En el artículo sobre Dionisio mencioné que cuando éste fue subido al Olimpo, que era el lugar sagrado donde residían los doce dioses principales, y sentado a la diestra de Zeus, la diosa Hestia le cedió su lugar voluntariamente, por su propia iniciativa.
Es que en el Olimpo no podían residir más de doce dioses, mucho menos trece, que era un número indeseable. Allí se reunían a menudo todos los dioses masculinos y femeninos, en fastuosos banquetes que organizaba Zeus y los cuales muchas veces terminaban en orgías. Pero residir allí sólo podían hacerlo los doce dioses principales. Así estaba establecido por las misteriosas leyes divinas y nadie podía infringirlo, ni siquiera Zeus.
Hestia era la hija mayor de Cronos y de Rhea y, por lo tanto, hermana de Zeus. Ella fue la primera en ser devorada por su padre, quien se tragó a todos sus hijos porque temía que al crecer quisieran y pudieran arrebatarle el poder. Pero Cronos bebió con engaño una poción que le ofreció Metis, la diosa de la astucia, y vomitó a los hijos que se había tragado, siendo Hestia la primera en volver a la vida. Entonces ella decidió conservarse virgen por toda la eternidad, pues no quería tener hijos que pudieran correr el riesgo de sufrir la misma desgracia que ella y sus hermanos habían sufrido.
Para conservar su virginidad y celibato, Hestia no salía nunca del Olimpo ni participaba en las orgías y correrías de los demás dioses por los cielos y la tierra. Por eso es que casi no hay leyendas específicas sobre ella, como alrededor de todos los demás dioses.
Por cierto que una de las pocas historias que se contaban sobre Hestia, era la que se relacionaba con Príapo, quien pasaba por hijo de Dionisio y Afrodita. Príapo era famoso porque poseía un enorme falo y padecía de incontinencia sexual. Y en una ocasión en la que hubo un banquete orgiástico en el Olimpo y todos los dioses se embriagaron hasta la inconsciencia, Hestia, ajena a todo aquello, dormía plácidamente en su recámara. Entonces Príapo, a quien mucho le gustaba Hestia, se despertó y se acercó sigilosamente hasta ella donde dormía, con la intención de violarla. Pero en ese momento un burro rebuznó y despertó a la diosa, quien, indignada ahuyentó al frustrado violador. Desde entonces la gente tuvo al burro como el animal símbolo de Hestia.
La otra leyenda que se conoce sobre Hestia cuenta que Poseidón y Apolo se enamoraron de ella. Los dos poderosos dioses comenzaron a pelear por la diosa virgen, como si fuese un trofeo. Pero Hestia los rechazó con dignidad y más bien los persuadió de que no debían pelearse por ella. La paz regresó al Olimpo y debido a eso Zeus dispuso que Hestia fuese la patrona del hogar y de la armonía familiar. Por eso la gente hizo altares consagrados a Hestia en todas las viviendas y se le ofrecía el primer sacrificio, incluso antes que al mismo Zeus. Y el hogar (o sea el sitio dentro de la casa donde se hacía el fuego para calentar a la familia y preparar los alimentos) le estaba consagrado a ella.
El culto a Hestia como diosa del hogar y de la familia fue llevado al Lacio y difundido entre los latinos por Eneas, el héroe troyano, hijo de Afrodita, quien sobrevivió a la Guerra de Troya y creó en Italia la familia de la cual nacería Rómulo, el legendario fundador de Roma.