“Todo mundo de pie, por favor, la honorable juez de este distrito hace su entrada...” Como en un acto lleno de ceremonia, el secretario del Octavo Distrito Penal de Audiencia de Managua anuncia la llegada de “su señoría, la juez Karla García Zepeda”, una mujer de 36 años, quien no deja escapar ni la más mínima sonrisa. Con esa cara seria, muy seria, la juez dice “buenos días” y pide a los presentes que tomen asiento, “la audiencia va a comenzar”.
Este día la doctora García, como la suelen llamar cuando está fuera del estrado, llegó a su oficina a las ocho de la mañana. Como siempre, sus dos secretarios, “los mejores del mundo” —según ella—, ya le estaban esperando en el pequeño despacho para recordarle los casos que atendería: primero la audiencia preliminar de una demanda por estafa de 10 mil dólares, que al final no ocurrió porque la acusada no pudo ser notificada; además, el caso de un robo con intimidación y posesión ilegal de armas y una violación a un menor de edad.
Ese último es de los casos que más la conmueven. El cuadro que se relata en el legajo de papeles del expediente que lee la fiscal sin respirar, como si fuera una retahíla, explica que un menor de ocho años fue supuestamente abusado durante casi tres meses por un vecino. “El menor, Fulano de Tal, llegó a la casa de Fulano, quien habita en... de oficio fontanero, electricista y reparador de bicicletas, para que le reparara su bicicleta. Éste hizo pasar al niño a su casa y a cambio de la reparación le dijo que harían algunas cosas, comenzó a manosearlo, le bajó el pantalón, el calzoncillo...” La fiscal describe perfectamente la escena, mientras, frente a ella, el acusado, un hombre cincuentón, gordo, desarreglado, niega con la cabeza todo lo que la parte acusadora va relatando a “su señoría”.
Frente al acusado está sentado el papá del menor. Un hombre joven, quizás de unos 30 años, delgado. También está serio, pero desde que inició la audiencia no ha dejado de ver al acusado y de agitar la pierna derecha. Está nervioso. La juez sólo escucha. Continúa seria.
La mañana avanza y los pasillos de los Juzgados de Nejapa, en la capital, se van llenando cada vez más. Acusados, reos, policías, oficiales del Sistema Penitenciario, familiares, testigos, miembros de jurados, periodistas, abogados litigantes, todo mundo se revuelve en los pasillos de este viejo edificio.
Han transcurrido 15 minutos desde que la fiscal comenzó el relato de la violación y ahora le toca el turno al abogado defensor, quien tiene la palabra. El tipo se pone de pie. Parece tímido. Con las manos dentro los bolsillos del pantalón comienza a refutar la acusación, sin dejar por un lado el reconocimiento de que el menor sí ha sido violado, pero trata de dejar libre de culpa a su defendido.
Sus alegatos son que el señor ahí presente, debido al trabajo que realiza, posee unas manos gruesas. Levanta la mano derecha del hombre y la muestra a la audiencia. “Una mano como ésta desgarraría al niño”, dice. Además, anuncia una impotencia sexual en el acusado, ocasionada por una deformación que pide sea examinada por un médico forense.
Para la juez García su trabajo no es nada fácil. “Aquí es difícil todo. La parte más difícil es dejar a un lado la sensibilidad y ser firme y apegado a la ley, porque, a pesar de que las cosas lleguen internamente, uno tiene y sabe que se debe trabajar conforme a la Ley”, comenta.
Según García, la sensibilidad se le despierta cuando tiene frente a sus ojos aquellas escenas en las que se encuentran los familiares con los acusados detenidos... “y los hijos les dicen que lo extrañan, y entonces uno sabe que esa persona tiene que seguir en prisión preventiva porque se puede fugar… eso es difícil”.
¿Es peligroso ser juez? “Hay quienes dicen que sí. A mí no me ha tocado vivir ninguna experiencia negativa. La verdad, en estos años no he sentido temor, no me he sentido amenazada por nadie”, responde la juez García.
El doctor Solís no ha corrido la misma suerte. Quizás por el tipo de casos que ha atendido, en los que ha tenido que encarcelar a traficantes o decomisar grandes cantidades de dinero, las amenazas ya le han alcanzado.
“Lo más peligroso para mí es la gente de los narcos, el crimen organizado, pero gracias a Dios no hemos llegado como en otros países que matan a los jueces, a los fiscales.... pero ya ha habido amenazas de muerte y todo. A veces lo que pasa es que no se hace público, a veces los propios abogados nos dicen, mirá, oímos una conversación, y como dice la Policía, no se descarta nada. Aquí no hay medidas de seguridad. Algunos jueces caminan sin placa en sus vehículos, otros andan armados, pero otros no”, señala Solís.
“La parte más difícil es que antes de ser juez sos persona y la parte humana que no se pierde, a veces te hace dudar. Hay pruebas de un lado y del otro y vos te preguntás ‘si resuelvo de tal forma, ¿estaré haciendo alguna injusticia?’. A veces he escuchado relatos desgarradores en los que he tenido que detener el juicio”, comenta el juez Jaime Alfonso Solís, del Cuarto Distrito Penal de Juicio, quien dice que para este año atenderá un promedio de 200 casos.
Aunque en su sala se atiende delitos como el tráfico ilegal de drogas y lavado de dinero, dice que el repunte de ahorita son los robos. Desde su puesto, por las características de los robos, puede evaluar el comportamiento de los delincuentes en el municipio de Managua.
“Se ha acrecentado la delincuencia”, dice, reforzando las cifras que dio a conocer la Policía Nacional, en las que destaca un incremento del 42 por ciento más de delitos denunciados en todo el país.
“Y es normal, pues, si hay más población, hay una crisis mundial... los delitos son un fenómeno y van cambiando su modalidad. Por ejemplo, ya no te arrebatan una gorra o la cadena, ahora te ponen un AK, una pistola, un cuchillo o un machete. Ahora los ladrones ya no andan solos, ahora andan en pandilla, ¡hasta alquilan vehículos! Algunos tipos penales han cambiado, hay crimen organizado, ahora hay tráfico de vehículos, lavado de dinero, clonaciones de tarjetas de crédito... antes te sacaban la cartera y ahora entran dos, tres chavalos con pistola y empiezan a asaltar a los pasajeros de un bus”, agrega.
En los seis años que lleva como juez de ese distrito, se ha encontrado con peculiaridades que demuestran la “creatividad” de los delincuentes. Una vez se le acercó una señora para decirle que él había mandado a arrestar a su hijo de diez años.
—¿Cómo es eso?, le preguntó el juez Solís.
—Sí, mire, el delincuente se cambió el nombre y puso el nombre de mi hijo de diez años. Él sabe los datos de mi hijo porque vive con una sobrina mía... y, pues, a la casa llegaron para llevarse preso a mi chavalo...
Normalmente los acusados en libertad condicional deben reportarse periódicamente ante los juzgados mientras se desarrolla el proceso, pero a veces éstos dejan de presentarse y es entonces cuando se debe girar una orden de detención. Algunos acusados que se pasan de listos, cambian algún dato y al final la Policía termina apresando a inocentes como el hijo de la señora en cuestión.
Demandas contra morosos
El 60 por ciento de los casos que se tramitan en los Juzgados corresponden a demandas de los bancos contra clientes morosos y deudores. Según datos que dio a conocer la Asociación de Jueces y Magistrados de Nicaragua, a diario se reciben alrededor de 300 demandas de bancos contra clientes deudores, lo que equivale a casi la mitad de lo que se atiende en los seis juzgados civiles de Managua.