Algunas personas del amplio sector democrático y cristiano de Nicaragua, consideran que si desde el actual Gobierno se lanzan ataques contra la Iglesia católica, más bien hay que alegrarse, pues quienes se perjudican son sus mismos detractores que de esa manera se encaminan hacia su inevitable perdición.
La propia Iglesia católica, en el comunicado que la Conferencia Episcopal emitió el lunes de esta semana, en relación con un documento difamatorio contra los obispos y sacerdotes que supuestamente fue escrito por el asesor presidencial Orlando Núñez y divulgado por la esposa del presidente Daniel Ortega, la señora Rosario Murillo —quien coordina el todopoderoso Consejo de Comunicación y Ciudadanía del Gobierno— ha invocado al respecto un pasaje del Nuevo Testamento de la Biblia que dice: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?... En todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a Aquél que nos amó”. (Rm 8.35.37). Y cabe agregar que en ese mismo párrafo, que es parte de la Carta de San Pablo a los Romanos, se advierte que: “Como ya lo dice la Escritura: Por tu causa nos arrastran continuamente a la muerte; nos tratan como ovejas destinadas a la matanza”.
El mensaje de los obispos es muy claro. En realidad, el documento difamatorio contra la Iglesia católica es tan burdo que sólo sus enemigos más fanáticos podrían darle crédito. Se trata, aparentemente, de un reporte sobre la “Relación entre la Iglesia y el Frente Sandinista”, que el asesor presidencial Orlando Núñez habría elaborado para la señora Rosario Murillo, y que desde el correo electrónico de ésta fue enviado el 30 de abril recién pasado a distintos medios de comunicación. En dicho documento se hacen imputaciones difamatorias contra los obispos y sacerdotes católicos, basadas en supuestas declaraciones de un cura de origen español llamado Gregorio Raya. El padre Raya existe, pero negó a LA PRENSA haber dicho semejantes cosas, e incluso aseguró que ni siquiera conoce personalmente al señor Orlando Núñez, el asesor del presidente Ortega que se ha hecho famoso por el desparpajo con el que critica implacablemente a la oligarquía tradicional, siendo él mismo un acaudalado miembro de la nueva oligarquía “revolucionaria” que se ha formado al amparo del poder político y económico del Estado y del FSLN.
La misma señora Murillo negó en un escrito que hizo público ayer, que ella hubiera enviado el supuesto informe de Orlando Núñez, y como es usual en los conflictivos líderes del actual Gobierno, lo atribuyó a una “maligna y descarada manipulación derechista”.
Pues bien, vamos a tomarle la palabra a la señora Murillo y a asumir que el escrito difamatorio contra la Iglesia católica no lo escribió el asesor presidencial Orlando Núñez, ni que ella lo hizo público por medio de su correo electrónico. En realidad, cuesta mucho creer que quienes ya tropezaron con la piedra del enfrentamiento con la Iglesia, vuelvan a tropezar con esa enorme e indestructible roca eclesial que fue fundada por el mismo Jesucristo.
Ciertamente, resulta muy difícil entender que personas inteligentes se empeñen en fraguar acciones tan torpes contra la Iglesia católica. La única explicación a esta irracionalidad es la de que los totalitarios tienen una afición compulsiva a montar conspiraciones y campañas de difamación contra aquellos a quienes consideran sus enemigos, contra los que no se someten al pensamiento único del caudillo, el partido y el Estado; contra quienes denuncian los abusos de gobierno como los obispos han criticado el fraude electoral de noviembre pasado. Pero también es una gran verdad que Dios ciega a los que quiere perder, y los ciega llenándolos de soberbia, intolerancia y menosprecio a todos los demás.
No obstante, aunque los detractores de la Iglesia católica caven su propia tumba con los ataques difamatorios que lanzan contra ella y personalmente contra los obispos y sacerdotes, esto no es bueno para la sanidad espiritual de Nicaragua. Esperamos, por eso que sea sincero el desmentido de la señora Murillo al documento que se difundió por medio de su correo electrónico. No porque haya temor de que las difamaciones van a socavar la confianza que el pueblo católico tiene en su Iglesia y sus pastores, sino para que no se siga crispando a la sociedad. Al fin y al cabo, todo católico sabe que los enemigos de la Iglesia no pueden prevalecer contra ella, y esto no es sólo cuestión de fe, sino también enseñanza de la historia.