En la década de 1980, al frente de Barricada, Carlos F. Chamorro practicaba la autocensura por lealtad a la revolución. Casi tres décadas después, el periodista, uno de los más persistentes defensores de la libertad de expresión y de los más perseguidos por el Gobierno, afirma que “nunca más podría encontrar justificaciones para autocensurarme”
Hay una fotografía que muestra a un joven Carlos Fernando Chamorro lanzando una bocanada de humo mientras escribe a máquina. La fotografía es a blanco y negro y fue tomada en la década de 1980 por la fotógrafa estadounidense Susan Meiselas, en la redacción del diario Barricada, del que Chamorro fue director. Estos días la imagen ha sido publicada por The New York Times en un extenso reportaje dedicado a las “muchas historias” de este periodista, que es el símbolo de la intolerancia de un gobierno, el de Daniel Ortega, alérgico a la crítica.
Al pie de esa foto se lee la siguiente leyenda: “Como editor de Barricada en los ochenta, Chamorro dijo que practicaba la autocensura en defensa de la revolución”.
“Yo tuve una responsabilidad en la revolución”, dice en esta entrevista Chomorro. “Asumo completamente mi responsabilidad como director de Barricada, lo bueno y lo malo del ejercicio del periodismo partidario, sandinista, en esa época. Igualmente mis responsabilidades como director del Departamento de Propaganda del FSLN por varios años. Era una época muy difícil, una época revolucionaria, donde lo que estaba en juego era un proyecto de transformación de esta sociedad, que yo apoyaba plenamente”. En esa época, explica, si había casos de corrupción que involucraban a los líderes de aquel régimen, el sentido de lealtad al proyecto revolucionario hacía que no se dieran a conocer.
Hoy en día su papel es otro. Carlos Fernando Chamorro se ha convertido en uno de los periodistas más críticos con la Administración de Ortega y en uno de los más persistentes defensores de la libertad de expresión e información ante un liderazgo gubernamental que parece dispuesto a sofocarla. Las investigaciones por corrupción y tráfico de influencias que involucran a personajes ligados al Frente Sandinista y al Gobierno, que se han presentado en el popular programa de televisión Esta Semana, han enfurecido al Ejecutivo, que no dudó en lanzar toda la maquinaria del Estado en su contra y de paso en contra de la Fundación Cinco, a la que él pertenece. Una maquinaria, dice, que quiere destruirlo. Pero que no ha logrado amedrentar al periodista, ni a su equipo, que siguen denunciando la “arbitrariedad, el abuso y la fuerza” que usa el Ejecutivo para silenciar las críticas.
“Lo que viví lo asumo con todas sus consecuencias, no puedo volver la hoja para atrás. Sí tengo plena conciencia de lo que aprendí de esa época (década de los ochenta). Y lo que aprendí es que nunca más podría encontrar justificaciones para autocensurarme”, afirma el periodista, galardonado recientemente con el premio a la Libertad de Expresión, que otorga la organización Casa América Cataluña, y considerado por muchos como el mejor de Nicaragua y por las nuevas generaciones, como un maestro de la profesión.
::: ¿Qué simboliza este premio que le otorga Casa América?
Yo creo que este premio es un reconocimiento al periodismo independiente de Nicaragua. Están llamando la atención sobre lo que está pasando en Nicaragua. Por otro lado están llamando la atención sobre una trayectoria periodística profesional, que en este caso la represento yo, pero creo que están premiando a un equipo que trabaja conmigo, un equipo de jóvenes. A mí me parece que están llamando la atención a Nicaragua, porque ellos consideran que es un país en el que la libertad de expresión está bajo amenaza y están reconociendo una trayectoria que está desafiando esta hostilidad, esa intimidación.
::: Seguramente al Gobierno no le gustó mucho que le hayan otorgado este premio.
No conocemos ninguna reacción del Gobierno. Si el discurso oficial dice que aquí no hay ningún impedimento a la libertad de expresión, evidentemente no deben estar satisfechos.
::: El premio viene en un momento muy difícil para usted, para Cinco, por las críticas y las presiones de las que han sido objeto. ¿En algún momento pensó que el caso estaba perdido?
