En tiempos de la dictadura del general Anastasio Somoza García, más exactamente a mediados de la década de los años cincuenta del siglo pasado, se hizo muy popular entre los nicaragüenses la anécdota de un comentario lapidario y admonitorio, que el dictador militar le hizo a uno de sus ministros que de repente estaba exhibiendo una riqueza tan ostensible como sorprendente: “Amigo —le dijo el general Somoza García a su ministro—, usted tiene que saber que cuando se come gallina robada, por lo menos hay que esconder las plumas”.
La anécdota refleja la amoralidad política que imperaba en los medios gubernamentales de la época somocista, la cual también se podía resumir en la frase: hay que robar, pero que no se note. Sin embargo, también demuestra esa anécdota los escrúpulos que habían en aquel tiempo; el temor de los gobernantes al qué dirán; demuestra que los funcionarios públicos superiores se enriquecían al amparo del gobierno pero al mismo tiempo temían a la crítica pública y se preocupaban por ocultar las evidencias y pruebas de la corrupción gubernamental.
Ahora estamos peor, porque además de que hay más corrupción se ha perdido todo pudor y de la manera más descarada los gobernantes aprovechan el poder público para su enriquecimiento personal y familiar. Inclusive hay quienes se visten de dirigentes sindicales y hablan a nombre de los desposeídos, mientras acumulan y exhiben cuantiosas fortunas y engrosan las filas de un nueva burguesía y una nueva oligarquía, que se dice revolucionaria y pronuncia un discurso populista, pero es mucho más codiciosa y voraz que la burguesía y la oligarquía tradicionales.
Dicho con otras palabras, quienes ahora ejercen el poder del Estado y administran los recursos económicos públicos en su beneficio particular, se comen las gallinas robadas y ni siquiera se preocupan por esconder las plumas, más bien se sienten orgullosos de su corrupción y esparcen las plumas por todas partes. Ahora los corruptos actúan con absoluto descaro, lo que comprueba que los gobernantes inescrupulosos entre más poder tienen más desvergonzados son, y confirma lo dicho por Lord Acton (John Emerich Edward Dalberg, Primer Barón de Acton), en una carta que le envió al obispo de Londres e historiador británico, Mandell Greighton, el 3 de abril de 1887: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
El mismo Lord Acton indicó que la medicina apropiada para prevenir y combatir la corrupción es la limitación del poder, y advirtió que “un gobierno sólo es legítimo si está controlado”. Pero, en Nicaragua, ¿quién controla a los gobernantes que tienen un poder excesivo e, inclusive, absoluto?
Aquí existen los órganos y mecanismos institucionales de control del Estado, a la cabeza de los cuales está la Contraloría. También la Asamblea Nacional tiene la potestad de ejercer el control político del gobierno, además de legislar. La Asamblea Nacional, que por cierto es el único poder estatal en el que hay una minoritaria oposición que no se ha entregado a Daniel Ortega y el FSLN, debería investigar — aunque sea sólo para denunciar la corrupción—, a los funcionarios públicos que se enriquecen súbitamente, a los que cobran sueldos en otras dependencias del Estado prácticamente sin trabajar , a los que piden y reciben coimas, a quienes de repente aparecen como opulentos propietarios. La Asamblea Nacional debería investigar a Albanisa, que como denunció LA PRENSA en su edición del miércoles 11 de marzo pasado en un reportaje titulado Crece el emporio Ortega-Murillo, “ha funcionado como la caja chica que, según la propaganda sandinista, financia los programas emblemáticos de la Administración del presidente Daniel Ortega, pero en la realidad ha servido de base para un evidente enriquecimiento de la familia presidencial ante las narices de la oposición política de Nicaragua”.
Pero sólo los medios de comunicación denuncian tanta corrupción, mientras que, como dijo el doctor Francisco Laínez, ex presidente del Banco Central y ex Ministro de Economía, en la presentación de su libro Nicaragua imposible: “Al paso que van, cuando termine el período presidencial de Daniel Ortega, la familia Ortega Murillo va a terminar siendo más rica que la familia Somoza, indiscutiblemente, por todos los negocios que hacen; los que conocemos y los que no conocemos”. Y al paso que vamos —agregamos nosotros—, el país terminará otra vez como quedó cuando la gran piñata sandinista: arrasado y además todo alfombrado con las plumas de la enorme cantidad de gallinas robadas.