En un artículo que escribió y publicó a principios de febrero del año 2007, Carlos Alberto Montaner indicó que el historiador y periodista profesional español, Fernando Díaz Villanueva, fue quien por primera vez observó en un escrito público que “América Latina está reinventando el fascismo”.
Díaz Villanueva es Subdirector de Contenidos de Libertad Digital Televisión, de España, y tiene en su haber literario una biografía sobre el Che Guevara cuya elaboración le permitió empaparse en las vicisitudes de la historia y la cultura política latinoamericana. Y su planteamiento de que en Latinoamérica se está reinventando el fascismo, se produjo cuando el presidente populista de izquierda de Ecuador, Rafael Correa, apenas tomó el poder arrojó turbas integradas por miembros fanátizados de su partido contra el edificio del Parlamento y obligó a los diputados ecuatorianos a huir para proteger su físico, e inclusive para salvar sus vidas. Acto seguido el presidente Correa destituyó a los diputados que habían sido elegidos por votación popular, y los reemplazó con sus suplentes, a los que previamente había “persuadido” de que apoyaran su proyecto populista y facistoide de refundación de la sociedad y el Estado ecuatorianos.
El mismo fenómeno de invención del neofascismo está ocurriendo en Venezuela, Bolivia y Nicaragua, como muy bien lo observó el analista español Díaz Villanueva y como dolorosamente lo están soportando en carne propia las mujeres y los hombres democráticos nicaragüenses, que sufren el salvaje ataque de las turbas orteguistas cuando y porque tratan de practicar su libertad y ejercer sus derechos humanos y constitucionales; tal como ocurrió, en el caso más reciente, el sábado 28 de febrero pasado en varias ciudades del país donde se realizaron las marchas y demostraciones pacíficas de la sociedad civil democrática.
En realidad, la organización y utilización de turbas integradas por empleados públicos, militantes fanáticos e individuos desclasados y desalmados que son reclutados en los barrios marginales, como fuerza de choque represiva contra opositores políticos, miembros de la sociedad civil y cualquier persona que protesta contra los abusos del poder y reclama sus derechos, es una de las características principales del viejo y del nuevo fascismo. Pero es necesario reconocer que no sólo el anterior y el nuevo fascismo hizo y hace uso de las turbas para reprimir a los opositores y disidentes y para someter mediante el terror a la ciudadanía. Este criminal recurso es usado también por otro tipo de gobiernos dictatoriales, algunos de los cuales incluso se han llamado liberales, como la antigua y justamente derrocada dictadura somocista de Nicaragua.
Ciertamente, el somocismo fue el primero en usar en Nicaragua turbas de partidarios y mercenarios para intimidar a la ciudadanía y reprimir a la oposición. Con ese fin el somocismo organizó los Frentes Populares Liberales Somocistas, primero, y después la Asociación de Militares Retirados, Obreros y Campesinos Somocistas (AMROCS). Por su parte, la dictadura de izquierda del FSLN no quiso quedarse atrás, y le asignó el sórdido oficio de turbas a los Comités de Defensa Sandinista (CDS), revividos ahora con el título de CPC; y aunque éstos no han admitido la responsabilidad por las acciones criminales de las turbas orteguistas de ahora, los integrantes de éstas se identifican como partidarios extremistas de Daniel Ortega y el FSLN.
Cabe también advertir que tanto en la dictadura somocista como en la sandinista de los años ochenta, la función intimidatoria y represiva de las turbas era auxiliar y complementaria de la represión institucional directa que practicaban los cuerpos estatales represivos, como la Guardia Nacional y el EPS y la Policía Sandinista, el Ministerio de Gobernación somocista y el Ministerio del Interior sandinista, la Oficina de Seguridad Nacional (OSN) de Somoza y la Dirección General de Seguridad del Estado (DGS), del FSLN. Ahora es al revés: la función represiva directa corre a cargo de las turbas, mientras que los cuerpos coercitivos institucionales como la Policía, Gobernación y la Fiscalía, desempeñan un rol complementario y de complaciente complicidad. Pero la brutalidad represiva es igual y el resultado político para el régimen neofascista de Daniel Ortega, es el mismo que perseguían las dictaduras somocista y sandinista del pasado.
Y precisamente por eso es que también la resistencia ciudadana a la dictadura y la lucha por la libertad, la democracia, la justicia, el desarrollo económico y el progreso social, son ahora las mismas batallas que se libraban en tiempos de las otras dictaduras.