La República Popular China celebró este jueves primero de octubre el sesenta aniversario de su revolución comunista, con una intimidante demostración de poderío militar y un impresionante espectáculo cultural, como el de las Olimpiadas de Beijing del 2008. Pero fue una celebración enjaulada.
A nadie le fue permitido ver los festejos de manera personal, ni siquiera la deslumbrante demostración nocturna de juegos pirotécnicos. Sólo se les pudo ver en las pantallas de televisión. Los alrededores de la Plaza de Tiananmen, en Beijing, la ciudad capital que tiene más de 17 millones de habitantes, fueron cerrados al público. Las personas que viven en las calles y avenidas por donde debía pasar el desfile militar y artístico, fueron advertidas de que no debían salir a las aceras ni asomarse a las ventanas, que sólo podrían ver el espectáculo por televisión.
Sólo doscientos mil personas cuidadosamente seleccionadas asistieron a la inmensa Plaza de Tiananmen, pero dos millones de militares, policías y agentes de seguridad vigilaron celosamente a la población, para impedir la más mínima manifestación de protesta contra el régimen totalitario y su magna celebración. “Ni un mosquito podrá atravesar nuestro muro de seguridad”, advirtió previamente el responsable de los puestos de control establecidos alrededor de la ciudad, Yang Haiyang, según reportó la agencia International Press Service (IPS). Los controles de seguridad para esta celebración sobrepasaron la imaginación del mismo George Orwell, quien en sus libros La Granja de los Animales y 1984 hizo la mejor descripción posible de la organización estatal y la vida reprimida de la gente en una sociedad comunista.
Prácticamente lo mismo que en Beijing ocurrió en todo el país, con mayor rigor en aquellas regiones donde la gente se atreve más a afrontar el peligro extremo de protestar públicamente contra el régimen totalitario, como por ejemplo la provincia de Xinjiang donde vive la minoría étnica musulmana de los uigures, y del Tíbet, donde el pueblo ha sido sangrientamente aplastado por el régimen comunista.
Pero el mundo volvió a derramar la baba de admiración por China comunista, igual que lo hizo el año pasado, cuando las Olimpiadas de Beijing. A la humanidad, o más bien dicho a los gobernantes de los países de casi todo el planeta, no les importan las violaciones masivas de los derechos humanos, el genocidio comunista, la ausencia absoluta de libertad, la explotación inmisericorde que sufren centenares de millones de chinos y personas de otras etnias que viven en ese país. No hay solidaridad con los que en China comunista luchan por la libertad ni compasión con los que sufren la opresión totalitaria. De China lo único que interesa y deslumbra al mundo es su crecimiento económico, que en los últimos 30 años, desde que emprendió el camino del desarrollo capitalista manteniendo el régimen político totalitario, ha marcado un ritmo de 9.5 por ciento anual.
A nadie le importa que ese “milagro económico” es por el trabajo semiesclavo de decenas de millones de hombres y mujeres chinos, del mismo modo que la esclavitud fue la que hizo posible la construcción de las monumentales obras de los faraones egipcios. Centenares de millones de trabajadores de ambos sexos, que han emigrado del campo donde reina la miseria hacia las grandes ciudades donde brilla el espejismo del desarrollo económico, trabajan jornadas de 14 horas diarias, los siete días de la semana, sin ganar ni el sueldo mínimo, a cambio de salarios miserables y muchas veces sólo por míseras raciones de una comida más propia para animales que para seres humanos. Eso es lo que ha dado la superioridad comercial competitiva a la economía china, a escala internacional, y lo que la ha colocado, según las estadísticas, en el segundo o tercer lugar de la economía mundial. Y eso es lo que ha hecho que en la lista de multimillonarios del mundo, China ocupe el segundo lugar, según la revista Forbes, pero el número 132 en el índice mundial de ingreso económico por habitante.
Sin duda que muchos chinos están ahora mejor que antes, pero viven enjaulados. Y es peor todavía la situación de las grandes masas de trabajadores semiesclavos, quienes carecen de libertad y derechos de toda clase y además se consumen en la extrema miseria. Ésta es una trágica realidad que se puede disimular con imponentes demostraciones de poder militar, pero sólo se puede resolver con profundas reformas políticas y sociales que produzcan la libertad y la justicia social que merece todo el pueblo chino.