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Managua, 27/05/2012 10:06 PM
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La tragedia de los “rezadores”
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Para algunas personas, los llamados “rezadores” tienen merecido el engaño de que han sido víctimas por parte del partido del presidente Daniel Ortega, que no les pagó los doscientos córdobas diarios (más o menos 10 dólares), que, según ellos, les ofrecieron por su participación en los plantones de supuesta “oración” y realmente de propaganda política en las rotondas, durante la campaña electoral municipal del año pasado y varias semanas después.

Ahora, unos 30 de esos “rezadores” están en huelga de hambre desde hace 10 días, permaneciendo a la intemperie en las cercanías de la residencia particular de Daniel Ortega —que es también Casa de Gobierno y sede del FSLN—, presionando para que les paguen lo que les deben.

En realidad sólo personas muy ingenuas pueden creer en las promesas y ofrecimientos de quienes han engañado de manera sistemática y por mucho tiempo a la ciudadanía nicaragüense, incluso a muchos de sus seguidores. Como expresamos en un editorial titulado “El proverbio chino”, hace ocho años, el 23 de julio de 2001, cuando Daniel Ortega andaba en campaña electoral presidencial ofreciendo todas las cosas maravillosas que se le ocurrían: “La verdad es que a estas alturas del tiempo y después de las experiencias que ha sufrido la población nicaragüense, son muy pocas las personas que pudieran llamarse a engaño con las palabras y las promesas de los políticos en general y de los sandinistas en particular. En todo caso, en estas circunstancias es oportuno recordar y tomar en cuenta la sabiduría del antiguo proverbio chino que dice: “Cuando me engañaron la primera vez, el culpable fue quien me engañó. Cuando me engañaron la segunda vez, los culpables fuimos quien me engañó, y yo; pero cuando me engañaron la tercera vez, el único culpable fui yo”.

Pero lo cierto es que por múltiples razones siempre hay y habrá personas que sigan creyendo en las promesas de los políticos que ya los engañaron una y otra vez, con la esperanza de que ahora sí les cumplirán. Y sobre todo vuelven a creer personas muy pobres y necesitadas, como los “rezadores” de las rotondas, para quienes significaban mucho los doscientos córdobas diarios que les ofrecieron por participar en la farsa de las oraciones orteguistas.

En todo caso, más allá de la sabiduría del proverbio chino acerca de que quien se deja engañar por tercera vez es el culpable de que lo engañen, mucho más culpable sigue siendo el engañador que se aprovecha de la ingenuidad y necesidad de la gente más pobre para prometerle cualquier cosa y no cumplirle nada. Por muy pobres e ingenuas que sean las personas engañadas, tienen dignidad humana que debe ser respetada por los demás, principalmente por quienes ejercen el poder gubernamental. La dignidad humana es un valor esencial y universal que no permite desdoblamientos por motivos sociales, económicos, políticos e ideológicos; debe ser respetada por todos y protegida por la autoridad del Estado.

Como se dice en la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, aprobada el 2 de mayo de 1948 en Bogotá, Colombia, la cual es asimilada por la Constitución Política de Nicaragua: “Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están por naturaleza de razón y conciencia, deben conducirse fraternalmente los unos con los otros”. Del mismo modo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada siete meses después, en diciembre de 1948, en París, Francia, cuyos preceptos también están integrados en la Constitución de Nicaragua, establece en su artículo primero que: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Es evidente que esos principios de humanidad no son parte de la ideología de Daniel Ortega y demás individuos que gobiernan el país actualmente. Mucho menos que tengan compasión, un sentimiento que junto con la solidaridad motiva a las personas a respetarse, comprenderse y ayudarse unas a otras, y a asistir a las más desvalidas. Pero, no es por humanismo, solidaridad ni compasión, sino por obligación que a los “rezadores” se les debe pagar lo que ganaron por el penoso servicio que le prestaron al gobierno orteguista. La muerte por inanición de cualquiera de las personas que están en huelga de hambre sería responsabilidad de Daniel Ortega, aunque lo más probable es que esto no preocupe al inhumano gobernante de Nicaragua.

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