estamos llegando a las noches oscuras de las que habló Su Santidad el Papa Juan Pablo II cuando visitó por segunda vez nuestro país.

El poder económico ciertamente engendra poder político, pero Dios está por encima de todos esos poderes terrenales.

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