Querida Nicaragua: alguien me escribió hace unos días pidiéndome que dijera lo que haría yo si fuera Presidente de la República. Quiero hacer algunos comentarios sin que se crea que me estoy sumando a la epidemia de presidentitis característica de nuestro país. Voy a contestar lo que podría intentar para componer la Administración pública y para ganarme el cariño y el aprecio del pueblo.
Si yo fuera Presidente procuraría aminorar el número de diputados al Congreso Nacional. Cincuenta ciudadanos probos serían más que suficientes. Trataría de suprimir las prebendas, principalmente la cuota para obras sociales, los cuatrocientos mil córdobas al año que recibe cada diputado, pues su misión es legislar, no hacer obras sociales.
Reduciría el número de magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Haría todo lo posible por conseguir que no fueran 16 como ahora. En los Estados Unidos, con unos 300 millones de habitantes, son sólo 9 los magistrados. Aquí podrían ser no más de 6.
El Consejo Supremo Electoral no necesita tanto magistrado. Bastaría con un solo funcionario, asistido por personal competente y apartidista.
Tampoco necesitamos un grupo de Contralores Generales de la República. Bastaría con uno sólo, asistido por contadores públicos profesionales, de reconocida probidad y apartidarios.
Un asunto que vivimos pregonando en la Corporación es el de las pensiones vitalicias. Legales pero ilegítimas, exigencia de los señores frentistas, algo que quedó dentro de la piñata para dejar medio tranquilo al gobierno de doña Violeta. Ése es el origen de las pensiones vitalicias a los ex presidentes y ex vicepresidentes. Una carga presupuestaria de más o menos unos 600 mil dólares al año.
Procuraría cambiar la Ley Electoral para que ningún candidato pudiera ganar la Presidencia con menos del 50 por ciento de los votos. Igualmente la ley estipularía que el voto sólo pueden emitirlo personas que hayan cumplido los veinte años, un joven de 16 no tiene el criterio formado para elegir.
No habría reelección presidencial y quien haya ocupado la Presidencia de la República una vez, no podría volver a ocuparla. Procuraría que los diputados fuesen electos no sólo por planchas de partidos, sino que por suscripción popular o uninominalmente.
Procuraría la cedulación de nuestros hermanos en el extranjero, para que pudieran votar en las sedes diplomáticas nicaragüenses.
Con sólo prometer y cumplir unas intenciones como éstas, que son todo un compendio de moralidad pública, el pueblo comenzaría a tener esperanza. Porque el Presidente que haga esto naturalmente tendría suficientes fondos y donaciones de sobra para educación, salud, infraestructura y trabajo abundante para su pueblo.
Un Presidente que lograra hacer siquiera la mitad de lo aquí expresado conmovería los cimientos de la nación, ganaría el apoyo inmediato de todo el pueblo. Sería el hombre más querido en toda la historia de Nicaragua.
Estas intenciones parecen haber sido sacadas de un sueño. Pero dicen los filósofos que toda gran obra de la humanidad ha comenzado con un sueño que a fuerza de estudio y trabajo se hizo realidad.
Otra cosa. Todo esto es lo que yo quisiera como Presidente. Pero a lo mejor la droga del poder me aprisiona a mí también y a la hora llegada se me olvidan las promesas y las buenas intenciones. La droga del poder es terrible. Acaba con cualquier ciudadano.
Obviamente yo no voy a ser Presidente de Nicaragua. Pero creo que si me hubiera tocado serlo, habría procurado cambiar muchas cosas. De eso sí estoy seguro.