El celibato siempre ha sido un tema de controversia. Desde que San Gregorio, recordado como “el apóstol”, lo impuso en el año 300 en el Concilio de Elvira. Posteriormente se arraigó en los concilios de Letrán (1123) y en el de Trento (1545-1563). Ahí quedó sellada la obligatoriedad, dizque por motivaciones económicas. Resultaba inconveniente para el tesoro intemporal de la Iglesia que los sacerdotes se casaran, porque eso los llevaba a fundar a una familia con méritos para ser heredada en vez de ser beneficiaria la Santa Madre, además de dejar en posición secundaria el amor hacia ella. El cura se inclinaba más a la consorte terrenal que a su Dios, único y absorbente.
Cualquiera que sea el impulso de ese mandato, lo cierto es que en el transcurso de tantos años la incesante vulneración de esa regla se convierte en una pedrada que cae sobre el techo de los templos católicos, en una “cuchillada” que hiere la piel inocente de los feligreses.
Se siente la diferencia en cuanto a la forma entre el pasado y el presente. Antes había un poco más de maestría en el escrúpulo, arte en el montaje del “crimen perfecto” para que todo quedara en el silencio, y las ofensas enterradas en los lindes de la intransferible privacidad. En el escándalo —mascullan los estrategas— está el pecado.
El desliz debería ser imputado a una norma reacia a entender que el órgano sexual tanto de los sacerdotes como de las monjas no es de cemento. Está hecho como el de todos los seres humanos, de la misma sensitiva carne, no siendo ella la imprudente por su nula capacidad de discernir.
La infracción debería recaer directamente contra la prohibición de amar correctamente a una mujer, de cumplir con la exhortación de la misma Iglesia “Creced y multiplicaos”.
Alberto Cutié, (no es su caso el promotor de este criterio, por ser uno de los tantos), debería ser celebrado partiendo de la aplicación racional, por su sinceridad, por la claridad de su desafío, y por haber dicho con una claridad irreprochable “bajo la sotana hay pantalones” y cubiertos por ellos, agregaría yo, dos testículos, dioses de la fertilidad por llenar a la vasija que da vida.
Creo que Cutié debió vacunarse ante su Iglesia antes de ser atrapado por las cámaras en playa pública de Miami Beach, vecina del copón con el cual alimentaba a sus ovejas. La exposición de tantos criterios ante los medios de comunicación, los cuales aún se encuentran inundados de artículos con diversos puntos de vista sobre el tema, induce a deducir que la mayoría de ellos se inclina por la abolición de la orden. El tiempo se agotó y demuestra la incapacidad de cumplimento por parte de los juramentadores de un sacrificio realmente monumental. Demuestra que no se puede seguir engañando al creyente, estafándolo en su fe. El cúmulo progresivo de las evidencias justifica la “desacralización”, el final del viaje “del diente al labio”.
La reducción de la imposición, fehacientemente penada, rebajaría el yerro de los pederastas y pedófilos inclinados por derivaciones de la misma abstinencia a la promiscuidad homosexual entre los pastores y sus afectos cercanos.
Cuando soplan las brisas de la unidad y de la reconciliación espirituales, nadie gana con estos aquelarres, por no decir escándalos, principalmente padecidos por creyentes efectivos, ovejas no descarriadas, que como el infractor de su juramento pueden irse a otra marquesina donde haya menos frustrante bullicio.