Fue muy duro. Yo sentí mucha presión, pero también mucho respaldo. Yo creo que eso nos llevó a no titubear a la hora de enfrentar ese momento de máxima presión. Uno no sabe en ese momento qué es lo que va a pasar después, uno se las está jugando por ese día. Cuando el Gobierno ordenó el allanamiento de Cinco, pensé: “Qué estoy haciendo aquí, yo tengo que estar donde me corresponde estar, que es en el medio de comunicación”. Fui a hacer el programa en vivo con mi abogado y con la doctora Vilma Núñez. Para mí eso representa la reacción del periodista de responder en ese momento y eso fue lo que hicimos. Mi lógica es que uno no puede dejar de hacer periodismo aún bajo la máxima presión que le esté imponiendo el Gobierno. Y tratar de hacerlo de la mejor manera posible.
::: ¿Dudó en algún momento, pensó que podía perder el caso?
En relación al caso Cinco yo siempre he pensado que es una decisión política del Gobierno. Tengo entendido que no está en manos de la Fiscalía, ni de las instituciones; es una decisión política del Presidente de la República. Si el Presidente quiere declararnos culpables a nosotros por la investigación criminal que hizo la Fiscalía, lo pudo haber hecho. Para mí el caso de Cinco se inicia con una motivación política, es un caso que no depende de la ley y por lo tanto depende de la arbitrariedad, del abuso y de la fuerza. Desde ese punto de vista yo siempre estuve consciente de que el Gobierno podría perfectamente mantener otras formas de intervención o incluso intentar cancelar la personería jurídica de Cinco.
::: El caso despertó a nivel internacional mucha solidaridad: escritores, intelectuales de todo el continente le brindaron su apoyo, Sergio Ramírez escribió un artículo muy crítico. ¿Cree que este caso es el que más ha llamado la atención sobre lo que está pasando en Nicaragua?
Se sumó a otras situaciones que ocurrieron antes: el caso del padre Ernesto Cardenal, que tuvo una enorme resonancia; la situación de Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, con sus reclamos por los derechos de autor por sus canciones. Y posteriormente vino a sumarse la represión física del Gobierno contra los manifestantes en las calles, durante la campaña electoral y después. Lo importante para mí es que la opinión pública internacional no lo ha visto como un caso aislado de un grupo de periodistas, de un individuo, de una institución, sino de un fenómeno que tiene que ver con la embestida autoritaria de un Gobierno en contra de las libertades. Yo creo que ése es el mensaje de la prensa internacional, de los intelectuales del mundo —muchos de ellos de izquierda, que apoyaron a la revolución en los años ochenta—, de que no se puede tolerar la represión contra las libertades.
::: ¿Qué siente usted cuando ex compañeros de lucha revolucionaria lo tildan ahora de estar vinculado al narcotráfico, al lavado de dinero?
Siento mucha decepción, porque cuando nosotros sacamos la investigación periodística de Tola, yo sinceramente creí que era una oportunidad para que Daniel Ortega pusiera a prueba su discurso de cero corrupción. En el momento en que ellos me atacan a mí personalmente y me acusan de los delitos que has señalado, lo que veo es que estoy enfrentando una maquinaria que lo que quiere es destruirme. En este caso le están enviando un mensaje al periodismo nacional. Para mí es decepcionante.
::: Hablemos de su trayectoria en la revolución. ¿Cómo se mete en ese proyecto?
Yo me vinculo al Frente Sandinista como colaborador en un proyecto que tenía que ver con la creación de una revista, un proyecto intelectual para tratar de divulgar el análisis sobre la necesidad de la revolución, el análisis económico, político y social, en torno al proyecto revolucionario. Esta revista se llamó Pensamiento crítico y quien me propuso incorporarme a ese proyecto fue Julio López Campos. En ese proyecto también estaba Orlando Núñez. Eso fue en septiembre-octubre de 1977. Posteriormente, después del asesinato de mi papá, asumí un compromiso decidido con el Frente Sandinista y me integré en sus estructuras políticas de manera plena, en la tendencia proletaria. Fue en 1978. Yo participé en diferentes actividades de carácter fundamentalmente político: en la formación de cuadros en las escuelas clandestinas del Frente, en actividades de propaganda, de apoyo logístico. No fui un cuadro militar. Cuando vino la insurrección me asignaron a trabajar en Ciudad Sandino.
