Roberto Porta-Córdoba
Ante la crisis económica mundial, las críticas al sistema capitalista se han intensificado por todo el planeta. Al capitalismo se le imputa el trastorno financiero de Estados Unidos en el que decenas de bancos y entidades de préstamo han quebrado, los valores bursátiles se han desplomado y la capacidad de ahorro y consumo estadounidense ha sufrido una severa reducción. Los colapsos del banco de inversiones Lehman Brothers, las hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac y la aseguradora AIG, sumados a la corrupción de algunos prominentes financieros, terminó de sellar la percepción de sus críticos: el capitalismo está caduco, agotado y desfasado. Pero, si nos guiamos por la teoría e historia disponibles, podríamos descubrir que atribuir la culpa de la crisis actual al capitalismo no sólo es un juicio superficial, sino inexacto, drástico y retórico. Lo que parecen estar atacando inadvertidamente los críticos es el modelo de laissez-faire y no la totalidad del sistema.
El capitalismo se define como el sistema económico en el que los individuos y empresas privadas realizan la producción y el intercambio de bienes y servicios. Una de sus características esenciales es que la distribución, la producción y los precios de los bienes y servicios son determinados por alguna forma de libre mercado, con poca intervención del Estado. Notemos que en ninguna parte reza que el Estado queda totalmente excluido.
Laissez-faire, por otro lado, es una interpretación del capitalismo, convertida en una escuela de pensamiento por los economistas franceses del siglo XVIII y referida por Adam Smith, que propugna la abolición de las restricciones al comercio y la industria por parte del Estado. El laissez-faire fue llevado a sus extremos en los Estados Unidos del siglo XIX cuando las gigantescas corporaciones y los poderosos monopolios se intoxicaron con capitalismo puro —o salvaje, como diría un siglo más tarde Juan Pablo II— provocando la intervención del Estado mediante la aprobación de varias leyes antitrust articuladas para promover el derecho a la competencia y mejores condiciones laborales.
Y eso es lo que aparentemente ha ocurrido en Estados Unidos: un retorno arrogante a la variante capitalista del laissez-faire que se oxigenó inocuamente con el trickle down de Ronald Reagan en los ochenta y continuó su marcha hasta los extremos que hoy lamentamos. No es culpa del capitalismo que los bancos estadounidenses aprobaran masivamente hipotecas de alto riesgo como si fueran caramelos; ni tampoco que esos bancos convirtieran irresponsablemente esas hipotecas en títulos de valores a ser ofertados alrededor del mundo, como estornudos contagiosos. No es culpa del capitalismo que aprovechados como Bernie Madoff estafen desde Wall Street a miles de incautos con 50,000 millones de dólares; ni tampoco que ejecutivos inescrupulosos se adjudiquen bonificaciones millonarias mientras su compañía coquetea con la bancarrota por una contabilidad inflada fraudulentamente. La culpa corresponde a los gobiernos que han mal administrado el sistema, alcahueteando los abusos de los actores, sin supervisar, regular o intervenir. Si algo anduvo mal fueron la flojera y falta de visión con que las entidades públicas responsables de moderar el laissez-faire actuaron. Si algo hizo falta, fue la referencia histórica al espíritu político estadounidense, representado por los debates entre Hamilton y Jefferson, el balance del poder y la búsqueda del beneficio social.
Si el capitalismo, como sistema económico estuviese caduco, países como Finlandia no ostentarían una de las economías más competitivas del mundo a la par de un estado de bienestar envidiable. Si el capitalismo estuviese agotado, países como Singapur no hubiesen superado el subdesarrollo liderados por un gobierno que incentiva el mercado sistémicamente, planificándolo, regulándolo y premiándolo parcialmente en beneficio de todos. Si el capitalismo estuviese acabado, el Producto Interno Bruto de naciones como Holanda no estaría conformado por el 80 por ciento del sector comercio, comercio que financia su educación, la número nueve en el ranking mundial. Si el capitalismo estuviese desfasado, China continental no lo hubiese adoptado como sistema económico a la par del comunismo partidario que sustenta su sistema político.
Finalmente, uno de los cuestionamientos al capitalismo es la de la explotación intraeconómica que hace de la fuerza de trabajo, en la que la mano de obra es vista como una mercancía más y las riquezas generadas colectivamente son disfrutadas privadamente, pero ése sería tema de otro artículo que habría de incluir la interpretación marxista. El punto es que el laissez-faire y no el capitalismo debería ser el chivo expiatorio de la actual crisis que hoy el mundo experimenta.