El Comité Olímpico Internacional (COI) eligió ayer en Copenhague abrir el juego a Sudamérica corriendo el riesgo de acordar los Juegos-2016 a Río de Janeiro, cuyo proyecto muestra fallas que deberá corregir en los próximos siete años.
Al elegir a la capital carioca, cuyo expediente durante mucho tiempo fue visto con condescendencia por sus rivales y muchos observadores del medio olímpico, los miembros del COI optaron primero por el pedido de un país-continente formulado por su presidente, Luiz Inácio Lula da Silva: el derecho de Sudamérica de albergar los primeros Juegos Olímpicos de su historia.
“La hora de Brasil llegó”, había lanzado el viernes por la mañana, durante la presentación de la candidatura a los electores, invitando al COI a escribir la historia abriendo “una nueva frontera y encendiendo el pebetero en un país tropical”.
Esta retórica, a la que Lula es fiel desde el inicio de su implicación en la campaña, la tercera tentativa olímpica en 12 años, hizo más efecto de lo que se pensaba, frente a tres grandes ciudades de países que ya tenían la experiencia de organizar unos Juegos.
Al momento de elegir entre la audacia y la garantía, los olímpicos no dudaron, atribuyendo 66 votos a Río contra 32 a Madrid, en la votación final y, sobre todo, eliminando en las primeras rondas a Chicago y luego Tokio, ambas favoritas antes de las votaciones por sus expedientes impecables, sobre todo en comparación con el de Río.
Hace dos años, al acordar los Juegos Olímpicos de invierno a Sochi en 2014, filosóficamente, no se está lejos de evocar la elección de Moscú para 1980 o Pekín-2008, dos ciudades que el COI había privilegiado con la esperanza de contribuir a la apertura de sus países al mundo.
Si bien Brasil es un país ampliamente abierto al planeta, por el contrario, busca motores para estimular los necesarios cambios en su sociedad.
Con unos 14,000 millones de dólares de presupuesto previsto para los JO (unas cinco veces más que las otras candidatas), Río espera aprovechar estos Juegos para transformarse.
“Vamos a cambiar las ‘villas-miseria’ por suburbios, cambiar la mentalidad, dar una posibilidad a la juventud, y los Juegos van a ser el acelerador”, había prometido Lula en su primera conferencia de prensa en Copenhague.
Más allá de estos proyectos, Río deberá, de cara a los JO y el Mundial de futbol que organizará el país dos años antes, construir residencias temporarias que se transformarán en viviendas sociales, renovar rutas, modernizar sus sistemas sanitarios y arreglar, si es posible, el problema de la inseguridad.
Para ello tiene siete años de plazo, el tiempo que pasará de aquí hasta que se encienda la llama olímpica en la ‘Ciudad Maravillosa’.