Para Jaime Incer Barquero y Carlos Tünnermann, que han puesto a Nicaragua en el mapa de la ciencia y la educación, como lo hiciera Rubén Darío en la literatura.
Como resultado de un prolongado y laborioso proceso de gestación, ha nacido finalmente la Academia de Ciencias de Nicaragua, llamada a convertirse en un referente esencial de la ciencia en la región.
Entre los elementos impulsores de su creación deben señalarse el admirable éxito de algunos científicos nicaragüenses de dentro y fuera del país y el creciente reconocimiento del papel de la ciencia en la sociedad moderna.
Poseedor de excepcional talento literario e intelectual, nuestro país ha ignorado históricamente el cultivo de la ciencia y la promoción del talento científico-técnico. En consecuencia, la Academia de Ciencias emerge cerca de un siglo después que la ilustre Academia de la Lengua. Relegada a un ejercicio accidental y utilitario, la escasa ciencia memorable continúa siendo en su mayoría un asunto de iniciativas personales.
La instauración de la Academia este mes de marzo completa una formalidad esencial para nuestra incorporación eficaz en la sociedad del conocimiento. En los tres años de su existencia, la Asociación Científica —predecesora de la Academia— suplió dignamente el vacío institucional de Nicaragua en foros científicos internacionales, en la Comunidad Científica del Caribe (CCC) y la Red Interamericana de Academias de Ciencias (IANAS).
El propósito principal de la Academia es contribuir al progreso de la ciencia —ideal de carácter universal— y en este momento particular su mayor compromiso quizás sea promover el uso de la ciencia en la toma de decisiones que afectan el desarrollo del país. Un caso fehaciente es la probable construcción de un canal interoceánico, cuya decisión tendría que estar basada en criterios altamente técnicos. Es tarea de la Academia procurar que este tipo de decisiones se tomen, no por criterios netamente políticos o exclusivamente económicos, sino sobre evidencias científicas inequívocas.
Un objetivo central de la Academia es reivindicar la carrera del científico, tanto en el sector productivo como en la educación superior, sin que con esto tenga que hacer las veces de sindicato o colegio corporativo. Se trata de dignificar esta profesión emergente en Nicaragua y promoverla entre los jóvenes más lúcidos.
La Academia se propone contribuir al esfuerzo nacional de identificación de prioridades en materia científica, apoyar al Estado en la evaluación de las capacidades locales de ciencia, tecnología e innovación, formular agendas prospectivas sobre tópicos científicos de interés regional y local, y contribuir a formar la cultura científica.
Como se deduce de este compromiso, la creación de una auténtica Academia no puede concebirse por cuotas de instituciones, como si se tratase de una repartición del poder o una piñata de credenciales. Los académicos se adhieren a título personal, nominados por sus pares y son elegidos por votación secreta, empleando criterios rigurosos y procesos transparentes.
Tampoco se trata de construir una élite de sabios que sólo se entiendan entre sí, ni un consejo de ancianos cegados por su propio fulgor, ni mucho menos una secta que provoque envidia y resentimiento. En cambio, la Academia se encamina a ser enérgica y emprendedora, afirmada en la pasión de sus miembros por aportar con sus conocimientos, investigaciones y publicaciones.
Para confirmarse como actor válido, la Academia debe mostrar vocación de servicio público desinteresado y debe estar integrada por científicos de mayor prestigio académico y moral. Únicamente de esta forma podrá asegurarse que su voz sea escuchada en la toma de decisiones de política científica y del desarrollo.
Sin embargo, éste no es un reto fácil. Acostumbrados a tomar decisiones sobre criterios cortoplacistas y partidarios, la clase política, salvo raras excepciones, suele ignorar y hasta despreciar los criterios científico-técnicos. Sin entrar a jugar a la política, es tarea de los académicos encontrar un lenguaje inteligible a los tomadores de decisiones.
La fundación de la Academia de Ciencias de Nicaragua representa un avance significativo en la institucionalización del quehacer científico del país y, por ello, la noticia de su creación debería ser celebrada. La Academia debería recibir el beneplácito de toda la comunidad científica existente y de la sociedad.
Desde ya, la naciente Academia ha incorporado a eminentes científicos nicaragüenses y del extranjero, y ha sido reconocida por sus homólogas, lo que le asegura apoyo y éxito en su noble misión. Representando lo mejor de la ciencia nicaragüense, la Academia aspira a ser un interlocutor respetado en la sociedad y a ser considerada como la voz de los científicos.