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Managua, 30/11/2009 8:43 AM
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Sórdida estrategia
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El presidente Daniel Ortega amenazó la semana pasada a Eduardo Montealegre, con reactivar la acusación que pesa contra él en el caso de los Cenis. Luego, la Secretaría de la Asamblea Nacional recibió la petición de aligerar el procedimiento para suspender la inmunidad parlamentaria de Montealegre, a fin de que se le pueda juzgar por una acusación de injurias y calumnias. Rápidamente, el secretario del Poder Legislativo, quien es dirigente del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), anunció que la próxima semana la junta directiva tramitará el asunto. Y algunos días después el Procurador del gobierno de Ortega advirtió que tiene pendientes cuatro causas penales contra el ex presidente Arnoldo Alemán.

Sin embargo, esas amenazas de Daniel Ortega y su Procurador contra Montealegre y Alemán no significan que el Gobierno va a proceder inevitablemente y de inmediato contra ellos. En realidad lo que están haciendo es advirtiendo a los dos líderes liberales que no deben boicotear el trámite para la aprobación de la reforma constitucional, que le permitiría a Daniel Ortega reelegirse en el cargo presidencial, ya sea en una elección básicamente limpia o por medio de otro enorme fraude como el que se hizo en noviembre pasado, en las elecciones municipales.

Ciertamente, es del interés de Ortega que Eduardo Montealegre y Arnoldo Alemán permanezcan libres y que encabecen a sus respectivos partidos, como candidatos presidenciales, en la elección nacional del 2011. Y mejor sería, para Ortega, que también participaran como comparsas unos tres o cuatro pequeños partidos, de esos que abundan en el universo político de Nicaragua. Sin duda que en la estrategia de Daniel Ortega, de su familia y de su partido, es clave que la oposición y sobre todo los liberales vayan divididos a las próximas elecciones. De ese modo él podría volver a ganar con relativa facilidad la elección presidencial, con más o menos el mismo porcentaje de votos con que ganó en el 2006.

En el campo de los liberales, a quien no conviene la participación de Eduardo Montealegre en las elecciones del 2011 es a Arnoldo Alemán, el que actualmente no tiene ningún impedimento legal para ser candidato presidencial, pero sólo tendría posibilidad de ganar la competencia en el caso de presentarse como la única opción liberal. De modo que es a Alemán a quien más conviene que Montealegre sea procesado, encarcelado o por lo menos inhabilitado para ser candidato presidencial en el 2011.

En lo que se refiere a Eduardo Montealegre, para éste no es indispensable que Arnoldo Alemán sea descalificado como candidato presidencial, porque tiene entre los liberales mucho más arrastre que el caudillo de El Chile, y podría, en el hipotético caso de que las próximas elecciones sean libres y limpias, alzarse con la victoria aprovechando a su favor la regla del 35 por ciento, que irónicamente fue diseñada en el pacto como traje a la medida para Daniel Ortega.

O sea que estamos en presencia de un juego político de tipo siciliano, en el cual lo más sobresaliente es que Daniel Ortega está presionando a Montealegre y Alemán —a los que amenaza con echarles encima el Poder Judicial que él maneja como instrumento represivo— , a fin de que el uno o el otro aporte los votos necesarios para alcanzar el número mágico de 56 votos de diputados, que se requieren en la Asamblea Nacional para aprobar la reforma parcial a la Constitución de Nicaragua. Sólo que no pueda conseguir los votos liberales, que son indispensables para reformar la Constitución y tener la posibilidad de reelegirse, o dicho en otras palabras, únicamente en el caso de que no logre mantener divididos a los liberales es que Daniel Ortega mandaría a la cárcel a Montealegre y/o Alemán.

Al parecer, los liberales que lidera Montealegre, entienden la sórdida estrategia de Ortega. Pero es preciso que también los liberales de Alemán comprendan que defender la libertad de los nicaragüenses y preservar el sistema democrático de gobierno es mucho más importante que los beneficios económicos que se reciben, participando como partido zancudo en las distintas esferas del poder estatal.

La política, explicó Benjamín Franklin, tiene tres ingredientes fundamentales: las ideas, la organización y las ganas de ganar. Pero Franklin se refería a ganar el poder para construir una sociedad basada en la libertad y la democracia, no para conseguir jugosas pero vergonzosas ventajas personales, colaborando con un poder político autoritario y corrupto.

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