::: ¿Y cuál fue su trabajo una vez que triunfa la revolución?
Yo estuve en la fundación de Barricada sin ser el director del diario. La primera edición de Barricada la dirigió Danilo Aguirre (ahora director de El Nuevo Diario). La mayoría eran periodistas de LA PRENSA, que estaba cerrada por la destrucción causada por la dictadura. Yo estuve en ese grupo inicial, pero casi inmediatamente después me nombraron Viceministro de Cultura, cargo que fungí por un período de tres meses, entre agosto y noviembre de 1979. Después regresé a Barricada a apoyar a Luis Guzmán, quien entonces era el delegado de la Dirección Nacional para los medios de comunicación. Creo que fue en el mes de abril de 1980 cuando el Frente me designó como director de Barricada.
::: En los últimos días hemos visto que algunos periodistas oficialistas y ligados al Gobierno han criticado su trabajo en ese tiempo, dicen que fue miembro del Departamento de Agitación y Propaganda y hasta lo acusan de censor. ¿Qué opina de esas acusaciones?
Yo tuve una responsabilidad en la revolución, asumo completamente mi responsabilidad como director de Barricada, lo bueno y lo malo del ejercicio del periodismo partidario, sandinista, en esa época. Igualmente mis responsabilidades como director del Departamento de Propaganda del FSLN por varios años. Era una época muy difícil. En primer lugar era una época revolucionaria, donde lo que estaba en juego era un proyecto de transformación de esta sociedad, que yo apoyaba plenamente. En ese contexto lo que ocurrió con los medios de comunicación se tradujo en una situación de polarización total, donde habían dos bandos completamente definidos. Vivimos una situación de guerra, de agresión y guerra civil, las dos combinadas en una sola expresión. Se estableció el estado de emergencia que impuso restricciones a la información, cuya lógica inicial tenía que ver con informaciones con la defensa del país, pero hubo una censura de carácter ideológico. Yo, en lo personal, no era censor, no administraba la censura. En todo caso administraba la política del FSLN para los medios de comunicación sandinista.
::: En un reportaje sobre usted publicado por The New York Times, usted afirmaba que el sentido de lealtad a la revolución hacía que se autocensuraran, que si encontraban un caso de corrupción, lo investigaban, pero no lo publicaban.
Ésa es mi experiencia. Yo ejercí el periodismo en los años ochenta con una doble condición: como periodista y como militante del FSLN, en una sociedad asediada por una situación de guerra, dentro de la cual mi compromiso con la revolución me llevaba a subordinar, en muchos casos, mis instintos y mis responsabilidades como periodista. Hacíamos un periódico que era bastante predecible, en el sentido de que no se daban muchas sorpresas, porque la misión fundamental era de apoyo al proceso revolucionario, de movilización, de lucha ideológica. Cuando nosotros investigábamos y detectábamos casos de corrupción que podían dañar a la revolución, el instinto primario era ése: hacer una investigación interna, ponerla a disposición de quienes tenían que tomar esa clase de decisiones y después discutir cómo se podían divulgar esos resultados.
::: ¿Valió la pena esa autocensura, anteponer el régimen y la lucha de ese entonces a la libertad de expresión y no difundir lo malo que estaba pasando con la revolución?
Lo que viví lo asumo con todas sus consecuencias, no puedo volver la hoja para atrás. Sí tengo plena conciencia de lo que aprendí de esa época. Y lo que aprendí es que nunca más podría encontrar justificaciones para autocensurarme. Aunque en el Frente Sandinista habían espacios de debate, eran fundamentalmente espacios internos. Yo ejercí mis derechos y mi función crítica, en este caso como sandinista, en esos espacios. Probablemente lo pude haber ejercido con más beligerancia, pero ésas eran las realidades de esa época. Lo que yo aprendí de entonces, y que me sirvió para la otra etapa de Barricada después de 1990, fue que la autocensura no le hacía ningún buen servicio ni a la sociedad, ni a la revolución, ni a cualquier proyecto político que quisiera defender. Empezando por 1990 decidimos hacer un periodismo político manteniendo nuestro compromiso político con el sandinismo, pero sin ataduras políticas en relación a lo que es noticia. Ése fue el nuevo contrato que se estableció a partir del relanzamiento editorial de Barricada en 1991, que quedó escrito en un manual.
