El éxito desmesurado de Twilight, 2005 (Crepúsculo), primer volumen de la saga todavía inconclusa de Stephenie Meyer, ha resucitado el mito del vampiro, que alude al afán de inmortalidad de los seres humanos y a la búsqueda de respuestas en el más allá de los problemas que no se han podido resolver en el acá de la vida.
Las cuatro novelas que Meyer dio a conocer hasta ahora han abierto las compuertas a un torrente de continuadores del conde Drácula. La mayoría introduce pocas variantes en las ya clásicas historias de Bram Stoker y Sheridan Le Fanu, que iniciaron el género en la Inglaterra victoriana.
Es una lástima que esa generosa moda haya olvidado a Henry James, cuyos vampiros no beben la sangre de los seres humanos ni salen de sus tumbas cuando cae la noche. Son más sutiles e inteligentes: No les interesa la inmortalidad sino el dominio absoluto del ser amado.
Entre 1881 y 1904, Henry James publicó una docena de novelas que llevaron el género a su estado de perfección y lo prepararon para las transformaciones del siglo XX. Ya es un lugar común afirmar que James es una de las piedras fundamentales de la narración moderna, junto con Marcel Proust, Franz Kafka y James Joyce. Se ha ponderado la precisión algebraica de sus intrigas, el hábil desarrollo de las anécdotas laterales y la elección de un punto de vista dominante para ordenar todas las jerarquías del relato.
Pero quizá el aporte central de James a la novela sea la creación de realidades que están siempre en duda. Todo lo que sucede podría ser de una manera o de otra. El lector, así, tiene que decidir cuál es el verdadero lugar de cada cosa y cuándo los sentimientos se desvían de su cauce y se vuelven nada.
Cierta incomodidad lo aquejaba al narrar la vida sexual de sus personajes. El vampirismo fue uno de los procedimientos oblicuos que le permitió hacer pie en el tema. En Washington Square (1881), el vampiro Morris Towsend es ahuyentado, un paso antes de apoderarse de su presa, por las intrigas de Lavinia Penniman, tía de Catherine Sloper, la víctima. Cuando Catherine trata de recuperarse, la decepción y los años la han marchitado, y Morris, mientras tanto, ha perdido por completo sus habilidades de seducción.
Pero la apoteosis del vampirismo es The Sacred Fount, 1901 (LaFuente Sagrada), una novela breve que los contemporáneos de James pasaron por alto, porque la consideraban sólo un juego de espejos en los que no se reflejaba la realidad. Quizá no sea casual que The Sacred Fount haya sido escrita en una habitación privada del Reform Club, desde la cual James pudo observar los funerales de la reina Victoria. Toda una época llegaba a su fin.
James no describe ni da el nombre del narrador de su novela. Lo presenta de manera difusa cuando toma el tren a Newmarch en la estación de Paddington. Ha sido invitado a Newmarch a pasar el fin de semana. En su mismo vagón viaja Gilbert Long, a quien el narrador ha visto siempre como un idiota fatuo, y también la señora Brissenden, que ha ganado en belleza y juventud desde la última vez que se cruzó con ella. Al narrador lo confunde esa transformación. ¿Cómo es posible que la Sra. Brissenden, una mujer tan gris y poco atractiva, se haya embellecido en plena madurez?¿Cómo puede haber alcanzado una segunda juventud?
De las ambigüedades de Henry James es posible deducir no solo una estética sino también una metafísica. Todo lector familiarizado con Otra Vuelta de Tuerca, Daisy Miller (1879), The Portrait of a Lady, 1881 (Retrato de una Dama) y Washington Square (1880), -- sus obras más difundidas -- sabe que ninguna de esas obras tiene un solo sentido, y que sólo en la ambigüedad encuentran su razón de ser.
De la misma manera, la idea de inmortalidad que inquieta a James, alude a la inmortalidad de la conciencia. Para un espíritu tan poco religioso como el suyo, la muerte es “conclusión y extinción bienvenida” o bien, por el contrario, es “renovación del interés y del deseo”.
Por su complejidad y la delicadeza de su ejecución, la obra de James tiene pocos herederos. Hace tres décadas, alguna crítica inglesa supuso que The Sleepwalkers (Los sonámbulos-- Die Schlafwandler, 1932), del austriaco Hermann Broch podía ser un derivado del último James.
Más próximos a su espíritu están ciertos latinoamericanos taciturnos como el autor argentino José Bianco, el escritor mexicano Sergio Pitol y el argentino Adolfo Bioy Casares, escritor de Moscas y arañas.
La grandeza de James está hecha de omisiones y de inexistencias, y lo no dicho enriquece sus ficciones más que lo dicho. En épocas tan poco propicias para las elipsis como las que le sucedieron, el ejercicio de un arte como el suyo parece poco posible.
James condujo la novela a uno de sus límites, agotó ese límite mediante una incesante exploración y saltó al otro lado. Para seguirlo en la aventura habría sido preciso tener su genio, vivir su vida, escribir por segunda vez sus ficciones.