Lo sucedido en Managua con la Cumbre del SICA esta semana y lo que está por suceder la próxima en San José, donde se van a reunir los presidentes de Centroamérica con el Vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, debería poner a pensar a las personas que están en las altas esferas de Cancillería.
Lo que vimos fue el fracaso total de la errática política exterior del compañero comandante pueblo presidente Daniel. Él debería estar preocupado por esto, pero no se va a preocupar, por la sencilla razón de que él vive en el mundo de los años setenta. Un mundo en guerra fría donde había que tomar bandos.
Para él, el mundo está en guerra, y aunque dice en sus discursos que el mundo ya no es unipolar, sino multipolar, la verdad es que para él es bipolar (y no es que quiera aquí insinuar ninguna situación mental en particular) sino que para él hay una lucha entre el bando del “capitalismo salvaje decadente” y el bando que propugna por el nuevo modelo de “solidaridad, complementariedad y justicia”.
Los del primer bando son principalmente Estados Unidos y la Unión Europea, y los del segundo bando son los países del Alba principalmente. Eso es lo que él ve.
Pero apostar todo al Alba, aunque a él, a su familia y a algunos allegados les ha significado un beneficio económico fabuloso, al país le está causando grandes daños. Y no quiero repasar aquí los daños internos sino señalar ahora los problemas a nivel de política internacional.
A pesar que Ortega es actualmente el Presidente pro témpore del SICA no logró convocar a todos los presidentes del sistema a su “Cumbre”. Ahora “en venganza” él y Manuel Zelaya, de Honduras, dicen que no van a San José, pero en realidad la culpa es de él y de su visión del mundo.
Con una política exterior más inteligente, Biden habría tenido que venir a Nicaragua, por tener este país la Presidencia pro témpore, pero como la política de Ortega es de confrontación y en Centroamérica la mayoría no quiere eso, pues otra vez Arias se “roba el mandado” y se lleva a Biden y la parte más sustantiva de la reunión, que es hablar cómo se va a lidiar con la crisis económica. Nadie en Centroamérica movió un dedo por Ortega.
Pero siendo justos, las cosas se han conjugado para que Ortega se pueda confundir fácilmente. Por ejemplo, y él lo dice constantemente, “América Latina está dando un vuelco hacia la izquierda”, entonces para él esto significa que su bando va ganando. La crisis mundial que inició en Estados Unidos es otra cosa que confunde a su cabecita. Él ve “el fracaso del neoliberalismo” y concluye que su bando va ganando. Y entonces por esas razones se atrinchera más en el Alba, que pronto va a “ganar”.
Lo que no ve es que la mayor parte de América Latina tiene una izquierda gobernante, que entiende el juego democrático y acepta que en uno o dos períodos puede pasar de nuevo a la oposición y el mundo no se va a terminar por eso. Ortega en cambio es parte de la izquierda necia, esa que cree que llegar al poder es para quedarse para siempre, porque tiene como misión realizar una transformación radical de la sociedad.
El resultado de esto es que sólo él y los cuatro locos del Alba se hacen caso, el resto anda buscando una solución integrada e integral a los problemas económicos, porque saben que esto no es de un bando contra otro, es de salvarse todos y lo más pronto posible, porque aunque en boca de Ortega la palabra es hueca, en realidad el mundo es multipolar, interconectado e interdependiente, destruir una parte de este mundo no va a dar como resultado que la otra parte esté mejor.
Si él viviera en el siglo XXI y no en los años setenta se daría cuenta que lo que debería estar haciendo es lo que hace Arias, a quien le tiene tanta animadversión. Ese señor se da el lujo de pertenecer a Petrocaribe para sacarle petróleo barato a Hugo Chávez, invita a Joe Biden para discutir la crisis económica mundial y también le va a sacar “riales” y hace negocios multimillonarios con los chinos, está con todos y no se casa con nadie.
Y es lo que debe hacer, porque si algo ha demostrado esta última crisis es que el pragmatismo se impone a la ortodoxia y el dogmatismo, sean éstos de izquierda o de derecha.