La primera vez que escuché esta frase con que se titula este artículo fue en un pueblo de Chontales a la salida de una misa. Se la escuché a un señor ganadero, que fue amigo mío, por cierto muy católico, que vivía en la misma casa —en forma permanente— con tres muchachas, en notorio y público concubinato.
Con la frase de que “por amor ninguna alma se condena” mi paisano se defendió de una señora que, a la salida de la Iglesia, le repetía con metálica y estruendosa voz que después de muerto iba a ser condenado a vivir en el infierno bajo “fuego lento y eterno”. Al parecer lo que más le disgustaba a la señora, entre otras cosas, era que el citado ganadero siempre recibía la sagrada comunión con un impresionante y conmovedor rostro de beatitud.
Mi amigo me dijo que el sacerdote le daba a él la sagrada comunión no por las vacas paridas y novillos que constantemente le regalaba, sino porque lo consideraba un santo varón, un hombre libre de pecado; porque sabía que amaba tan sincera y profundamente a sus tres compañeras sentimentales como ellas lo amaban a él. Naturalmente que el sacerdote demostraba, al darle la comunión a mi amigo, que también creía en la tesis de que “por amor ninguna alma se condena”.
El citado ganadero fundamentaba su tesis con argumentos teológicos que extraía de un antiguo vals peruano llamado El plebeyo de Felipe Pinglo Alva, que cantó Alcides Carreño por primera vez en el Teatro Apolo de Lima en el año de 1930. “El amor siendo humano/ tiene algo de divino/ amar no es un delito/ porque hasta Dios amó/ y si el amor es puro/ y el deseo sincero/ ¿por qué quitarme quieren la fe en el corazón…”. No recuerdo bien, con precisión, la elaboración teológica de sus demás argumentos. Pero sí puedo decir que no fueron pocos los parroquianos que fuimos convencidos musicalmente de que “por amor ninguna alma se condena”.
Por esta razón, yo no puedo censurar y mucho menos condenar, por ejemplo, al obispo Fernando Lugo, presidente de Paraguay, porque desconozco si cuando se acostaba con sus empleadas domésticas de entre 16 y 18 años, lo hacía o no con amor puro. Yo creo que si lo hacía sin amor es culpable, pero si lo hacía con amor, es inocente, y por consiguiente, no merece ser condenado.
Sin embargo, el “fundamentalismo católico” se ha dedicado a condenar severamente al obispo Fernando Lugo “sin investigarle su corazón” y sin ni siquiera considerar la atenuante de que el gobernante paraguayo hacía el amor sin preservativo, lo cual se demuestra por los hijos que tiene. ¿Y por qué hacía el amor sin preservativo? La respuesta es simple. Lugo siempre se caracterizó por ser una persona muy obediente de las directrices del Papa, y él jamás hubiera sido capaz de irrespetar la prohibición vaticana del uso del condón.
La misma tesis teológica de que “por amor ninguna alma se condena” debe ser aplicada en el caso del padre Alberto Cutié. Naturalmente que se trata de un caso distinto al de Fernando Lugo, pues no está probado que en Miami el Padre Alberto haya aplicado la “inmissio penis”, tal como la aplicaba frecuentemente don Fernando Lugo en Paraguay. Según las fotografías que vimos, que es la única prueba que tenemos, lo que hizo el Padre Alberto fueron simplemente “tocamientos lúbricos”, que si fueron hechos por amor puro y con el “deseo sincero”, como dice la canción, de acostarse con ella, es decir, con Ruhama Bruni Canellis, tales “tocamientos”, repito, no son condenables.
Los católicos no debemos precipitarnos en nuestros juicios ni pensar mal del prójimo. En mi caso particular, cuando oigo que algún sacerdote, algún obispo o un cardenal tienen hijos, y me piden mi opinión, me abstengo de hacerlo, porque para dar mi parecer tendría que averiguar sobre todo si la “inmissio penis” la aplicaron con amor o si la aplicaron sólo para satisfacer los lujuriosos apetitos de la carne.
Mi amigo, el citado ganadero chontaleño, murió hace dos años. Él decía, a ritmo de vals, que para que uno pueda beneficiarse en el más allá del principio de que “por amor ninguna alma se condena”, deben concurrir dos requisitos: en primer lugar, que el amor sea puro, y en segundo lugar, que el deseo de aplicar la “inmissio penis” sea sincero. De ser cierta esta tesis, mi amigo está en el cielo. ¡Ojalá que así sea!