Esta semana se ha conmemorado el veinte aniversario de los trágicos acontecimientos del 4 de junio de 1989 en la plaza de Tiananmen. Ese día, decenas de miles de estudiantes y trabajadores se habían tomado la “Plaza de la Puerta Celestial”, estaban allí pacíficamente, alrededor de una réplica de cartón de la emblemática Estatua de la Libertad de Nueva York, leyendo poemas, oyendo discursos y cantando canciones, pero fueron masacrados por el Ejército cuyos efectivos les dispararon a mansalva con sus fusiles, ametralladoras y cañones de los tanques.
Como casi siempre ocurre en estos casos, nunca se supo la cantidad exacta de muertos que hubo en la plaza de Tiananmen, como consecuencia de la represión sangrienta de la dictadura comunista china. Según una fuente de la Cruz Roja local, unas 2,600 personas habrían perdido la vida y entre 7 mil y 10 mil resultaron heridas. Varios miles fueron encarcelados y a muchos de ellos los ejecutaron posteriormente, o murieron en prisión como resultado de torturas y enfermedades no atendidas. Todavía hoy, veinte años después, unas treinta personas sobrevivientes de la represión de Tiananmen continúan en prisión.
Cabe recordar que los estudiantes y demás manifestantes que los apoyaban no se tomaron la plaza de Tiananmen porque querían derrocar al gobierno comunista. Ellos sólo pedían libertad de expresión y el funcionamiento de sindicatos independientes, la aplicación de medidas drásticas contra la corrupción gubernamental y un diálogo con el Gobierno para discutir sobre una apertura democrática, pacífica y legal. El entonces secretario general del gobernante Partido Comunista, Zhao Ziyang, quería que el Gobierno dialogara con los estudiantes y obreros, se opuso a la represión y al baño de sangre, antes de que ocurriera. Pero fue destituido de sus cargos, expulsado del partido y tuvo que pasar los últimos 16 años de su vida con la casa por cárcel, hasta que murió el 17 de enero de 2005, amargado, odiando a sus antiguos camaradas, renegando del despiadado sistema comunista que él había ayudado a imponer.
Pero los acontecimientos de Tiananmen quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva del pueblo chino y en la historia de la humanidad. Tiananmen permanece como un símbolo de la lucha por la libertad en China y en todas partes del mundo. Lo que ocurrió en la plaza de Tiananmen es equivalente a las otras grandes epopeyas libertarias de diversos países que también fueron esclavizados por el totalitarismo comunista: la rebelión de los trabajadores de Berlín, en 1953, contra la dictadura comunista de la desaparecida República Democrática Alemana; la revolución anticomunista de Hungría, en 1956, que sólo pudo ser derrotada por la intervención del Ejército soviético; la Primavera de Praga, en 1968; o la insurrección popular de Rumania, en 1989, que derrocó al cruel dictador comunista Nicolas Ceacescu y a su criminal esposa, Elena Petrescu.
Veinte años después de los acontecimientos de Tiananmen, China ha cambiado bastante, sobre todo económicamente, debido a que su dirigencia comunista escogió el camino del desarrollo capitalista que es el único que crea riqueza y produce prosperidad para las personas y las naciones. Pero el pueblo chino sigue sojuzgado por la dictadura comunista, carente de libertad, sin poder elegir libremente a sus gobernantes. Como dijo el jueves de esta semana la Secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, con motivo del veinte aniversario de Tiananmen: “Una China que ha hecho un enorme progreso económico (...) debería examinar abiertamente los sucesos más oscuros de su pasado y rendir cuentas públicas”. El Gobierno de China, señaló la señora Clinton, debe liberar a quienes aún están en prisión en relación con las protestas (de Tiananmen, hace veinte años), cesar el hostigamiento hacia quienes participaron y comenzar un diálogo con las familias de las víctimas.
Precisamente la madre de una de las víctimas de la matanza en la Plaza de la Puerta Celestial, hace veinte años, la señora Ding Zilin, fundadora de la organización Madres de Tiananmen, dijo esta semana que esta plaza “estuvo manchada de sangre. Hoy tal vez se le vea hermosa, pero la sangre no se lava así, sin más. Los agujeros de las balas fueron cubiertos, pero la sangre de la historia no se borra y siempre estará allí”.
Y allí estará, agregamos nosotros, clamando justicia y reclamando libertad para China, para Nicaragua y para todas las naciones del mundo en donde todavía hay dictadura, intolerancia y opresión.