Analistas y críticos independientes aseguran que la oposición ha contribuido, con sus actitudes erróneas, al fortalecimiento de los regímenes de izquierda autoritaria establecidos en algunos países de América Latina. Por ejemplo, el director del diario El Tiempo, de Bogotá, Colombia, y actual presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Enrique Santos, en un artículo de opinión sobre el presidente populista boliviano Evo Morales, que fue publicado en LA PRENSA del viernes 26 de junio, señala que: “Más allá del cóctel ideológico de su gobierno (mezcla de indigenismo, nacionalismo revolucionario, marxismo sesentero, cocalerismo, antiglobalismo…), la popularidad de Evo Morales es incuestionable. A ella han contribuido las torpezas de una oposición agresiva, irracional y miope, que en muchas cosas recuerda a la venezolana que apuntaló a Chávez”.
Pero, si es correcto ese juicio sobre la oposición de Bolivia y Venezuela, ¿cómo se debería comportar y qué debería hacer, así como también la de Nicaragua, que está en un predicamento muy parecido al boliviano y al venezolano?
Un analista y actor del drama de Venezuela, el periodista, escritor, ex diputado y ex alcalde venezolano Alexis Ortiz, quien participó en el Forum Libertad de Expresión y Derechos Humanos en Latinoamérica realizado recientemente en Miami por la Fuerza de Tarea Cívica Nicaragüense, en el que intervino igualmente el jefe de Redacción de LA PRENSA, Eduardo Enríquez, reconoce que “por no atender a tiempo y sin ambages lo que sucedía en Cuba, ahora en Venezuela sufrimos la misma pesadilla que los cubanos”. Y agrega que: “En Venezuela, como en Bolivia, los políticos nos embriagamos de fascinación mediática. Contribuimos a que la política se convirtiera en show. Nos dedicamos a la actuación en los medios de comunicación y no a la acción organizada en el pueblo. Confundimos la política con presencia en la TV, radio y prensa, mientras descuidamos el fortalecimiento de los partidos y sus programas concretos para solucionar problemas reales como la pobreza (y no sólo consignas contra el caudillo autoritario); no auspiciamos con fuerza el desarrollo de la sociedad civil y el tejido institucional en su conjunto; y claro está, casi siempre estuvimos a la defensiva frente a las arteras arremetidas del neocomunismo”.
O sea que por un lado la oposición es afectada por el síndrome del figureo, como llama el doctor León Núñez a esa debilidad intrínseca de los políticos y otros personajes públicos de buscar la publicidad de cualquier manera. Y por otro lado, la perjudican los pecados capitales que menciona Enrique Santos, los cuales son de fondo, de programa y de actitud.
Sin embargo, considerando que lo contrario de agresiva, irracional y miope, es mansa, sensata y carente de visión, cabe preguntarse si Chávez y Ortega se hubieran moderado si la oposición democrática se hubiera comportado con sensata mansedumbre. Seguro que no. La verdad es que Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y ahora hasta Manuel Zelaya, de Honduras, tienen metido entre ceja y ceja el objetivo de imponer lo que denominan Socialismo del siglo XXI. Eso significa abolir la economía de libre mercado, derrumbar las instituciones democráticas o adaptarlas al autoritarismo personalista, suprimir las libertades públicas y los derechos individuales. Y lo van a hacer o tratarán de hacerlo cueste lo que cueste, pasando por encima de todo, y entre menos oposición encuentren mejor para ellos.
En realidad, de lo que más hay que acusar a la oposición democrática tanto de Nicaragua como de Venezuela o Bolivia, es de falta de visión para la unidad y para elaborar un programa común, de falta de audacia para arrebatarle al populismo autoritario a la bandera de las reivindicaciones populares que los izquierdistas no pueden resolver y las cuales sólo pueden ser resueltas por una democracia auténtica e integral, que garantice la estabilidad institucional, la seguridad jurídica, el respeto a las libertades y los derechos individuales de los ciudadanos y un clima apropiado para hacer negocios.
Y en el caso propiamente de Nicaragua, hay que señalar que la claudicación pactista y corrupta de una parte de la oposición es lo que más ha fortalecido a Daniel Ortega y, por lo tanto, lo que más daño le ha hecho a la democracia. De manera que la unidad alrededor de un programa común y la lucha simultánea contra el autoritarismo y el pactismo, son indispensables para defender la libertad, relanzar la democracia y reconstruir la República de Nicaragua.