Junio, el sexto mes del año según nuestro calendario, fue llamado así en honor de Juno, la gran diosa romana equivalente a la Hera de la mitología griega.
Siendo hija de Saturno y de Ops (también llamada Cibeles, la diosa de la abundancia), Juno era hermana de Júpiter, pero también su esposa, igual que Hera con respecto a Zeus en la mitología griega.
Juno era “la más noble representación del amor humano, encarnado en el matrimonio y en la maternidad”, dice el mitólogo español José Antonio Pérez-Rioja en su Diccionario de Símbolos y Mitos. Por eso Juno era la diosa de las mujeres, protectora de las embarazadas y madrina sagrada de todos los recién nacidos.
Según para qué se le invocara, el nombre de Juno era acompañado con un epíteto diferente. Así, cuando se le pedía que favoreciera los partos de las mujeres, se le llamaba Juno Lucina o Juno Lucetia. Cuando se rogaba que bendijera el traslado de la recién casada a su nuevo hogar, donde formaría con su esposo su propia familia, le decían Juno Domiduca. Si la petición era para que fortaleciera o sanara los huesos de las mujeres (las que por razones conocidas siempre han padecido de debilidad ósea), se le decía Juno Ossipagina. Cuando se le mencionaba como protectora de las riquezas de Roma y de los romanos, se le calificaba como Juno Moneta. Y en su condición de reina de los cielos y de la tierra, su nombre era pronunciado como Juno Regina.
Los romanos imaginaban a Juno como una respetable matrona (dama de aspecto noble y virtuoso), cuyo hermoso rostro mostraba una expresión grave y serena. Se cubría con una túnica blanca, lucía una refulgente diadema en la frente y llevaba la cabellera cubierta con un velo también blanco, como la túnica. Y como los romanos consagraban a todos los dioses determinados animales, los de Juno eran la paloma, el pavo real, la corneja (especie de cuervo del sur y el oeste de Europa) y el cuco (pequeña ave trepadora cuya hembra acostumbra poner sus huevos en los nidos de otras aves).
Los romanos creían que Juno tenía a su servicio unos pequeños seres inmateriales pero con apariencia humana, a los que llamaban Junos, los cuales tenían facultades mágicas y estaban encargados de proteger en todo momento a las personas (como los Ángeles de la Guarda). De manera que a cada mujer le correspondía su Juno femenino, y cada hombre tenía su Juno masculino, al que invocaban siempre que lo consideraban necesario.
Pero además de bondadosa y maternal diosa de las mujeres, de los alumbramientos y de la protección de los recién nacidos, Juno era también una divinidad malhumorada y vengativa. Igual que Hera en su relación con Zeus, Juno celaba desmedidamente a Júpiter, el que también —como su equivalente griego— era aficionado a las aventuras amorosas. E igualmente Juno se enojaba más con las diosas y las mortales que tenían amores o que eran seducidas por Júpiter, que con éste mismo.
El mes de junio, como dije antes, fue denominado así en honor de la diosa Juno. Pero sus fiestas no se realizaban en este mes, sino el primero de marzo de cada año, cuando se celebraban las Matronalias —celebración parecida a lo que ahora es el Día de la Madre—, y el 7 de julio las Nonas Caprotinas. Sin embargo, desde que a este mes se le puso el nombre de junio, se consideraba que era el más propicio para casarse, puesto que Juno era la diosa del matrimonio.