::: Treinta años después de la revolución, muchas cosas de aquella dictadura se están volviendo a ver, y muchos se preguntan si valió la pena la revolución. ¿Cree que valió la pena?
Creo que valió la pena el derrocamiento de Somoza, el esfuerzo e intento de la revolución. Al enfrentar esa pregunta hay que ver el pasado de una manera crítica, ver los grandes errores que se cometieron durante ese proceso y cuáles fueron sus virtudes. Cuando uno vuelve a ver para atrás, lo más doloroso de todo son las pérdidas de vidas, la dimensión de la guerra, lo que se perdió en materia de vidas humanas y de personas que resultaron afectadas y lesionadas en ese conflicto, en el que no hay una responsabilidad única. Hubo una responsabilidad compartida en la forma en cómo se desató ese conflicto, la manera cómo intervino la Administración de Ronald Reagan. Hay que sacar lecciones de la historia, no queremos que se repitan los errores o proyectos políticos como el que tiene el Gobierno actual, que evidentemente no aprendió nada de los errores de los años ochenta. Incluso nos quiere llevar a repetir situaciones como a las que existían previo a la revolución.
::: ¿Cuáles son esos errores? ¿En qué se falló?
Hubo mucho voluntarismo, afán de pretender cambios en una sociedad sin establecer consensos, apoyos fundamentales para que estos cambios se puedan realizar. Vos no podés transformar la economía por decreto, transformar la sociedad sobre la base de una premisa ideológica, en la que vos partís de lo que es necesario para la sociedad y por lo tanto vas a imponer ese cambio. Hubo mucha ceguera y mucha distorsión ideológica que tenía que ver con la concepción del modelo revolucionario, ese concepto de Estado-Partido-Ejército-organizaciones de masa-medios de comunicación. Una sociedad, para poder desarrollarse, necesita espacios de autonomía, que prive una situación de Estado de Derecho, el reconocimiento de la igualdad de todas las personas ante la ley. La revolución puso por delante el imperativo del cambio social, todo se justificaba sobre la base del cambio social, de la búsqueda de la igualdad, de la justicia, en detrimento o poniendo como algo subordinado la democracia. Yo creo que no va una cosa delante de la otra. No se puede defender de forma exitosa la lucha contra la desigualdad sin democracia. No se puede combatir la pobreza si no hay Estado de Derecho pleno. Ésas son grandes lecciones que la mayoría de los nicaragüenses aprendimos de la revolución, pero da la impresión que el liderazgo actual del Gobierno no las aprendió.
::: Vemos imponer leyes por decreto, persecución a las voces críticas. ¿Por qué Nicaragua parece recorrer siempre el mismo círculo?
La respuesta a esa pregunta está en la persistencia que tiene el liderazgo actual del Frente Sandinista y del Gobierno, que cada vez más parece un proyecto familiar y no de una institución política como sería el FSLN. La pregunta que nos debemos hacer es si este proyecto político actual tiene viabilidad. Yo no estoy seguro, tengo muchas dudas de si es o no sostenible. Hasta ahora se ha sostenido como un proyecto de un Gobierno que desarrolla programas asistencialistas, contando principalmente con la ayuda de Venezuela, pero esa ayuda no es eterna ni sostenible a largo plazo. El país está enfrentando una crisis económica y social que podría tocar fondo en los próximos meses y eso va a tener repercusiones sociales y políticas. ¿Está preparado este liderazgo para mantener al país unido frente a este tipo de situaciones? Yo creo que va a ser muy difícil.
::: El Gobierno parece que está más inmerso en un proceso empresarial que en un proyecto político. Sergio Ramírez decía que la revolución se jodió en el momento en que sus líderes se empezaron a enriquecer. ¿Pasa lo mismo ahora?
El Gobierno representa un proyecto político familiar y también hay un proyecto de constitución de un grupo económico. El periodismo debe hacer un mayor esfuerzo por probar ese tipo de denuncias y esas investigaciones en relación a la creación y constitución de esos nuevos grupos económicos al amparo del Gobierno. Hay un inmenso desafío para quitar los velos en relación a los negocios que se están haciendo alrededor del Gobierno.
