Disipando los rumores de un fraude maquiavéli-
co, los salvadoreños han elegido como presidente a Mauricio Funes, un líder de opinión carismático, que tras décadas de impoluta gestión mediática terminó entregándose a la concupiscencia por el poder. Tras dieciocho años de intentos infructuosos, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) conquista el gobierno, merced a un cambio de rumbo que amplía su base electoral y fortalece su frente interno.
“Esta vez es diferente /el tiempo ya nos enseñó / como encontrar la salida” rezaba el spot electoral del FMLN, con mucha razón. La fórmula de apelar a un rostro conocido ha dado resultado. El Frente actuó con realismo. La autocrítica fue eficaz. Aunque Funes se desgañite sosteniendo que él y solo él detentará la presidencia, el poder del partido es inmenso. Dejar brillar al candidato en la campaña es una cosa, pero entregarle el control absoluto del gobierno ya es otro cantar. El FMLN tiene mil ojos. Y los sabe utilizar.
Estamos, pues, ante un triunfo de la democracia centroamericana. La alternancia partidista es imprescindible para consolidar una poliarquía. Más aún si pervive en la memoria colectiva el recuerdo dantesco de una guerra civil sangrienta y cainita. Sin embargo, esta lección de civismo podría convertirse en un episodio más del imperialismo vene-cubano, si el FMLN decide aferrarse a su herencia radical y abjura de las formas que hoy permitieron su victoria, dejándose seducir por la viciosa sirena del socialismo del siglo XXI. El peligro es cierto y se asienta en un paradigma que gran parte de la intelligentsia progresista denomina, no sin antinomias, “revolución democrática”. Este eufemismo esconde una nueva estrategia de acceso al poder: la vía electoral. Por dicho sendero luminoso los antiguos guerrilleros del hemisferio austral se incorporan al ethos democrático, fundan partidos, aúpan líderes, aprenden a pactar y acceden, por fin, al Leviatán estatal. Esta “emergencia plebeya” descrita en sendos papeles académicos —el término recuerda el famoso “desborde popular” de Matos Mar— legitima el triunfo de la nueva izquierda latinoamericana, aunque luego el éxito se torne en un ciclón autocrático que opta por liquidar un entramado institucional que tanta sangre, sudor y lágrimas costó.
He aquí la gran tentación del FMLN. Derrotar a su Némesis —Arena— podría desatar fantasmas anacrónicos, lastres pertinaces y extremismos ideológicos. Ante una crisis global rampante, el petróleo chavista es un presente griego difícil de objetar. Funes, al menos de momento, no puede desafiar el corporativismo del Frente. Se plegará como un “compañero” fiel a lo que determine la dirección general del Partido, negociará su cuota de poder, puede incluso tentar la reelección y llevar adelante un plan eficiente de reformas, pero al carecer de un aparato propio y de cuadros que lo sostengan, el corpus de su administración estará controlado, para bien y para mal, por la aceitada maquinaria de los Farabundos.
Hay muchas maneras de administrar esta victoria. Si el FMLN apuesta por una modernización programática cómo lo hizo en su momento el aprismo bajo la batuta de Alan García, el sistema de partidos salvadoreño se habrá consolidado. Por el contrario, si cede a sus entrañas revolucionarias y dedica el mandato del pueblo a construir una utopía ácrata, la polarización social se hará insoportable y terminará por estallar. Existe un sector nada desdeñable del Frente que apelará a la “pulcritud revolucionaria”, esa concepción draconiana de la ortodoxia marxista que ha demostrado en la praxis pura y dura la magnitud de sus taras genéticas.
Para que esto ocurra, la presión por parte de los lacayos de Chávez no se hará esperar. Es patente, por ejemplo, lo mimetizados que están el dinosaurio sandinista Tomás Borge y la humedad limeña. Con el fervor propio de un inquisidor virreinal, Borge advierte a sus camaradas ideológicos sobre los supuestos peligros de una “izquierda light”, que “renuncie a los principios”. Como es obvio, eso es, precisamente, lo que necesita El Salvador. Una izquierda moderna, seria, pactista, pragmática. Y esto, créanme, vale más que todo el petróleo del mundo.
Ojalá los latinoamericanos aprendamos a superar esos cleavages insanos que nos anclan en el pasado. Las políticas de Estado sólo se construyen en un entorno de concordia y unidad nacional, jamás bajo el sórdido y fenicio egoísmo de populistas y conspiradores. El socialismo del siglo XXI es calco y copia de esas viejas creaciones que liquidaron el orbe comunista. El pueblo salvadoreño, gente orgullosa y valiente, no ha de someterse a ningún imperialismo, del signo ideológico que éste sea. ¿Y la derecha nacionalista? También de ella depende el futuro del país. Tras dos décadas de gobierno, envuelta en escándalos de corrupción y carente de un liderazgo efectivo no supo reaccionar a tiempo, sumergiéndose, cándidamente, en la pavorosa molicie del festín de Baltasar. Consumada la derrota, y hecho el balance respectivo, urge pasar a la acción.