En la columna titulada “Griegos y romanos”, que fue publicada el 31 de julio del corriente año, mencioné que algunos estudiosos de la mitología clásica explican que “la diferencia fundamental en las creencias religiosas de los griegos con respecto a los romanos es que mientras los primeros procuraban humanizar a sus dioses, los segundos divinizaban a sus líderes y en general trataban de destacar la influencia divina directa sobre las actitudes de los humanos”.
Ahora tengo que agregar que, sin embargo, de vez en cuando los griegos también convertían en divinidades a algunos humanos. Aunque por lo general no hacían eso con sus gobernantes, tal vez o seguramente porque el concepto del poder político que ellos tenían era esencialmente democrático, y en el mundo de los divinos no puede haber democracia.
Entre los mortales que fueron divinizados por los griegos se encontraba Nicón, también llamado Teagenes (“nacido religiosamente”). Según la leyenda, Nicón era un extraordinario atleta de la isla Tasos, quien ganó todas las competencias deportivas en las cuales participó. Por sus grandes hazañas deportivas, después de su muerte los tasios erigieron estatuas en honor de Nicón.
Así las cosas, en cierta ocasión uno de los rivales deportivos que habían sido vencidos por Nicón, rencoroso por el agravio de la derrota fue a donde estaba la estatua de su vencedor para insultarla con palabras soeces y golpearla. Pero la golpeó con tanta fuerza, que el pesado monumento de bronce se vino al suelo y cayó encima del agresor, aplastándolo y matándolo.
Los hijos del hombre que fue aplastado por la estatua de Nicón acusaron a ésta por el delito de homicidio, pues así lo permitía la Ley de Dracón —de donde se deriva el concepto de ley draconiana—, la que estaba vigente en esa época y mandaba a castigar severamente a cualquier persona, animal e inclusive objeto que causara la muerte de un ser humano. Y en cumplimiento de esa ley las autoridades de Tasos sentenciaron que la estatua de Nicón fuera arrojada al mar y hundida en sus aguas.
Pero a partir de entonces Tasos comenzó a sufrir, como si fuese un castigo divino, una serie de diversas calamidades cuyo origen y causas no tenían explicación natural ni humana. Hasta que un día, cuando los tasios estaba soportando una hambruna que amenazaba con exterminar a toda la población, los sacerdotes y personalidades prominentes de la isla decidieron mandar una delegación a Delfos, para que recibieran del oráculo de Apolo la explicación de aquellas desgracias y saber qué debían hacer para ponerles fin.
El oráculo de Apolo en el templo de Delfos atendió la consulta de los tasios, y les dijo que las calamidades que estaban sufriendo se debían al ultraje que le habían inferido a la estatua de Nicón, con lo cual habían ofendido a los dioses. De manera que lo que debían hacer era rescatar la estatua de del fondo del mar donde se encontraba, y restablecer los honores que antes le rendían en memoria de Nicón.
Los tasios hicieron tal como les indicó el oráculo de Apolo en Delfos y a partir de entonces la normalidad volvió a la isla y sus habitantes pudieron vivir tranquilamente. Y en agradecimiento a los dioses y a la memoria de Nicón, consagraron a éste como una divinidad menor a la que rendían culto e invocaban sobre todo para que los ayudara a tener buenas cosechas y sanar a los enfermos.