Querida Nicaragua: Quisiera agradecer una carta que me envía mi viejo amigo don Fernando Malespín Ferreti, vecino del barrio Santo Domingo, mucho antes del terremoto de Managua. Agradezco su carta y la que envió a LA PRENSA y quiero decirle que mi trabajo es hacer señalamientos útiles, recomendaciones para la buena marcha de mi país, crítica sana, etc.
Es por eso que escribí una carta diciendo lo que debería hacer o lo que podría hacer el Presidente de la República.
No está en mi ánimo aspirar a la Presidencia, sin embargo, puedo ayudar haciendo señalamientos como el que hice, situaciones que pueden arreglarse, y que traerían bienestar. Le agradezco mucho su invitación para lanzar lo que usted llama mi programa de Gobierno, pero en realidad no tengo la menor oportunidad de llegar a ser Presidente. Soy un liberal puro, hombre de la tercera edad, creo en la libertad como atributo esencial de la vida y en la honestidad como guía y fundamento de un buen gobierno.
Si el Presidente de la República es honesto, sus funcionarios lo serán y los empleados menores imitarán a sus jefes.
Algún día se va a poner de moda el ser honesto, decía José Martí. Cuando en Nicaragua comience la costumbre de ser honrado, de no tomar lo ajeno, entonces saldremos del atraso y de la pobreza.
Hace poco leí un pensamiento de esos que aparecen en LA PRENSA todos los días y en el cual un personaje expresaba algo como esto: “Con sólo que en una nación se practique la virtud de la honestidad, se estará ejecutando la más grande de las revoluciones”.
Ésa es una verdad del tamaño de una catedral. Todas las revoluciones han fracasado. Anarquía, asesinatos, torturas, robos monumentales, sufrimiento y dolor, es la herencia cruel que han dejado. La revolución francesa que es el mejor de los ejemplos dejó miles y miles de muertos. Se guillotinaron los unos a los otros, el pueblo siguió hambreado. Guillotinaron a los reyes y tuvieron que pasar años y años de abusos, robos, turbas, para que al fin volviera la monarquía al poder. La revolución rusa duró setenta años tan sólo para esclavizar a millones de hombres y por fin hacer una enorme piñata, que dejó millonarios a los dirigentes revolucionarios. La revolución mejicana fue la misma historia, sangre, dolor, lágrimas, huérfanos, viudas, pestes, calamidades, crímenes horrendos. La revolución cubana está a la vista. Cincuenta años de dictadura. Todas ofrecieron la luna y las estrellas y lo que dieron fue más miseria.
La única revolución que no se ha intentado es la revolución de la honestidad, la que soñaron Martí, Bolívar, San Martín, y tantos otros.
La revolución de la honradez produciría un Presidente con las cualidades que me permití señalar en la carta que comenta mi amigo Fernando Malespín. No hay necesidad de rifles, ni de cañones, ni de misiles, ni de tanques. Los fusiles deberían ser entregados públicamente a la comunidad mundial en las Naciones Unidas y declarar a Nicaragua país libre de armas, país desmilitarizado, país donde los militares de antes se convirtieron en profesionales que sirven a la nación como ingenieros, médicos, técnicos, arquitectos, constructores, maestros, catedráticos. Eso sería la revolución de la honestidad. Tal vez usted y yo no la veremos mi amigo Malespín Ferreti, pero nada vale que la soñemos, porque los grandes sucesos de la humanidad han comenzado con sueños que se hicieron realidad.