La celebración en Nicaragua del Día Internacional de los Trabajadores, hoy Primero de Mayo, se enfoca necesariamente en tres cuestiones fundamentales. Primero, en el desempleo que está azotando fuertemente a los trabajadores. Decenas de miles de personas han perdido sus empleos —que es su único medio de subsistencia—, pero no tanto por el impacto de la crisis económica mundial, sino más bien por las políticas sectarias del gobierno de Daniel Ortega que atemorizan y ahuyentan a la inversión de capital privado, nacional y extranjero, cuando más se necesita atraerla y retenerla porque es la única que crea empleo productivo y dinamiza la economía nacional.
Demás está decir que el desempleo es el peor flagelo que sufren los trabajadores, en cualquier parte del mundo. Como ha escrito el filósofo argentino Marcos Aguinis, durante siglos el trabajo fue considerado como un castigo y una maldición. Incluso, así se estableció en el Antiguo Testamento de la Biblia. Sin embargo, ahora todo mundo está convencido de que la verdadera maldición o castigo que sufren las personas y las naciones, es la falta de trabajo, el desempleo.
En realidad, es una tragedia la que han sufrido los miles de empleados públicos que fueron despedidos a lo largo de los años 2007 y 2008, y muchos durante el presente año, por causa del sectarismo ideológico y el revanchismo político de los líderes y cuadros burocráticos del FSLN, así como para emplear activistas, afiliados y simpatizantes del partido gubernamental. De hecho, el nuevo gobierno de Daniel Ortega no sólo no creó los nuevos empleos que prometió durante su campaña electoral, en la que con alarde de demagogia hablaba de “desempleo cero”, sino que más bien mandó a la desocupación forzada a muchísimas personas calificadas y eficientes, para darle empleo a sus partidarios y simpatizantes verdaderos y fingidos. Y además, Daniel Ortega ha provocado una contracción económica nacional que causa desempleo en gran parte del sector privado.
Por otro lado, los trabajadores del sector público están siendo obligados a afiliarse masivamente al FSLN, so pena de perder sus empleos. En su empeño por tener un millón de afiliados a como sea, el partido gubernamental atropella la Constitución, las leyes y los derechos humanos; humilla a muchos trabajadores que no tienen ni quieren tener ninguna filiación política, o que simpatizan con las corrientes democráticas del país.
Por cierto que es como una ironía, que la alerta de epidemia de la influenza porcina le ha dado a muchos trabajadores del Estado la oportunidad de liberarse del compromiso de asistir por la fuerza a la concentración política oficialista del Primero de Mayo, la cual iba a ser presidida por Daniel Ortega, quien al parecer disfruta haciendo sufrir con sus prolongadas arengas a las personas que asisten por la fuerza o voluntariamente a sus actos de masas. Aparte de que esa pobre gente tiene que esperar generalmente hasta cuatro horas antes de que “su majestad” autocrática se digne aparecer para pronunciar su discurso de ocasión.
En tercer lugar, los trabajadores en general, o sea tanto del sector público como de la empresa privada, celebran negativamente este Primero de Mayo, con un mayor deterioro de sus condiciones de vida, soportando un incontenible encarecimiento de los productos de consumo popular y bienes básicos, mientras los salarios y sueldos permanecen estancados y de hecho reducidos por el golpe inevitable de la inflación.
Y no es por voluntad de los empleadores que los salarios y sueldos de los trabajadores están prácticamente inmóviles o se reducen de hecho. Esto se debe en parte al impacto de la crisis global, pero sobre todo a las políticas del gobierno de Daniel Ortega que están destrozando la economía nacional y amenazan con llevar al país a la misma situación de desastre que encontró el gobierno democrático de doña Violeta Barrios de Chamorro en abril de 1990. En realidad, es útil recordar que sólo aquel gobierno democrático podía reconstruir la economía del país, gracias al restablecimiento de la libertad de empresa, a la libre iniciativa económica y la cooperación internacional.
En fin, si a alguien tienen que culpar los trabajadores por la deplorable situación en que se encuentran, es a Daniel Ortega, que está llevando a Nicaragua al abismo y desperdiciando la verdadera principal riqueza nacional, que es el recurso humano. Los trabajadores tienen que comprender que es necesario frenar a Daniel Ortega, mediante la resistencia cívica y la lucha democrática, o éste conseguirá su irracional despropósito de volver a arruinar al país. Y como al fin y al cabo las dictaduras siempre caen, otra vez habrá que recomenzar la reconstrucción nacional en iguales o peores condiciones que las de 1990.