::: Hablemos de los medios. ¿En qué estado mira usted el periodismo de Nicaragua?
Para mí el periodismo vivió en la década del noventa y primeros años de la década del 2000, un proceso de despartidización y profesionalización sumamente importante, afianzando medios de comunicación y sobre todo una nueva generación de periodistas con una visión de fortalecer la autonomía profesional del periodismo. Creo que ese es un logro fundamental que debemos preservar y no debemos permitir que se retroceda. El mayor logro es haber desarrollado un periodismo muy beligerante en materia de la fiscalización del Estado. Mucho menos eficiente en fiscalizar los poderes privados, que es otra responsabilidad del periodismo democrático que no se cumple a cabalidad en Nicaragua. Me preocupa que hay retrocesos. Yo veo, por ejemplo, medios como el Canal 2 con un repliegue en el tipo de periodismo que hacía hace cuatro años en comparación con el que hace ahora. Me preocupa el problema de la invasión de la nota roja en los medios televisivos, porque desprestigia al periodismo y le resta autoridad moral para enfrentarse con el poder.
::: ¿La fiscalización del poder privado es la principal deficiencia del periodismo actual en Nicaragua?
Es una de las principales deficiencias. En la parte del poder público hay mucho por hacer. El tema de la falta de transparencia es un desafío de todos los días. Hacer periodismo frente a un Gobierno secretista, que bloquea las fuentes de información, es sumamente difícil y por lo tanto requiere un doble, triple esfuerzo para poder ofrecer información confiable a los ciudadanos.
::: Muchos dicen que la verdadera oposición política en Nicaragua la hacen los medios en lugar de un bloque político.
Cuando la oposición es débil, cuando hay circunstancias como las que vive Nicaragua como resultado del pacto, con poderes del Estado contaminados y desprestigiados, se sobredimensiona el papel crítico de los medios. Yo pienso que los medios y los periodistas debemos tener conciencia que nuestro papel no es sustituir a los partidos políticos, ni a los diputados, ni al Congreso, ni a los jueces; es demandar reformas políticas profundas en el Estado. Es importante que nos vacunemos ante esa situación de pretender sustituir a los liderazgos políticos en la tarea que les corresponde.
::: En una entrevista reciente, la periodista mexicana Alma Guillermoprieto decía que sentía que el oficio se estaba acabando porque los periodistas ya no quieren reportear. ¿Usted comparte esa visión negativa?
No. Yo soy optimista y arraigo mi optimismo en las señales que veo de que en Nicaragua ya se ha establecido una nueva generación de periodistas, que a diferencia de la mía no le tocó pasar por esa doble militancia entre la política y el periodismo, sino que entró al periodismo de manera plena, seguramente con la pasión, con el sueño de contar buenas historias, de hacer buenos reportajes. Me parece que en el periodismo de Nicaragua hay una nueva generación que es muy prometedora y tiene mucho que dar.
::: Pero también hay mucha desmoralización con lo que está pasando: persecución gubernamental y una crisis económica, que se salda con periodistas despedidos.
La crisis económica afecta a los medios y reduce planilla y recursos. Tenemos que sobrevivir a esa crisis. Este año y el próximo van a ser doblemente exigentes para el periodismo nacional.
::: ¿Qué siente Carlos Fernando Chamorro cuando lo llaman el mejor periodista de Nicaragua?
Eso es una opinión que tienen algunos colegas, algunas personas, y que yo agradezco. No es una opinión unánime: hay otras personas que no tienen ese tipo de reconocimiento para mi trabajo. Tengo treinta años de hacer periodismo, he pasado por diferentes etapas, y me siento orgulloso de lo que estoy logrando. Y sobre todo de poder agrupar a profesionales jóvenes que puedan compartir la pasión del periodismo y con un periodismo comprometido con tener un mejor país. Yo no creo en la objetividad del periodismo, no creo en un periodismo aséptico. Creo en un periodismo comprometido. Y cuando a uno le dan un reconocimiento, lo que le están dando es un mayor compromiso de poder seguir haciendo un periodismo que tenga más significación para el país.