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Managua, 27/11/2009 4:57 PM
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Una historia perversa
Rubén Darío Buitrón
El autor es periodista ecuatoriano
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“Cuando la propaganda política es eficaz, es fácil convertir a seres bienintencionados en histéricos y furibundos”. Así pensaban los estrategas de la comunicación masiva durante la Primera Guerra Mundial.

Según Noam Chomsky, el más importante pensador de la izquierda estadounidense, ese momento histórico fue decisivo para institucionalizar el uso de las ideas perversas con fines de adoctrinamiento colectivo.

En aquellos años, británicos y estadounidenses se consolidaron como los geniales estrategas de una persuasión vertical basada en un cuidadosamente pensado paquete de lemas ultranacionalistas, reformadores y heroicos.

La victoria sobre Alemania en la primera gran guerra tuvo mucho que ver con el trabajo del Ministerio de Información del Reino Unido y el Comité de Información Pública de Estados Unidos.

Chomsky refiere que en ese comité brillaba el malicioso talento del liberal Edward Bernays, creador de la influyente industria de las relaciones públicas.

Con novedosas técnicas de investigación de audiencias, Bernays y Walter Lippmann —senador demócrata— diseñaron una estructura semántica y logística que incluyó la construcción de imaginarios, el posicionamiento de tesis ideológicas y la difusión de consignas reivindicativas basadas en los deseos, las ilusiones y los sentimientos de la población.

La estrategia no solo contribuyó a ganar aquella guerra, sino a transformar Estados Unidos en una de las más grandes potencias económicas y militares. El éxito de Bernays y Lippmann fue tal que un día se vieron obligados a confesar que nunca imaginaron que fuera posible convertir a una sociedad pacífica en una enfervorizada máquina de odio y revancha.

Aquel episodio se volvió un hito de la propaganda ideológica como referente de la ciencia política y mediática “destinada a un fin superior”.

Pero la poderosa maquinaria de propaganda sólo pudo funcionar con una prensa alineada fervorosa y acríticamente con los “principios del bien colectivo”. Y como le era imprescindible llenarse de contenidos sociales, sedujo las conciencias de intelectuales progresistas (los que “se comunicaban con el pueblo y entendían la realidad”) con un discurso intolerante y excluyente: “Nosotros somos los inteligentes y buenos. Los otros son los estúpidos y necios. En consecuencia, debemos controlarlos por su propio bien”.

Años después, los nazis aprendieron la lección. Muchos intelectuales progresistas creyeron en su proyecto y se convirtieron en instrumentos del “aparato superior de pensamiento”, es decir, de quienes se atribuían la “misión histórica” de conducir a su país.

Gracias a medios e intelectuales autocalificados como “patrióticos”, la propaganda nacionalsocialista convirtió a millones de alemanes en una masa no deliberante, enceguecida y furibunda. El final de esta historia ya lo sabemos. Lo triste es que se repite.

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