El modelo político basado en el Pacto que acordaron Arnoldo Alemán y Daniel Ortega a inicios del 2000 cumplirá pronto diez años, y pareciera estarse agotando. Eso mismo le pasó al modelo basado en el autoritarismo los años ochenta.
En efecto, poco después de que el FSLN celebrara su décimo aniversario en 1989, comenzó la campaña de la Unión Nacional Opositora (UNO) para disputarle el poder en unas elecciones que muchos creyeron imposible ganarlas. Pero diez años de dictadura sandinista habían resultado demasiado pesados para la gente: guerra civil, descalabro económico, represión indiscriminada, instituciones desnaturalizadas, aislamiento internacional.
La UNO, liderada por partidos de la talla histórica del PLI, los conservadores, los socialistas y otros, supo acoger en su seno a gente de 14 partidos políticos de todas las ideologías y a muchos nicaragüenses que, como la candidata doña Violeta de Chamorro, no pertenecían a ningún partido en particular.
Bastó un Consejo Supremo Electoral con hombres de la estatura moral de Mariano Fiallos Oyanguren, y una nutrida observación internacional, para que el pueblo demoliera con sus votos el modelo que tanto atraso le había producido al país en esos diez penosos años. Sucedió en febrero de 1990 con la victoria de doña Violeta de Chamorro y la UNO.
Ahora se percibe algo similar. Desde el 2000, todos los Poderes del Estado, exceptuando el Ejecutivo en tiempos del presidente Bolaños, han estado en manos de personas del Pacto. Pero el Pacto nos ha desgobernado, por lo que el actual modelo pactista pareciera acercarse a su fin.
Producto de este desgobierno vemos ahora síntomas semejantes a los de los ochenta, excepto la guerra. Represión en contra de toda expresión antipacto, instituciones fracasadas, elecciones de mentira, un creciente aislamiento internacional, y la economía en franco retroceso producto de la incapacidad gubernamental para retener el apoyo de países amigos y presentar un proyecto de nación.
El Pacto representa ahora lo que representó antes el FLSN. Dos personas, Alemán y Ortega, parecieran haber sustituido la antigua Dirección Nacional. Y al igual que entonces, cuando Ortega desde el poder se volvió a postular para las elecciones de 1990, ahora ambos confiesan que piensan postularse de nuevo en 2011, o convertirse en Primer Ministro, una vez logren la reforma de la actual Constitución. Ambos pretenden que sigamos votando obligadamente por el Pacto.
Como reacción a todo esto, la UNO de entonces pareciera hoy buscar cómo reencarnarse, y aparece el PLI, uno de los partidos de la UNO que conserva su personería y su afán de luchar contra modelos autoritarios. La opción del PLI podría ser un excelente punto de encuentro nacional para recuperar el carril de la democracia y la reconstrucción en 2011. Y si el PLC volviera a pensar como pensaba cuando se integró a la campaña del 89, la unión PLC-PLI sería aún mejor, una especie de UNO ciertamente formidable.
Allí deberán tener cabida liberales y conservadores, social demócratas y socialcristianos, sandinistas no danielistas y gente sin partido, antiguos contras, líderes productores, profesionales de todas las ramas, empresarios y comerciantes grandes y pequeños, maestros, empleados públicos, trabajadores y desempleados, gente del campo y la ciudad, y fundamentalmente la juventud, hoy en peligro de perder lo que en 1990 se conquistó, el derecho a ser libres y vivir en democracia.
Sólo falta el renuevo total del Consejo Supremo Electoral con gente honorable, y la garantía de que siempre habrá plena observación internacional, lo mínimo que tendrá que entregar el gobierno del presidente Ortega si quiere evitar el colapso de la economía y del Gobierno, lo que podría incluso costarle una salida anticipada del poder.
Ya lo tuvo que hacer una vez en 1990. Su deslucida elección en 1984, sin libertad de expresión y contra una oposición sin candidato, le regaló un mandato de seis años que debía concluir en enero de 1991. Pero el deterioro de su Administración fue tal que se vio obligado a adelantar nueve meses las elecciones. Por eso, al perderlas, tuvo que entregar la Presidencia antes, en abril de 1990.
Irónico sería que por no querer dar ahora los pasos que tiene que dar, se viera obligado de nuevo a llamar a elecciones anticipadas, cuando la economía se haya enredado tanto que no pueda sostener al país andando. El Presidente debe esforzarse por evitar este posible escenario.
Por otra parte, todo intento por eliminar al PLI, como injustamente se hizo con el MRS y los conservadores el año pasado, únicamente agravará más las tensiones entre Ortega y la comunidad internacional, con el consiguiente alejamiento de la posibilidad de recuperar la ayuda perdida. Esto, seguramente, aumentaría los chances de unas elecciones anticipadas como en 1990.