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Corolario al padre Alberto
Roberto Porta Córdoba
El autor es docente del Colegio Lincoln y consultor del Instituto Nicaragüense de Estudios Humanísticos.
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El padre Alberto pudo haber tomado la decisión de adherirse a una iglesia que no reconoce el celibato, antes de causar tanta conmoción a una iglesia con suficientes retos en su regazo.

El escándalo del famoso sacerdote Alberto Cutié parece estar llegando a un piadoso final. El padre Alberto, como es más conocido, abandonó la Iglesia católica para unirse a la Iglesia episcopal, la cual no requiere el celibato de sus clérigos. El sacerdote ha manifestado su intención de casarse y formar una familia. ¿Fin del revuelo? Posiblemente, aunque muchas reflexiones aún caben alrededor de este episodio, reflexiones que no necesariamente tienen que subyacer en el fondo de su decisión, sino en la forma.

El padre Alberto se ha negado a pedir perdón a la Iglesia católica y su feligresía “por amar a una mujer”. Pero nadie le ha solicitado pedir perdón “por amar a una mujer”, sino por romper su promesa de celibato hecha durante su ordenación como sacerdote. En una entrevista televisiva, el padre Alberto aceptó estar enamorado y dijo que Dios lo había hecho hombre, antes de hacerlo cura. Sin embargo, no dijo que antes de hacerse cura, Dios también le concedió el raciocinio para identificar los requisitos de ordenación de la Iglesia católica y decidir si podía o no cumplir con ellos.

El tema de su celibato no debería ser la tesis en este ruidoso episodio, sino su indisciplina. Cuestionado o defendido, el celibato entre los sacerdotes católicos actuales no es punto de interpretación o relativismo. El Concilio Vaticano II, en su decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, firmado por el Papa Pablo VI, en octubre de 1965, contiene en el Capítulo III, acápite 16, el siguiente fragmento bajo el título Unidad y Armonía de la Vida de los Presbíteros: “… el celibato, que al principio se recomendaba a los sacerdotes, fue impuesto por ley después en la Iglesia latina a todos los que eran promovidos al Orden sagrado. Este Santo Concilio comprueba y confirma esta legislación en cuanto se refiere a los que se destinan para el presbiterado”. Aunque el acápite menciona en su inicio que la perpetua continencia “no es exigida, ciertamente, por la naturaleza misma del sacerdocio”, también agrega: “Pero el celibato tiene mucha conformidad con el sacerdocio. Porque toda la misión sacerdotal se dedica al servicio de la nueva humanidad”. Conscientes de que la Biblia no exige explícitamente el celibato, sino que lo cita como uno de los consejos de Jesucristo contenidos en Mateo 19, 11-12, el Concilio Vaticano II quiso eliminar cualquier discrecionalidad y optó por “comprobar y confirmar esta legislación” en el decreto mencionado.

El padre Alberto escogió la Iglesia católica como su autoridad eclesiástica, a sabiendas que dicha autoridad establecía la legislación sobre el celibato. Sería irrisorio creer que un documento tan accesible para los laicos no haya sido parte de su formación en el seminario. En el hipotético caso que el Concilio Vaticano haya cometido un error al convertir oficiosamente una interpretación propia en una legislación que afecta a todos los presbíteros, es otro asunto. Las intenciones o infalibilidad de quienes decretaron la imposición del celibato no es tema de debate. El hecho es que desde 1965 forma parte intrínseca de un conjunto absoluto y definido de regulaciones que norman la conducta de los sacerdotes católicos. Dura lex, sed lex.

El traslado del padre Alberto a la Iglesia episcopal parece una solución “a la medida”, una alternativa desde la cual podrá conciliar sus pretensiones materiales y espirituales. No obstante, su conducta no puede dejar de ser reprochable. Su decisión de adherirse a una iglesia que no reconoce la promesa del celibato la pudo haber tomado antes de ser fotografiado en las playas de Miami Beach. La pudo haber tomado antes de causar tanta conmoción a una iglesia y a un presbiterio con suficientes retos en su regazo. La pudo haber tomado antes de confundir a miles de jóvenes feligreses que se inspiraban en su fidelidad, prudencia y disciplina para superar sus propias tentaciones. Y por último, ¿la hubiera tomado el padre Alberto de no haber sido descubierto por la revista? ¿Cuánto tiempo más hubiese permanecido en esa situación? ¿Cuándo pensaba compartir con su feligresía la buena noticia que para él es hoy estar enamorado? En el plano espiritual, las responsabilidades y el liderazgo de un sacerdote son muy superiores a las de un laico. Pero ésa fue su elección. Nadie lo obligó a tomarla.

¿Comprensión hacia el padre Alberto? Naturalmente. ¿Perdón para su persona? Sin duda. ¿Simpatía hacia él? Muy difícil.

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