Cerca del Mercado Oriental, en una casa pequeña de tablas y zinc, vive Josefina Bermúdez, de 58 años. Es una mujer robusta, morena, de pelo crespo, que cuando habla, grita. Josefina tiene seis hijos, todos varones, entre los 32 y 10 años, su marido trabaja acarreando verduras en el mercado. Comenta que a todos sus hijos los ha educado “a punta de fajazos y garrotazos”. Ésa, dice ella, es la forma más correcta de educar a los niños. “Mire chiquita, le voy a dar un consejo, usted tiene que pegarle a los hijos, antes que ellos le peguen a uno”, dice esta mujer que no para de moverse mientras habla.
“Ahora son bien rebeldes. Si se descuida se le montan encima y hasta quieren mandar. Cuando era niña, sólo cuando mi mama me pegaba y me gritaba hacía caso, es que viera qué desobediente fui. Por eso me pegaban”, asegura la señora.
Pablo Casco, de 10 años, es el menor de los hijos de Josefina. Él comenta que sus padres siempre le han pegado “con lo que tengan en la mano”, sobre todo cuando salen mal en la escuela. “Es que mis hijos son bien brutos en las clases, los mayores se salieron de estudiar por eso”, agrega Bermúdez.
Josefina sólo confirma lo que a menudo dicen los expertos en temas de violencia familiar: si un padre de familia fue víctima del castigo físico, es muy probable que lo emplee con sus hijos. Así que es probable que Pablito termine también educando “con lo que tenga en la mano” a sus hijos.
También hay, dicen los expertos, quienes se van al extremo contrario y optan por prevenir la violencia en sus hogares, para que no sufran lo que ellos sufrieron, llegando a veces al extremo de sobreproteger a los niños. Los niños maltratados generalmente terminan comportándose de dos formas: puede que sean violentos y necios a cualquier lugar que vayan, o personas tímidas, calladas, que les cuesta relacionarse con otras personas.
Josué habla pausado y en voz baja. Su mirada nunca está fija. Se agarra las manos. Está nervioso. Josué (nombre ficticio) tiene 7 años, viste un short celeste y anda sucio. Su camisa muestra varios hoyos. El pelo lo tiene alborotado y las chinelas le impiden correr por las calles con rapidez. Se le salen casi a cada paso que da de tan grandes que le quedan. Josué vive en un barrio pobre aledaño al Mercado Huembes. Su mamá no está en casa, pero antes de ir a planchar ajeno en una residencial, le dejó varias marcas en los brazos y piernas. Por momentos el niño no sabe si reír o llorar. Cuando corre por las calles pedregosas parece que se distrae y se le olvida la paliza que le dieron, pero cuando deja de correr, su cara se le ve abatida. Josué es blanco, ojos café claros y su cara es pálida.
—¿Y por qué te pegaron?
—Es que mi mama se enojó conmigo porque yo quería jugar pelota con los chavalos de la otra calle. Yo no le hice caso y me fui, además me puse de malcriado, y me fue a traer del pelo. Cuando llegamos a la casa me pegó con el chilillo. Pero estas marcas no son de hoy, antier me pegó porque no me quería levantar para ir a la escuela—, dice el niño entre risas.
Los expertos afirman que el maltrato es un círculo vicioso: el padre castiga, ya sea por desacato o por rabia, y los hijos reaccionan comportándose mal para luego volver a ser castigados.
Según un estudio realizado por la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, el castigo corporal ha sido históricamente identificado como una forma de corrección disciplinaria, ya sea en la casa o escuela. Esta práctica está sustentada en una mera costumbre tolerada y aceptada socialmente.
Un estudio, hecho por la institución con 160 niños de 40 escuelas a nivel nacional, afirma que el castigo físico es usado como método de corregir a los estudiantes de primaria. Estelí, Managua, Jinotega, Chinandega, Rivas, Puerto Cabezas y Bluefields, son algunas ciudades donde se realizó dicha investigación. Según la Procuradora de la Niñez y Adolescencia, Norma Moreno, los tipos de castigos humillantes en las escuelas son los golpes con reglas, humillarlos al ponerlos de pie en un rincón, pegarles con las paletas de los pupitres o ponerlos como “floreros” a un lado de la pizarra, cargando una silla en la cabeza.
En el hogar, las causas del maltrato son varias y a la vez son justificadas tanto por los niños golpeados como por los padres de familia, tal como explica la psicóloga de Casa Alianza, Janet Hernández, quien atiende a niñas que han sido víctimas de violencia en sus casas.
“La pobreza y el desempleo son factores que contribuyen a que los padres muchas veces se sientan frustrados, porque no pueden suplir las demandas y necesidades de los hijos. El castigo físico es una manera de sacar la rabia, desgraciadamente lo ven como algo normal. La sociedad lo concibe como una forma de educar al niño”.
De la mano al castigo físico van los gritos e insultos. Éstos provocan efectos no sólo al niño, que ha sido golpeado, sino también al padre de familia. Los expertos dicen que el niño crece con la percepción que los conflictos se resuelven con golpes y amenazas. Todo comienza como un castigo por malcriados o porque no hacen caso. A veces este castigo se convierte en paliza, obligando a los niños a permanecer en un hospital, con moretones o fracturas. Y, en el peor de los casos, muertos. Una realidad cotidiana reflejada por la prensa nacional: “Niña muere en hospital de León, debido a llagas en diferentes partes del cuerpo”. “Le queman las palmas de la mano a niño de 8 años”. “Permanece en hospital, niño de un año, su madre casi lo ahorca con un mecate, tras darle una paliza”.
“Mientras más me pegaban, más me orinaba”. Habla Mercedes Reyes, una mujer que cuando era niña fue castigada por sus padres sustitutos sólo por orinarse durante las noches. “Me pegaban con lo que tuvieran en la mano”, dice. Mercedes tenía unos 6 años cuando su madre biológica la llevó donde una familia totalmente extraña para que la cuidara. Era en Chichigalpa, donde todos los días la “fajeaban”. Con la misma sábana en la que se orinaba, dormía todas las noches. Le tocaba barrer, limpiar el patio, darle de comer a los chanchos, las gallinas. Permaneció con esa familia durante tres años aproximados. Luego fue a vivir donde otra familia en Managua, donde la criaron hasta los 17 años. En esta casa, “la señora me tiraba lo que tuviera al alcance”. “En una ocasión me tiró una tijera, y me rajó en medio de las dos piernas, eran chorros de sangre”, comenta Reyes. Si no le tiraban una raja de leña, eran piedras, o le reventaban la espalda a fajazos, dice. La mamá de la señora que la cuidaba, le pegaba en la nariz constantemente, hasta el punto que la operaron por desviación del tabique.
Ahora Mercedes tiene unos 60 años, vive en Batahola y tiene una pulpería. Recuerda con amargura aquellos días de castigos y cuestiona el actuar cruel de quienes la cuidaban. Mercedes tiene tres hijas y un varón, todos mayores de edad. Dice que nunca los castigó con violencia, porque “no me nacía, me parece tan horrible que le peguen a un hijo”. Al menos en su historia parece que el círculo se cerró.
Ley contra el castigo físico
Save the Children, en conjunto con otras instituciones como Mifamilia y la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, promueven una ley que prohíbe los castigos físicos y los tratos humillantes a la niñez. El psicólogo Oswaldo Montoya, quien trabaja de la mano con niños maltratados a través de la organización Save the Children, dice que en el anteproyecto de ley del Código de Familia han propuesto que se le incluya como deber de los padres corregir a sus hijos excluyendo todo tipo de castigo físico y humillante.